1

1 Ya que muchos intentaron compilar un relato acerca de las cosas que entre nosotros han sido del todo certificadas,

2 según nos las transmitieron los que desde el principio fueron testigos oculares y servidores del Logos,

3 me ha parecido bien también a mí, habiendo investigado exactamente todas las cosas desde sus fuentes, escribírtelas en orden, oh excelentísimo Teófilo,

4 para que te percates de la verdad precisa respecto a las cosas en que fuiste oralmente instruido.

5 Hubo en los días de Herodes, rey de Judea, cierto sacerdote de nombre Zacarías, de la clase de Abías, y su mujer era de las hijas de Aarón, y su nombre era Elisabet.

6 Ambos eran justos delante de Dios, conduciéndose irreprochablemente en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor.

7 Y no tenían descendencia, porque Elisabet era estéril, y ambos eran ya bien avanzados en días.

8 Aconteció, pues, que mientras él ministraba como sacerdote delante de Dios en el turno de su clase,

9 conforme a la costumbre del sacerdocio, entrando en el Santuario del Señor, le cayó en suerte ofrecer incienso.

10 Y toda la gente del pueblo estaba orando afuera, a la hora del incienso.

11 Entonces, desde la derecha del altar del incienso, se le apareció de pie un ángel del Señor.

12 Al verlo, Zacarías se turbó, y el temor se apoderó de él.

13 Pero el ángel le dijo: No temas, Zacarías, porque fue oída tu oración, y tu mujer Elisabet te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Juan.

14 Y tendrás gozo y alegría, y muchos se regocijarán por su nacimiento,

15 porque será grande delante del Señor. No beberá vino ni licor, y será lleno del Espíritu Santo aun desde el vientre de su madre.

16 Convertirá a muchos de los hijos de Israel al Señor Dios de ellos.

17 E irá delante de Él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y los rebeldes a la prudencia de los justos; a preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto.

18 Y Zacarías dijo al ángel: ¿Cómo sabré esto? Porque soy anciano y mi mujer avanzada en días.

19 Respondiendo el ángel, le dijo: Yo soy Gabriel, que asisto en la presencia de Dios, y he sido enviado para hablar contigo y anunciarte estas buenas nuevas.

20 He aquí estarás mudo y sin poder hablar hasta el día que lleguen a suceder estas cosas, por cuanto no creíste a mis palabras, las cuales serán cumplidas a su debido tiempo.

21 Y el pueblo estaba esperando a Zacarías, y se extrañaba de que se demorara en el Santuario.

22 Y cuando salió, no podía hablarles; y comprendieron que había visto una visión en el Santuario, porque les hacía señas, pero permanecía mudo.

23 Y aconteció que cuando se cumplieron los días de su ministerio, se fue a su casa.

24 Después de esos días su mujer Elisabet concibió, y se mantenía en reclusión cinco meses, diciendo:

25 Así ha hecho conmigo el Señor en los días en que se dignó quitar mi afrenta entre los hombres.

26 Al sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, cuyo nombre era Nazaret,

27 a una virgen desposada con un varón cuyo nombre era José, de la casa de David, y el nombre de la virgen era Miriam.

28 Y entrando en donde ella estaba, dijo: ¡Te saludo, muy favorecida! ¡El Señor está contigo!

29 Ella se turbó mucho por esta expresión, y se preguntaba qué clase de salutación sería ésta.

30 Pero el ángel le dijo: ¡No temas Miriam, porque has hallado gracia ante Dios!

31 He aquí quedarás encinta y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús.

32 Éste será grande, y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David su padre;

33 y reinará sobre la casa de Jacob por los siglos, y de su reino no habrá fin.

34 Entonces Miriam dijo al ángel: ¿Cómo ocurrirá esto, puesto que no conozco varón?

35 Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te hará sombra; por lo cual también lo nacido será llamado Santo, Hijo de Dios.

36 Y he aquí tu parienta Elisabet, ella también ha concebido un hijo en su vejez, y éste es el sexto mes para aquella que era llamada estéril;

37 porque de parte de Dios ninguna cosa es imposible.

38 Entonces Miriam dijo: He aquí la sierva del Señor, hágase conmigo conforme a tu palabra. Y el ángel se retiró de ella.

39 En esos días, Miriam se levantó y partió apresuradamente hacia una ciudad en la región montañosa de Judá;

40 y entrando en casa de Zacarías, saludó a Elisabet.

41 Cuando Elisabet oyó el saludo de Miriam, aconteció que la criatura saltó de gozo en su vientre, y Elisabet fue llena del Espíritu Santo.

42 Y exclamó a gran voz, y dijo: ¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!

43 ¿Por qué se me concede esto, que la madre de mi Señor venga a mí?

44 Porque he aquí, en cuanto la voz de tu salutación llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre.

45 ¡Bienaventurada la que creyó que tendrán cumplimiento las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!

46 Entonces Miriam dijo: Mi alma engrandece al Señor,

47 Y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador,

48 Porque miró la bajeza de su sierva; pues he aquí desde ahora Me llamarán bienaventurada todas las generaciones.

49 Porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso; ¡Santo es su Nombre!

50 Su misericordia es de generación en generación para los que le temen.

51 Hizo proezas con su brazo; Esparció a los soberbios en la intención de su corazón.

52 Quitó de los tronos a los poderosos, Y exaltó a los humildes.

53 A los hambrientos colmó de bienes, Y envió vacíos a los que se enriquecen.

54 Acudió en ayuda de Israel su siervo, Para recordar su misericordia

55 Con Abraham y su descendencia para siempre, Conforme habló a nuestros padres.

56 Y Miriam permaneció con ella como tres meses, y regresó a su casa.

57 Entonces se le cumplió a Elisabet el tiempo de dar a luz; y dio a luz un hijo.

58 Y sus vecinos y parientes oyeron que el Señor había engrandecido su misericordia con ella, y se regocijaban juntamente con ella.

59 Y aconteció que al octavo día fueron a circuncidar al niño; y lo llamaban Zacarías, por el nombre de su padre.

60 Pero interviniendo su madre, dijo: ¡No!, sino que será llamado Juan.

61 Y le dijeron: No hay ninguno de tu parentela llamado con ese nombre.

62 Y por señas le preguntaban a su padre cómo desearía llamarlo.

63 Entonces él pidiendo una tablilla, escribió, diciendo: Juan es su nombre. Y todos se maravillaron.

64 Y al instante fue abierta su boca y su lengua, y hablaba bendiciendo a Dios.

65 Y sobrevino temor a todos sus vecinos, y en toda la región montañosa de Judea eran comentadas todas estas cosas.

66 Y todos los que las oyeron las guardaron en su corazón, diciendo: ¿Quién, pues, llegará a ser este niño? Porque la mano del Señor ciertamente estaba con él.

67 Y su padre Zacarías fue lleno del Espíritu Santo, y profetizó, diciendo:

68 Bendito el Señor Dios de Israel, Porque visitó e hizo redención a su pueblo,

69 Y nos levantó Cuerno de salvación, En la casa de David su siervo

70 (Como habló por boca de sus santos profetas, Desde el principio del mundo),

71 Salvación de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos aborrecen,

72 Para hacer misericordia con nuestros padres, Y acordarse de su Santo Pacto:

73 El juramento que juró a nuestro padre Abraham,

74 De concedernos que, rescatados de mano del enemigo, Lo sirviéramos sin temor,

75 En santidad y en justicia delante de Él, todos nuestros días.

76 ¡Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo! Porque irás delante de la faz del Señor, Para preparar sus caminos;

77 Y dar conocimiento de salvación a su pueblo, Mediante el perdón de sus pecados;

78 A causa de las entrañas de misericordia de nuestro Dios, Con las cuales nos visitará desde lo alto el Sol de la aurora,

79 Para dar luz a los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte, Para guiar nuestros pies hacia el Camino de paz.

80 Y el niño crecía y se fortalecía en espíritu, y estuvo en los desiertos hasta el día de su manifestación a Israel.

2

1 En aquellos días aconteció que se promulgó un edicto de parte de César Augusto, para que toda la tierra habitada fuera empadronada.

2 Primer censo que ocurrió siendo Cirenio gobernador de Siria.

3 E iban todos a registrarse, cada uno a su ciudad.

4 José subió pues de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, llamada Bet-léhem (por cuanto era de la casa y familia de David),

5 para ser inscrito junto con Miriam, su esposa, la cual estaba encinta.

6 Y aconteció que mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los días de dar a luz,

7 y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada.

8 Y había pastores en aquella región posando a campo abierto, guardando por turnos la vigilia de la noche sobre sus rebaños.

9 Y un ángel del Señor se presentó ante ellos, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor, y tuvieron gran temor.

10 Pero el ángel les dijo: ¡No temáis! pues he aquí os doy buenas nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo:

11 ¡Hoy os nació en la ciudad de David un Salvador, que es el Mesías, el Señor!

12 Y esto os será la señal: Hallaréis a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.

13 Y repentinamente, junto con aquel ángel, apareció una multitud del ejército celestial alabando a Dios, y diciendo:

14 ¡Gloria a Dios en las alturas, Y en la tierra paz entre los hombres de su elección!

15 Y aconteció que cuando los ángeles se apartaron de ellos al cielo, los pastores decían unos a otros: Vayamos ahora a Bet-léhem, y veamos esto que ha sucedido, que el Señor nos manifestó.

16 Y apresurándose, fueron y hallaron juntos a Miriam y a José, y al niño acostado en el pesebre.

17 Y después de verlo, manifestaron lo que les fue dicho acerca del niño.

18 Y todos los que lo oyeron, se maravillaron de las cosas dichas por los pastores.

19 Y Miriam guardaba todas estas palabras, meditándolas en su corazón.

20 Y los pastores regresaron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, tal como les había sido dicho.

21 Y cuando se cumplieron ocho días para circuncidarlo, entonces fue llamado su nombre Jesús; el cual le puso el ángel antes de que ella quedara encinta.

22 Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, lo subieron a Jerusalem para presentarlo al Señor

23 (como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón que abre matriz será llamado santo al Señor),

24 y para llevar un sacrificio conforme a lo dicho en la Ley del Señor: Un par de tórtolas, o dos palominos.

25 Y he aquí había en Jerusalem un hombre cuyo nombre era Simeón. Y este hombre justo y devoto esperaba la liberación de Israel; y el Espíritu Santo estaba sobre él.

26 Y le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes que viera al Ungido del Señor.

27 Y por el Espíritu entró en el Templo; y cuando los padres trajeron adentro al niño Jesús, para hacer con Él conforme al rito de la Ley,

28 también él lo tomó en sus brazos, y bendijo a Dios, y dijo:

29 Ahora, Soberano, despides a tu siervo en paz, Conforme a tu palabra;

30 Porque mis ojos vieron tu salvación,

31 La cual preparaste en presencia de todos los pueblos;

32 Luz para revelación de los gentiles Y gloria de tu pueblo Israel.

33 Y su padre y su madre estaban maravillados de las cosas que se decían acerca de Él.

34 Y Simeón los bendijo, y dijo a su madre Miriam: He aquí, Éste está puesto para caída y levantamiento de muchos en Israel, y para señal que es contradicha

35 (a tu misma alma también traspasará una espada), para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones.

36 Estaba también allí cierta profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Ésta, de edad muy avanzada, había vivido con su marido siete años desde su virginidad.

37 Y era viuda de hacía ochenta y cuatro años, y no se alejaba del Templo, sirviendo de noche y de día con ayunos y oraciones.

38 También ésta, presentándose en la misma hora, daba gracias a Dios, y hablaba acerca de Él a todos los que esperaban la liberación de Jerusalem.

39 Y cuando hubieron cumplido todas las cosas conforme a la Ley del Señor, regresaron a Galilea, a su propia ciudad de Nazaret.

40 Y el niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría, y la gracia de Dios estaba sobre Él.

41 E iban sus padres cada año a Je-rusalem, a la fiesta de la Pascua.

42 Y cuando Él llegó a ser de doce años, subieron conforme a la costumbre de la fiesta.

43 Y habiéndose cumplido los días, mientras ellos regresaban, el joven Jesús se quedó en Jerusalem sin que sus padres lo supieran.

44 Suponiendo pues que estaba en la caravana, anduvieron camino de un día, y lo buscaban entre los parientes y conocidos.

45 Pero al no hallarlo, se volvieron a Jerusalem buscándolo.

46 Y aconteció que después de tres días, lo hallaron en el Templo, sentado en medio de los maestros, no sólo oyéndolos, sino también haciéndoles preguntas.

47 Y cuantos lo oían quedaban asombrados de su inteligencia y de sus respuestas.

48 Y al verlo, se sorprendieron, y su madre le dijo: Hijo, ¿por qué nos hiciste esto? ¡He aquí tu padre y yo te hemos buscado angustiados!

49 Les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es necesario que esté en las cosas de mi Padre?

50 Pero ellos no entendieron la palabra que les habló.

51 Y descendió con ellos y fue a Nazaret, y estaba sujeto a ellos. Y su madre guardaba todas las cosas en su corazón.

52 Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en favor para con Dios y los hombres.

3

1 En el año decimoquinto del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea, y siendo su hermano Filipo tetrarca de Iturea y de la provincia de Traconite, y Lisanias tetrarca de Abilinia,

2 bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, fue hecha revelación de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.

3 Y fue a toda la región alrededor del Jordán proclamando el bautismo de arrepentimiento para perdón de pecados,

4 como está escrito en el libro de las palabras del profeta Isaías: Voz que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor; Allanad sus sendas.

5 Todo valle será rellenado, Y todo monte y collado, Rebajado; Y las sendas tortuosas, Enderezadas; Y los lugares ásperos, Caminos llanos;

6 Y toda carne verá la salvación de Dios.

7 Decía por tanto a las multitudes que salían para ser bautizadas por él: ¡Engendros de víboras! ¿Quién os mostró cómo huir de la inminente ira?

8 Haced pues frutos dignos del arrepentimiento, y no comencéis a decir entre vosotros mismos: A Abraham tenemos por padre; porque yo os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham de estas piedras.

9 Y ahora mismo el hacha está puesta a la raíz de los árboles; todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado al fuego.

10 Y las multitudes le preguntaban, diciendo: ¿Qué dices pues que hagamos?

11 Respondiendo, les decía: El que tiene dos túnicas, dé al que no tiene; y el que tiene comida, haga lo mismo.

12 Y unos publicanos fueron también para ser bautizados, y le dijeron: Maestro, ¿qué dices que hagamos?

13 Él entonces les dijo: No cobréis más de lo que os ha sido mandado.

14 Le preguntaron también los soldados, diciendo: Y nosotros, ¿qué hemos de hacer? Y les dijo: A nadie atraquéis ni extorsionéis, sino contentaos con vuestra paga.

15 Y cuando el pueblo estaba expectante, y todos cavilaban en sus corazones acerca de Juan, si tal vez él sería el Mesías,

16 Juan declaró diciendo a todos: Yo en verdad os bautizo con agua, pero viene el que es más poderoso que yo, de quien no soy digno de desatar la correa de sus sandalias: Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.

17 Su aventador está en su mano para limpiar bien su era y recoger el trigo en su granero, pero quemará la paja con fuego inextinguible.

18 Así, con estas y otras muchas exhortaciones, proclamaba las buenas nuevas al pueblo.

19 Entonces Herodes el tetrarca, siendo reprendido por él a causa de Herodías, mujer de su hermano, y por todas las maldades que había hecho Herodes,

20 añadió a todas también esto: Encerró a Juan en la cárcel.

21 Cuando todo el pueblo era bautizado, aconteció que también Jesús fue bautizado; y mientras oraba, fue abierto el cielo,

22 y descendió el Espíritu Santo sobre Él en forma corporal como paloma, y surgió una voz del cielo: Tú eres mi Hijo amado, en Ti hallo mi complacencia.

23 Jesús mismo, al comenzar, tenía como treinta años, siendo hijo (según se suponía) de José, de Elí,

24 de Matat, de Leví, de Melqui, de Jana, de José,

25 de Matatías, de Amós, de Nahúm, de Hesli, de Nagai,

26 de Maat, de Matatías, de Semei, de José, de Judá,

27 de Joanán, de Resa, de Zorobabel, de Salatiel, de Neri,

28 de Melqui, de Adi, de Cosam, de Elmadam, de Her,

29 de Josué, de Eliezer, de Jorim, de Matat, de Leví,

30 de Simeón, de Judá, de José, de Jonán, de Eliaquim,

31 de Melea, de Mainán, de Matata, de Natán, de David,

32 de Isaí, de Obed, de Booz, de Sala, de Naasón,

33 de Aminadab, de Admín, de Arní, de Esrom, de Fares, de Judá,

34 de Jacob, de Isaac, de Abraham, de Taré, de Nacor,

35 de Serug, de Ragau, de Peleg, de Heber, de Sala,

36 de Cainán, de Arfaxad, de Sem, de Noé, de Lamec,

37 de Matusalén, de Enoc, de Jared, de Mahalaleel, de Cainán,

38 de Enós, de Set, de Adán, de Dios.

4

1 Y Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó del Jordán, y fue impulsado por el Espíritu al desierto.

2 Y era tentado por el diablo por cuarenta días. Y no comió nada en aquellos días, terminados los cuales, tuvo hambre.

3 Entonces el diablo le dijo: Ya que eres Hijo de Dios, dí a esta piedra que se convierta en pan.

4 Jesús le respondió: Está escrito: No sólo de pan vivirá el hombre.

5 Y elevándolo, le mostró en una fracción de tiempo todos los reinos de la humanidad.

6 Y le dijo el diablo: Toda esta potestad y su gloria te daré, pues a mí me ha sido entregada, y al que quiero la doy.

7 Si te postras pues y me adoras, será toda tuya.

8 Respondiendo Jesús, le dijo: Está escrito: Ante el Señor tu Dios te postrarás y a Él solo servirás.

9 Lo llevó entonces a Jerusalem, y lo puso en pie sobre el pináculo del Templo, y le dijo: Ya que eres Hijo de Dios, échate de aquí abajo,

10 porque está escrito: A sus ángeles dará encargo acerca de Ti, para que te guarden.

11 Y: En las manos te llevarán para que tu pie no tropiece en piedra.

12 Jesús respondió y le dijo: Dicho está: No tentarás al Señor tu Dios.

13 Y habiendo acabado toda tentación, el diablo se apartó de Él hasta un tiempo oportuno.

14 Jesús regresó a Galilea en el poder del Espíritu, y se extendió su fama por toda la comarca;

15 y Él enseñaba en las sinagogas de ellos, siendo alabado por todos.

16 Y fue a Nazaret, donde había sido criado, y en el día sábado entró en la sinagoga, y conforme a su costumbre se levantó a leer.

17 Y le fue entregado el rollo del profeta Isaías; y habiendo desenrollado el volumen, halló el lugar donde estaba escrito:

18 El Espíritu del Señor está sobre mí, Porque me ungió para evangelizar a los pobres; Me ha enviado a proclamar libertad a los cautivos, Y restauración de vista a los ciegos, A enviar en libertad a los oprimidos,

19 A proclamar el año favorable del Señor.

20 Y habiendo envuelto el rollo, lo devolvió al asistente, y se sentó. Y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en Él.

21 Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura en vuestros oídos.

22 Y todos daban testimonio de Él, y se maravillaban de las palabras de gracia que salían de su boca, pero decían: ¿No es éste el hijo de José?

23 Entonces les dijo: Sin duda me diréis este proverbio: Médico, cúrate a ti mismo. Cuantas cosas oímos que se han hecho en Cafarnaúm, hazlas también aquí en tu tierra.

24 Y añadió: En verdad os digo que ningún profeta es grato en su tierra;

25 y en verdad os digo que muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando el cielo fue cerrado por tres años y seis meses, mientras hubo una gran hambre en toda la tierra;

26 pero a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda en Sarepta de Sidón.

27 Y muchos leprosos había en Israel en tiempo del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue limpiado, sino Naamán el sirio.

28 Oyendo estas cosas, todos se llenaron de ira en la sinagoga;

29 y levantándose, lo sacaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta la cumbre del monte sobre el cual había sido edificada la ciudad de ellos, para despeñarlo;

30 pero Él, pasando por en medio de ellos, prosiguió.

31 Y descendió a Cafarnaúm, ciudad de Galilea, y les enseñaba en los sábados.

32 Y se admiraban de su doctrina, porque su palabra era con autoridad.

33 Y en la sinagoga estaba un hombre que tenía un espíritu demoníaco inmundo, y vociferó a gran voz:

34 ¡Ah! ¿Qué tienes que ver con nosotros, Jesús nazareno? ¿Viniste a destruirnos? ¡Sé quién eres: el Santo de Dios!

35 Y Jesús le ordenó, diciendo: ¡Enmudece, y sal de él! Y arrojándolo en medio, el demonio salió de él sin estropearlo.

36 Y sobrevino un gran asombro sobre todos, y conversaban entre ellos, diciendo: ¿Qué palabra es ésta, que con autoridad y poder manda a los espíritus inmundos, y salen?

37 Y su fama se difundía por todo lugar de la región circunvecina.

38 Y levantándose de la sinagoga, entró en la casa de Simón, y la suegra de Simón estaba enferma con una gran fiebre y le rogaron por ella.

39 E inclinándose hacia ella, reprendió a la fiebre, y la dejó; e inmediatamente, habiéndose levantado, los servía.

40 Y cuando el sol se estaba poniendo, todos cuantos tenían enfermos de diversas dolencias los llevaron a Él, e imponiendo las manos sobre cada uno de ellos, los sanaba.

41 También salían demonios de muchos, vociferando y diciendo: ¡Tú eres el Hijo de Dios! Pero reprendiéndolos, no les permitía hablar estas cosas, porque sabían que Él era el Mesías.

42 Al hacerse de día, salió y se fue a un lugar solitario, pero las multitudes lo buscaban, y fueron a Él y lo detenían para que no se alejara de ellos.

43 Pero Él les dijo: Es necesario que proclame las buenas nuevas del reino de Dios también a las otras ciudades, pues para esto fui enviado.

44 Y estaba predicando en las sinagogas de Judea.

5

1 Sucedió que al agolparse la multitud sobre Él para oír la palabra de Dios (Él estaba de pie junto al lago Genesaret),

2 vio dos barcas ancladas en el lago, pues los pescadores habían salido de ellas y lavaban las redes.

3 Subiendo a una de las barcas, la cual era de Simón, le rogó que se alejara un poco de la orilla, y, sentado, enseñaba a las multitudes desde la barca.

4 Cuando cesó de hablar, dijo a Simón: Boga hacia lo hondo, y echad abajo vuestras redes para una captura.

5 Pero respondiendo Simón, dijo: Maestro, después de bregar durante toda la noche, nada hemos pescado; pero en tu palabra, echaré abajo la red.

6 Y cuando hicieron esto, encerraron una gran cantidad de peces, y se rompían sus redes.

7 E hicieron señas a los compañeros en la otra barca para que vinieran a ayudarles. Y fueron y llenaron ambas barcas, hasta tal punto que se hundían.

8 Al verlo Simón Pedro, se postró a los pies de Jesús, y dijo: ¡Apártate de mí Señor, que soy hombre pecador!

9 Porque a causa de la captura de los peces, el asombro lo había dominado a él y a todos los que estaban con él;

10 e igualmente a Jacobo y a Juan, hijos de Zebedeo, los cuales eran socios de Simón. Pero Jesús dijo a Simón: ¡No temas, desde ahora serás pescador de hombres

11 Y después de arrimar las barcas a tierra, dejando todas las cosas, lo siguieron.

12 Aconteció que estando Él en una de las ciudades, había allí un varón cubierto de lepra; y al ver a Jesús, cayó sobre su rostro, y le rogó diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme.

13 Y extendiendo la mano, lo tocó diciendo: ¡Quiero, sé limpio! Y al instante la lepra salió de él.

14 Y le mandó no decirlo a nadie, sino: Vé, muéstrate al sacerdote y presenta ofrenda por tu purificación conforme ordenó Moisés, para testimonio a ellos.

15 Pero su fama se difundía más y más, y grandes multitudes concurrían para oírlo y ser sanadas de sus enfermedades.

16 Pero Él se retiraba a lugares solitarios y oraba.

17 En uno de aquellos días, aconteció que estaba enseñando, y había allí sentados unos fariseos y doctores de la Ley, los cuales habían llegado de todas las aldeas de Galilea y de Judea, y de Jerusalem, y el poder del Señor estaba en Él para sanar.

18 Y he aquí unos varones llevaban en un catre a un hombre que era paralítico, y procuraban meterlo adentro y ponerlo delante de Él.

19 Pero no hallando cómo meterlo dentro a causa del gentío, subieron a la azotea y lo descolgaron con catre y todo a través de las losas, hasta ponerlo en medio, delante de Jesús.

20 Viendo la fe de ellos, dijo: ¡Hombre, tus pecados te son perdonados!

21 Y los escribas y los fariseos comenzaron a razonar para sí: ¿Quién es éste que habla tales blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?

22 Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, tomando la palabra, les dijo: ¿Qué caviláis en vuestros corazones?

23 ¿Qué es más fácil: decir, tus pecados te son perdonados, o decir, levántate y anda?

24 Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dijo al paralítico): A ti te digo: ¡Levántate, alza tu catre y vete a tu casa!

25 Y al instante, levantándose a la vista de ellos, tomó aquello en que yacía y se fue a su casa glorificando a Dios.

26 Y el estupor sobrecogió a todos, y glorificaban a Dios, y se llenaron de temor, diciendo: ¡Hoy hemos visto cosas increíbles!

27 Después de estas cosas, salió y observó a un publicano de nombre Leví, sentado en el lugar de los impuestos, y le dijo: ¡Sígueme!

28 Y dejándolo todo, se levantó y lo seguía.

29 Y Leví le hizo un gran banquete en su casa. Y había un gran número de publicanos y otros que estaban reclinados a la mesa con ellos.

30 Y los fariseos y sus escribas murmuraban contra sus discípulos, diciendo: ¿Por qué coméis y bebéis con los publicanos y pecadores?

31 Respondiendo Jesús, les dijo: Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los que están enfermos.

32 No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento.

33 Entonces ellos le dijeron: Los discípulos de Juan ayunan frecuentemente y hacen oraciones, igualmente también los de los fariseos, pero los tuyos comen y beben.

34 Jesús les dijo: ¿Acaso podéis hacer ayunar a los hijos del tálamo nupcial mientras el esposo está con ellos?

35 Pero vendrán días cuando también el esposo les sea quitado. Entonces, en aquellos días, ayunarán.

36 Les decía también por parábolas: Nadie rompe un vestido nuevo para echar remiendo a un vestido viejo; de lo contrario, no sólo se rasgará el nuevo, sino que tampoco al viejo le quedará bien un parche nuevo.

37 Tampoco nadie echa vino nuevo en odres viejos; de otra manera, el vino nuevo reventará los odres y se derramará, y los odres se echarán a perder;

38 sino que el vino nuevo tiene que ser echado en odres nuevos.

39 Y nadie, después de beber el añejo, desea el nuevo, porque dice: El añejo es bueno.

6

1 Aconteció que atravesando por unos sembrados en sábado, sus discípulos arrancaban las espigas, y restregándolas con las manos las comían.

2 Entonces algunos de los fariseos dijeron: ¿Por qué hacéis lo que no es lícito en los sábados?

3 Jesús les respondió diciendo: ¿Ni siquiera leísteis lo que hizo David cuando tuvo hambre, él y los que estaban con él:

4 cómo entró en la casa de Dios, y tomando los panes de la proposición (los cuales no es lícito comer sino a los sacerdotes), comió y dio también a los que estaban con él?

5 Y les dijo: El Hijo del Hombre es Señor del sábado.

6 En otro sábado, que entró en la sinagoga para enseñar, aconteció que estaba allí un hombre cuya mano derecha estaba contraída.

7 Y los escribas y los fariseos lo observaban atentamente, por si acaso sanaba en el sábado, para hallar de qué acusarlo.

8 Pero Él, conociendo los pensamientos de ellos, dijo al hombre que tenía contraída la mano: Levántate, y ponte en medio. Y levantándose, se puso en pie.

9 Entonces Jesús les dijo: Os pregunto: ¿Es lícito en el sábado hacer el bien o hacer el mal, salvar una vida o destruirla?

10 Y mirándolos a todos alrededor, le dijo: Extiende tu mano. Y él lo hizo, y su mano fue restaurada.

11 Pero ellos se llenaron de ira, y discutían unos con otros lo que pudieran hacer a Jesús.

12 Aconteció en aquellos días que Él salió al monte a orar, y pasó la noche en oración a Dios.

13 Y cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos y escogió a doce de ellos, a los cuales también llamó apóstoles:

14 A Simón, a quien también llamó Pedro, y a su hermano Andrés, a Jacobo y a Juan, a Felipe y a Bartolomé,

15 a Mateo y a Tomás, a Jacobo (de Alfeo), y a Simón (el llamado Zelote),

16 a Judas (de Jacobo), y a Judas Iscariote, quien llegó a ser el traidor.

17 Y bajó con ellos y se detuvo en un lugar llano, y había una gran multitud de discípulos suyos, y una gran muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jerusalem, y de la región costera de Tiro y Sidón;

18 los cuales habían ido para oírlo y para ser sanados de sus enfermedades. También los atormentados por espíritus inmundos eran sanados,

19 y toda la multitud procuraba tocarlo, porque salía poder de Él y a todos sanaba.

20 Y levantando sus ojos hacia sus discípulos, decía: Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios.

21 Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque seréis saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis.

22 Bienaventurados sois cuando los hombres os aborrezcan, cuando os excluyan y os insulten y rechacen vuestro nombre como maligno, por causa del Hijo del Hombre.

23 Regocijaos en ese día y saltad de gozo, porque he aquí vuestra recompensa será grande en el cielo. Porque del mismo modo hacían sus padres con los profetas.

24 Pero ¡ay de vosotros los ricos, porque ya tenéis vuestro consuelo!

25 ¡Ay de vosotros, los que estáis saciados ahora, porque tendréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque lamentaréis y lloraréis!

26 ¡Ay, cuando todos los hombres digan bien de vosotros, porque así hacían sus padres a los falsos profetas!

27 Pero a vosotros, los que estáis oyendo, digo: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen,

28 bendecid a los que os maldicen, orad por los que os maltratan.

29 Al que te hiere en la mejilla, preséntale también la otra, y al que te quita el manto, no le impidas tomar también la túnica.

30 A todo el que te pide, dale; y al que te quite lo tuyo, no se lo reclames.

31 Y conforme deseáis que os hagan los hombres, hacedles igualmente.

32 Pues, si amáis a los que os aman, ¿qué clase de gracia es la vuestra? Porque los pecadores también aman a los que los aman a ellos.

33 Y si hacéis bien a los que os hacen bien, ¿qué clase de gracia es la vuestra? También los pecadores hacen lo mismo.

34 Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué clase de gracia es la vuestra? También los pecadores dan prestado a los pecadores para recuperar lo mismo.

35 Más bien, amad a vuestros enemigos, y haced bien, y dad prestado no esperando nada, y vuestro galardón será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque Él es bondadoso hacia los ingratos y malvados.

36 Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso.

37 No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados. Perdonad, y seréis perdonados.

38 Dad, y se os dará: medida buena, apretada, remecida y rebosante os darán en vuestro regazo. Porque con la medida que medís seréis medidos.

39 También les dijo por parábola: ¿Puede acaso un ciego guiar a otro ciego? ¿No es cierto que ambos caerán en el hoyo?

40 El discípulo no es más que su maestro, y cualquiera que haya sido plenamente instruido, será como su maestro.

41 ¿Por qué miras la brizna que está en el ojo de tu hermano, y no notas la viga que está en tu propio ojo?

42 ¿Cómo puedes decir a tu hermano: Hermano, deja que saque la brizna que está en tu ojo, no viendo tú mismo la viga que está en el tuyo? ¡Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás claramente para sacar la brizna que está en el ojo de tu hermano!

43 No hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno.

44 Cada árbol es conocido por su fruto: No se recogen higos de los espinos, ni se vendimian uvas de la zarza.

45 El hombre bueno, del tesoro bueno del corazón saca lo bueno, y el malvado, del malo saca lo malo, porque de la abundancia del corazón habla su boca.

46 ¿Por qué me llamáis: Señor, Señor, y no hacéis lo que digo?

47 Os mostraré a quién es semejante todo el que viene a mí, y oye mis palabras, y las hace.

48 Es semejante a un hombre que edifica una casa, el cual excavó profundamente y puso el cimiento sobre la roca; y viniendo una inundación, el torrente embistió contra aquella casa pero no pudo sacudirla por estar bien edificada.

49 Pero el que oyó y no hizo, es semejante a un hombre que edificó una casa sobre la tierra, sin cimiento, contra la cual irrumpió el torrente y al instante cayó, y fue grande la ruina de aquella casa.

7

1 Cuando completó todas sus palabras a los oídos del pueblo, entró en Cafarnaúm.

2 Y el siervo de cierto centurión, a quien éste estimaba mucho, estaba enfermo y a punto de morir.

3 Y al oír acerca de Jesús, envió a Él unos ancianos de los judíos a rogarle que fuera y sanara a su siervo.

4 Presentándose pues ante Jesús, le rogaban insistentemente, diciendo: Es digno de que le concedas esto,

5 porque ama a nuestra nación, y él mismo nos edificó la sinagoga.

6 Jesús fue con ellos, pero cuando ya no distaba mucho de la casa, el centurión envió unos amigos a decirle: Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo,

7 por lo cual, ni siquiera me consideré digno de ir a Ti; pero dilo de palabra, ¡y sea sano mi mozo!

8 Porque aun yo, siendo hombre bajo autoridad superior, tengo soldados bajo mi mando, y digo a éste: Vé, y va; y a otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto; y lo hace.

9 Al oír estas cosas, Jesús se maravilló de él, y volviéndose, dijo a la gente que lo seguía: ¡Os digo que ni aun en Israel hallé una fe tan grande!

10 Y al regresar a la casa los que habían sido enviados, hallaron que el siervo estaba con buena salud.

11 Un poco después, aconteció que fue a una ciudad llamada Naín. E iban con Él sus discípulos y una gran multitud.

12 Y cuando se acercó a la puerta de la ciudad, he aquí estaban sacando a enterrar a un difunto, hijo único de su madre, siendo ella misma viuda; y una gran multitud de la ciudad estaba con ella.

13 Al verla, el Señor fue movido a compasión a causa de ella, y le dijo: No llores.

14 Y acercándose, agarró el féretro, de manera que los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: Joven, a ti te digo: ¡Levántate!

15 Y el muerto se incorporó y comenzó a hablar. Y lo entregó a su madre.

16 Y un gran temor los sobrecogió, y glorificaban a Dios, diciendo: ¡Un gran profeta se ha levantado entre nosotros y Dios ha visitado a su pueblo!

17 Y su fama se extendió por toda Judea y por toda la región circunvecina.

18 Los discípulos de Juan le informaron acerca de todas estas cosas, y Juan, llamando a dos de sus discípulos,

19 los envió al Señor, diciendo: ¿Eres tú el que viene, o hemos de aguardar a otro?

20 Cuando los hombres fueron a Él, le dijeron: Juan el Bautista nos envió a ti, diciendo: ¿Eres tú el que viene, o hemos de aguardar a otro?

21 Y en aquella hora sanó a muchos de enfermedades y dolencias, y de espíritus malignos, y concedió la vista a muchos ciegos.

22 Y respondiendo, les dijo: Id, informad a Juan lo que visteis y oísteis: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, los pobres son evangelizados;

23 y bienaventurado es cualquiera que no se escandalice de mí.

24 Cuando los mensajeros de Juan se marcharon, comenzó a decir a las multitudes acerca de Juan: ¿Qué sa-listeis a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento?

25 ¿O qué salisteis a ver? ¿A un hombre cubierto con vestiduras finas? He aquí los que tienen vestido espléndido y viven en deleites están en los palacios.

26 Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta.

27 Éste es de quien está escrito: He aquí envío mi mensajero delante de tu presencia, El cual aparejará tu camino delante de Ti.

28 Os digo que entre los nacidos de mujeres, ninguno es mayor que Juan; pero el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él.

29 Y todo el pueblo y los publicanos, al oírlo, justificaron a Dios, habiendo sido bautizados con el bautismo de Juan,

30 pero los fariseos y los intérpretes de la Ley, al no ser bautizados por él, rechazaron el propósito de Dios con respecto a ellos mismos.

31 Entonces ¿a qué compararé los hombres de esta generación, y a qué los haré semejantes?

32 Son semejantes a esos muchachos que se sientan en la plaza y gritan unos a otros, y se dicen: ¡Os tocamos flauta y no bailasteis; entonamos lamentos y no llorasteis!

33 Porque vino Juan el Bautista, que no come pan ni bebe vino, y decís: ¡Demonio tiene!

34 Viene el Hijo del Hombre, que come y bebe, y decís: ¡Mirad, un hombre comilón y bebedor de vino, amigo de publicanos y de pecadores!

35 Pero la sabiduría es vindicada por parte de todos sus hijos.

36 Uno de los fariseos le rogó que comiera con él, y entrando en la casa del fariseo, se reclinó a la mesa.

37 Y he aquí una mujer que era pecadora en la ciudad, al enterarse de que estaba reclinado a la mesa en la casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro lleno de perfume,

38 y situándose detrás, llorando a sus pies, comenzó a regar sus pies con las lágrimas y los secaba con los cabellos de su cabeza, y besaba fervientemente sus pies y los ungía con el perfume.

39 Viéndolo el fariseo que lo había invitado, se decía: Éste, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que lo toca, que es una pecadora.

40 Jesús, tomando la palabra, le dijo: Simón, una cosa tengo que decirte. Él dice: Dí, Maestro.

41 Cierto acreedor tenía dos deudores: el uno debía quinientos denarios, y el otro cincuenta.

42 No teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. ¿Cuál de ellos, pues, lo amará más?

43 Respondiendo Simón, dijo: Pienso que a quien perdonó más. Él le dijo: Rectamente has juzgado.

44 Y vuelto hacia la mujer, dijo a Simón: ¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies, pero ésta ha regado mis pies con las lágrimas, y los ha secado con sus cabellos.

45 No me diste beso, pero ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies.

46 No ungiste mi cabeza con aceite, pero ésta ungió con perfume mis pies.

47 Por lo cual te digo que sus muchos pecados han sido perdonados, porque mucho amó; pero al que poco le es perdonado, poco ama.

48 Y a ella dijo: Tus pecados han sido perdonados.

49 Y los que estaban reclinados con Él a la mesa comenzaron a decir entre sí: ¿Quién es éste, que también perdona pecados?

50 Pero Él dijo a la mujer: Ve en paz, tu fe te ha salvado.

8

1 Y aconteció un poco después, que caminaba por todas las ciudades y aldeas, proclamando y anunciando las buenas nuevas del reino de Dios, y con Él iban los doce,

2 y algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malignos y de enfermedades: Miriam, la que llamaban Magdalena (de la cual habían salido siete demonios),

3 y Juana, mujer de Chuza, mayordomo de Herodes, y Susana, y otras muchas que les servían con sus bienes.

4 Y cuando se reunió una inmensa muchedumbre, pues las gentes de ciudad tras ciudad venían acudiendo a Él, les habló por parábola, diciendo:

5 El sembrador salió a sembrar su semilla, y al sembrarla, una cayó junto al camino y fue pisoteada, y las aves del cielo la comieron.

6 Otra cayó sobre terreno pedregoso, y habiendo brotado, se secó por no tener humedad.

7 Otra cayó en medio de las espinas, y creciendo juntamente las espinas, la ahogaron.

8 Y otra cayó en buena tierra, y habiendo crecido, dio fruto a ciento por uno. Diciendo estas cosas, exclamaba: ¡El que tiene oídos para oír, oiga!

9 Y sus discípulos le preguntaban cuál sería el significado de la parábola.

10 Él dijo: A vosotros ha sido dado conocer los misterios del reino de Dios, pero a los demás, por parábolas, para que viendo no vean y oyendo no entiendan.

11 Esta es, pues, la parábola: La semilla es la palabra de Dios.

12 Los de junto al camino son los que oyeron, pero luego viene el diablo y quita la palabra de sus corazones, para que no crean y sean salvos.

13 Los de sobre el terreno pedregoso son los que cuando oyen, reciben la palabra con gozo, pero éstos no tienen raíz; creen por un tiempo, pero en el tiempo de la prueba se apartan.

14 La que cae entre las espinas, éstos son los que oyeron, pero al continuar su camino, son ahogados por preocupaciones, riquezas y placeres de la vida, y no maduran fruto.

15 Pero la que cae en buena tierra, éstos son los que oyeron la palabra con corazón recto y bueno, y producen fruto con perseverancia.

16 Nadie que enciende una lámpara, la cubre con una vasija o la pone debajo de una cama, sino la pone sobre un candelero, para que los que entran vean la luz.

17 Porque no hay nada oculto que no llegue a ser manifestado, ni secreto que no haya de ser plenamente conocido y salga a luz.

18 Mirad pues cómo oís, porque al que tenga, le será dado, y al que no tenga, aun lo que imagina tener le será quitado.

19 Se presentaron ante Él su madre y sus hermanos, pero no podían acercársele a causa de la multitud.

20 Y le fue informado: Tu madre y tus hermanos están fuera y desean verte.

21 Él respondió y les dijo: Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios y la practican.

22 En uno de aquellos días, aconteció que entró en una barca con sus discípulos, y les dijo: Pasemos al otro lado del lago; y se hicieron a la mar.

23 Pero mientras estaban navegando, se durmió; y una tempestad de viento cayó sobre el lago, y estaban anegándose y peligraban.

24 Entonces se acercaron y lo despertaron, diciendo: ¡Maestro, Maestro! ¡Perecemos! Y Él despertó y reprendió al viento y a la furia del agua, y cesaron, y se hizo gran bonanza.

25 Y les dijo: ¿Dónde está vuestra fe? Y atemorizados, se maravillaron diciéndose unos a otros: ¿Quién es éste, que aun a los vientos y al agua manda, y le obedecen?

26 Y navegaron hacia la región de los gerasenos, que está al lado opuesto de Galilea.

27 Y al llegar a tierra, salió al encuentro cierto varón de la ciudad que tenía demonios, y desde hacía mucho tiempo no se ponía vestido ni vivía en casas, sino entre los sepulcros.

28 Al ver a Jesús, cayó ante Él dando alaridos, y con gran voz, dijo: ¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te ruego, ¡no me atormentes!

29 Pues mandaba al espíritu inmundo salir del hombre, porque durante mucho tiempo se había apoderado de él, y aunque atado con cadenas y grillos para ser custodiado, rompía las cadenas y era impelido por el demonio a los lugares desiertos.

30 Jesús le preguntó: ¿Cómo te llamas? Y él dijo: Legión (porque habían entrado muchos demonios en él).

31 Y le rogaban que no les mandara ir al abismo.

32 Y había allí una piara de muchos cerdos paciendo en el monte; y le rogaron que los dejara entrar en ellos; y los dejó.

33 Saliendo entonces del hombre, los demonios entraron en los cerdos, y la piara se precipitó por el despeñadero al lago, y se ahogó.

34 Al ver lo sucedido, los que los apacentaban huyeron y lo refirieron en la ciudad y por las alquerías.

35 Salieron entonces a ver lo sucedido, y fueron adonde Jesús, y hallaron al hombre de quien habían salido los demonios, sentado a los pies de Jesús, vestido y en sus cabales. Y tuvieron temor.

36 Y los que lo vieron, les contaron cómo el endemoniado había sido sanado.

37 Pero toda la multitud de alrededor de los gerasenos le rogó que se alejara de ellos, porque estaban sobrecogidos de un gran temor. Y entrando en una barca, regresó.

38 Y el varón de quien habían salido los demonios le rogaba estar con Él; pero le respondió, diciendo:

39 Vuelve a tu casa, y cuenta cuán grandes cosas te ha hecho Dios. Y él fue proclamando por toda la ciudad cuán grandes cosas le había hecho Jesús.

40 Al regresar Jesús, la multitud le dio la bienvenida, pues todos lo estaban esperando.

41 Y he aquí se presentó un varón cuyo nombre era Jairo, un principal de la sinagoga; y postrándose a los pies de Jesús, le rogaba que fuera a su casa,

42 porque tenía una hija única, como de doce años, y se estaba muriendo. Y mientras Él iba, las multitudes lo apretujaban,

43 y una mujer que estaba con flujo de sangre desde hacía doce años, la cual no había podido ser sanada por nadie,

44 acercándose por detrás, se agarró del borde de su manto; y al instante el flujo de su sangre se detuvo.

45 Y dijo Jesús: ¿Quién se agarró de mí? Y negándolo todos, dijo Pedro: Maestro, las multitudes te apretujan y te oprimen …

46 Pero Jesús dijo: Alguien se agarró de mí, porque percibí que ha salido poder de mí.

47 Entonces, viendo que no había pasado inadvertida, la mujer fue temblando, y después de postrarse ante Él, confesó delante de todo el pueblo por qué se había asido de Él, y cómo había sido sanada al instante.

48 Él entonces le dijo: Ve en paz hija, tu fe te ha salvado.

49 Estando Él aún hablando, aparece uno de la casa del principal de la sinagoga, diciendo: Tu hija ha muerto. No molestes más al Maestro.

50 Pero Jesús, al oírlo, le respondió: No temas; solamente sigue creyendo y será salva.

51 Y entrando en la casa, a nadie permitió entrar consigo, sino a Pedro, a Juan y a Jacobo, y al padre y a la madre de la joven.

52 Y todos lloraban y lamentaban por ella. Pero Él dijo: No lloréis, porque no ha muerto, sino duerme.

53 Y se reían de Él, sabiendo que había muerto.

54 Pero Él, tomando su mano, clamó, diciendo: ¡Niña, levántate!

55 Y su espíritu volvió, y al instante se levantó; y ordenó que se le diera de comer.

56 Y sus padres se asombraron, pero Él les encargó no decir a nadie lo sucedido.

9

1 Después de convocar a los doce, les dio poder y autoridad sobre todos los demonios, y para sanar enfermedades.

2 Y los envió a proclamar el reino de Dios y a sanar.

3 Y les dijo: No toméis nada para el camino: ni bordón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni dos túnicas.

4 En cualquier casa en que entréis, posad allí y salid de allí.

5 Y dondequiera que no os reciban, saliendo de aquella ciudad, sacudid el polvo de vuestros pies, como testimonio contra ellos.

6 Ellos pues, recorrieron una por una las aldeas, anunciando las buenas nuevas y sanando por todas partes.

7 También el tetrarca Herodes oyó todo lo sucedido; y estaba perplejo, porque algunos decían: Juan ha resucitado de los muertos;

8 y otros: ¡Se apareció Elías! Y otros: ¡Resucitó un antiguo profeta!

9 Pero Herodes dijo: Yo decapité a Juan. ¿Quién es éste pues, de quien oigo tales cosas? Y procuraba verlo.

10 Cuando los apóstoles regresaron, le refirieron cuanto habían hecho. Y tomándolos consigo, se retiró aparte a una ciudad llamada Betsaida.

11 Pero al darse cuenta las multitudes, lo siguieron, y después de recibirlos, les hablaba acerca del reino de Dios, y sanaba a los que tenían necesidad de sanidad.

12 Al comenzar a declinar el día, se acercaron los doce y le dijeron: Despide a la multitud, para que vayan a las aldeas y alquerías en derredor y hallen hospedaje y consigan comida, porque aquí estamos en un lugar solitario.

13 Pero Él les dijo: Dadles vosotros de comer. Ellos dijeron: No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos nosotros y compremos comida para todo este pueblo.

14 Porque eran como cinco mil hombres. Entonces dijo a sus discípulos: Haced que se recuesten en grupos de cincuenta.

15 Y lo hicieron así, haciéndolos recostar a todos.

16 Tomando entonces los cinco panes y los dos peces, alzó los ojos al cielo, los bendijo y los partió, y los iba dando a los discípulos para que lo distribuyeran a la multitud.

17 Y todos comieron y se saciaron, y de lo que había sobrado se recogieron doce cestos de trozos.

18 Aconteció que estando orando a solas, los discípulos estaban con Él, y les preguntó, diciendo: ¿Quién dicen las gentes que soy Yo?

19 Y ellos respondiendo, dijeron: Juan el Bautista; y otros, Elías; y otros, que resucitó algún profeta de los antiguos.

20 Y les dijo: ¿Y vosotros, quién decís que soy Yo? Respondiendo Pedro, dijo: El Ungido de Dios.

21 Pero Él, con mandamiento riguroso, les ordenó no hablar esto a nadie,

22 y dijo: El Hijo del Hombre tiene que padecer muchas cosas, y ser rechazado por los ancianos, los principales sacerdotes y los escribas, y ser muerto y ser resucitado al tercer día.

23 Y a todos decía: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz cada día y sígame.

24 Porque cualquiera que quiera salvar su vida, la perderá, y cualquiera que pierda su vida por causa de mí, la salvará.

25 Porque, ¿qué aprovecha al hombre ganar el mundo entero, si se pierde o se destruye a sí mismo?

26 Porque el que se avergüence de mí y de mis palabras, de éste se avergonzará el Hijo del Hombre cuando venga en su gloria, y la del Padre y de los santos ángeles.

27 En verdad os digo: Hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte hasta que vean el reino de Dios.

28 Como ocho días después de estas palabras, sucedió que tomando a Pedro, a Juan y a Jacobo, subió al monte a orar.

29 Y mientras oraba, la apariencia de su rostro se volvió diferente, y su vestido, blanco resplandeciente.

30 Y he aquí dos varones hablaban con Él, los cuales eran Moisés y Elías,

31 quienes, habiéndose aparecido en esplendor, hablaban del éxodo que Él estaba a punto de cumplir en Jerusalem.

32 Y Pedro y los que estaban con él se hallaban cargados de sueño, pero habiéndose sacudido el sueño, vieron su gloria, y a los dos varones que estaban con Él.

33 Y sucedió que al tiempo que ellos se apartaban de Él, dijo Pedro a Jesús: Maestro, bueno es quedarnos aquí y hacer tres tabernáculos: uno para Ti, y otro para Moisés y otro para Elías (sin saber lo que decía).

34 Y diciendo él estas cosas, apareció una nube que los cubría con su sombra, y tuvieron temor al entrar en la nube.

35 Y de la nube vino una voz que decía: ¡Este es mi Hijo, el escogido: a Él oíd!

36 Y al venir la voz, Jesús fue hallado solo. Y ellos callaron, y en aquellos días nada dijeron a nadie de las cosas que habían visto.

37 Al día siguiente, aconteció que bajando del monte, les salió al encuentro una gran multitud.

38 Y he aquí un varón de la multitud clamó diciendo: Maestro, te ruego que veas atentamente a mi hijo, que es mi unigénito;

39 porque he aquí un espíritu lo toma y de repente da alaridos y lo convulsiona con espumarajos, y a duras penas se aparta de él después de estropearlo.

40 Y he rogado a tus discípulos que lo echaran fuera, pero no pudieron.

41 Entonces Jesús respondió y dijo: ¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros y os soportaré? ¡Trae acá a tu hijo!

42 Y cuando él se acercaba, el demonio aun lo derribó y convulsionó; pero Jesús reprendió al espíritu inmundo y sanó al muchacho, y se lo devolvió a su padre.

43 Y todos estaban asombrados de la grandeza de Dios. Mientras todos estaban maravillados de todas las cosas que hacía, dijo a sus discípulos:

44 Poned vosotros estas palabras en vuestros oídos, porque el Hijo del Hombre está a punto de ser entregado en mano de los hombres.

45 Pero ellos no entendían esta palabra, pues les estaba encubierta para que no la entendieran; y temían preguntarle acerca de esta palabra.

46 Surgió entonces una discusión entre ellos sobre quién sería el más grande de ellos.

47 Pero Jesús, que conocía el razonamiento del corazón de ellos, tomó a un niño y lo puso junto a sí mismo,

48 y les dijo: Cualquiera que reciba a este niño en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe a mí, recibe al que me envió; porque quien es el más pequeño entre todos vosotros, ése es grande.

49 Y tomando la palabra Juan, dijo: Maestro, vimos a uno echando fuera demonios en tu Nombre, y se lo prohibíamos, porque no sigue con nosotros.

50 Jesús le dijo: No se lo prohibáis, porque el que no está contra vosotros, está a favor de vosotros.

51 Aconteció que al cumplirse los días de su ascensión, Él decidió resueltamente ir a Jerusalem.

52 Y envió mensajeros delante de Sí, y al ir, entraron en una aldea de samaritanos para hacerle preparativos.

53 Pero no lo recibieron, porque su aspecto era como del que iba a Jerusalem.

54 Viendo esto los discípulos Jacobo y Juan, dijeron: Señor, ¿quieres que digamos que descienda fuego del cielo y los consuma?

55 Pero volviéndose, los reprendió.

56 Y se fueron a otra aldea.

57 Y mientras iban por el camino, alguien le dijo: Te seguiré adondequiera que vayas.

58 Jesús le dijo: Las zorras tienen guaridas y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza.

59 Y dijo a otro: ¡Sígueme! Pero él dijo: Señor, permíteme ir primero a enterrar a mi padre.

60 Le dijo: Deja que los muertos entierren a sus muertos, y tú anda, proclama el reino de Dios.

61 Otro le dijo: Te seguiré, Señor; pero primero permite que despida a los que están en mi casa.

62 Dijo Jesús: Ninguno que pone la mano en el arado y mira atrás, es apto para el reino de Dios.

10

1 Después de estas cosas, el Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos delante de Sí, a toda ciudad y lugar adonde Él estaba por ir.

2 Y les decía: En verdad la mies es mucha, y los obreros pocos. Rogad pues al Señor de la mies, para que envíe obreros a su mies.

3 ¡Id! He aquí os envío como corderos en medio de lobos.

4 No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias; y a nadie saludéis en el camino.

5 En cualquier casa donde entréis, primeramente decid: ¡Paz sea a esta casa!

6 Y si hay allí un hijo de paz, vuestra paz reposará sobre él; y si no, se volverá a vosotros.

7 Y posad en aquella misma casa, comiendo y bebiendo lo que sea de parte de ellos, porque el obrero es digno de su salario. No andéis de casa en casa.

8 Y en cualquier ciudad donde entréis y os reciban, comed lo que os pongan delante,

9 y sanad a los enfermos que haya en ella y decidles: El reino de Dios se ha acercado a vosotros.

10 Pero en cualquier ciudad donde entréis y no os reciban, saliendo a sus plazas, decid:

11 Os sacudimos aun el polvo de vuestra ciudad que se nos pegó a los pies; pero sabed esto: El reino de Dios se ha acercado.

12 Os digo que en aquél día será más tolerable para Sodoma, que para aquella ciudad.

13 ¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que se hicieron en vosotras, haría tiempo que, sentadas en cilicio y ceniza, se hubieran arrepentido.

14 Por tanto, en el juicio será más tolerable para Tiro y Sidón que para vosotras.

15 Y tú, Cafarnaúm, ¿acaso serás exaltada hasta el cielo? ¡Hasta el Hades serás abatida!

16 El que os oye, me oye a mí, y el que os rechaza, me rechaza a mí, y el que me rechaza, rechaza al que me envió.

17 Regresaron los setenta y dos con gozo, diciendo: Señor, aun los demonios se nos someten en tu Nombre.

18 Les dijo: Veía Yo a Satanás caer del cielo como un rayo.

19 He aquí, os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones y el poder del enemigo, y nada os dañará.

20 Pero no os regocijéis por esto, de que los espíritus se os someten, sino regocijaos de que vuestros nombres están inscritos en los cielos.

21 En aquella misma hora se regocijó sobremanera en el Espíritu Santo, y dijo: ¡Te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra! porque escondiste estas cosas de sabios y entendidos y las revelaste a niños. Sí, Padre, porque así te agradó.

22 Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar.

23 Y volviéndose a los discípulos aparte, dijo: Bienaventurados los ojos que ven las cosas que veis,

24 porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver las cosas que vosotros veis, y no las vieron, y oír las cosas que oís, y no las oyeron.

25 Y, he aquí, un doctor de la Ley se levanta para tentarlo, diciendo: Maestro, ¿qué haré para heredar la vida eterna?

26 Él entonces le dijo: ¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees?

27 Y él respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios de todo corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo.

28 Le dijo: Rectamente has respondido. Haz esto, y vivirás.

29 Pero él, queriendo justificarse, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo?

30 Respondiendo Jesús, dijo: Cierto hombre bajaba de Jerusalem a Jericó, y cayó en mano de salteadores, los cuales después de desnudarlo y golpearlo, se fueron dejándolo medio muerto.

31 Y por coincidencia, cierto sacerdote bajaba por aquel camino, y al verlo, pasó por el lado opuesto.

32 Igualmente un levita, al llegar junto al lugar y al verlo, pasó por el lado opuesto.

33 Pero un samaritano que iba de camino, se acercó a él, y al verlo, fue movido a compasión;

34 y allegándose, vendó sus heridas derramando aceite y vino, y poniéndolo sobre su propia cabalgadura, lo llevó a un mesón, y cuidó de él.

35 Y al día siguiente, al partir, sacó dos denarios, los dio al mesonero, y le dijo: Cuídalo, y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese.

36 ¿Quién de estos tres te parece que llegó a ser prójimo del que cayó en mano de los salteadores?

37 Y él dijo: El que hizo la misericordia con él. Entonces Jesús le dijo: Vé y haz tú lo mismo.

38 Mientras ellos iban de camino, entró en cierta aldea, y cierta mujer de nombre Marta lo acogió como huésped.

39 Y ésta tenía una hermana llamada Miriam, la cual, sentada a los pies del Señor, oía su palabra.

40 Pero Marta estaba atareada con respecto a mucho servicio; y parándose, dijo: Señor: ¿No te importa que mi hermana me dejó sola para servir? Dile pues que me ayude.

41 Pero el Señor, respondiendo, le dijo: Marta, Marta, afanada y molesta estás por muchas cosas;

42 pero sólo una es necesaria, y Miriam escogió la buena parte, la cual no le será quitada.

11

1 Estando Él en cierto lugar orando, cuando terminó, sucedió que uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar, como también Juan enseñó a sus discípulos.

2 Les dijo: Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu Nombre. Venga tu reino.

3 El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.

4 Y perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe; y no nos metas en prueba.

5 También les dijo: ¿Quién de vosotros tiene un amigo, y va a él a media noche, y le dice: Amigo, préstame tres panes,

6 porque un amigo ha llegado a mí de viaje, y no tengo qué poner delante de él;

7 y aquél, respondiendo desde adentro, diga: No me molestes; la puerta ya ha sido cerrada y mis niños están conmigo en la cama y no puedo levantarme a darte?

8 Os digo que, aunque no se levante para darle por ser su amigo, por su importunidad se levantará y le dará cuantos necesite.

9 Y Yo os digo: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad a la puerta, y se os abrirá.

10 Porque todo el que pide, recibe, y el que busca, halla, y al que llama a la puerta, se le abre.

11 ¿Y a cuál de vosotros, como padre, si su hijo le pide un pescado, le dará en lugar de un pescado una serpiente?

12 O si le pide un huevo, ¿le dará un escorpión?

13 Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?

14 Y echando fuera un demonio que era mudo, aconteció que salido el demonio, el mudo habló, y las multitudes se maravillaron.

15 Pero algunos de ellos dijeron: Éste no echa fuera demonios sino por Beelzebúl, príncipe de los demonios.

16 Otros, para tentarlo, demandaban de Él una señal del cielo.

17 Pero Él, conociendo sus pensamientos, les dijo: Todo reino dividido contra sí mismo es asolado, y casa contra casa cae.

18 Y si Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo se sostendrá su reino? pues decís que por Beelzebúl echo Yo fuera los demonios.

19 Y si Yo echo fuera los demonios por Beelzebúl, ¿por quién los echan fuera vuestros hijos? Por esto, ellos serán vuestros jueces.

20 Pero, si con el dedo de Dios echo fuera los demonios, entonces ha llegado a vosotros el reino de Dios.

21 Cuando el fuerte, bien armado, defiende su propio palacio, lo que posee está en paz,

22 pero si llega uno más fuerte que él y lo vence, le quita su armadura en la cual confiaba, y reparte sus despojos.

23 El que no está conmigo, está contra mí, y el que conmigo no recoge, desparrama.

24 Cuando un espíritu inmundo sale del hombre, anda por lugares secos buscando reposo; y al no hallarlo, dice: Regresaré a mi casa de donde salí.

25 Y al regresar, la halla barrida y adornada.

26 Entonces va y toma consigo otros siete espíritus peores que él mismo y, entrando, habitan allí, y lo postrero de aquel hombre llega a ser peor que lo primero.

27 Hablando estas cosas, sucedió que cierta mujer de la multitud, alzando la voz, le dijo: ¡Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que mamaste!

28 Pero Él respondió: Antes bien, bienaventurados los que oyen la palabra de Dios y la obedecen.

29 Apiñándose las multitudes, comenzó a decir: Esta es una generación perversa, que busca una señal, pero no se le dará sino la señal de Jonás.

30 Porque como Jonás llegó a ser señal para los ninivitas, así también lo será el Hijo del Hombre para esta generación.

31 La reina del Sur se levantará en el juicio con los varones de esta generación y los condenará, porque vino de los confines de la tierra a oír la sabiduría de Salomón, y he aquí más que Salomón en este lugar.

32 Varones ninivitas se levantarán en el juicio con esta generación y la condenarán, porque se arrepintieron por la predicación de Jonás, y he aquí más que Jonás en este lugar.

33 Nadie que enciende una lámpara la pone en un lugar oculto, sino sobre el candelero, para que los que entran vean la luz.

34 La lámpara del cuerpo es tu ojo. Cuando tu ojo esté sano, todo tu cuerpo estará lleno de luz, pero cuando esté malo, también tu cuerpo estará oscuro.

35 Mira, pues, que la luz que hay en ti no sea oscuridad.

36 Por tanto, si todo tu cuerpo está lleno de luz, y no tiene ninguna parte oscura, todo será luminoso, como cuando una lámpara te ilumina con su resplandor.

37 Mientras hablaba, un fariseo le rogó que comiera con él; y entrando, se reclinó a la mesa.

38 Pero el fariseo, observándolo, se extrañó de que no se purificara primero, antes de la comida.

39 Y el Señor le dijo: Ahora bien, vosotros los fariseos limpiáis lo de fuera del vaso o del plato, pero vuestro interior está lleno de rapiña y perversidad.

40 Insensatos, el que hizo lo de fuera, ¿no hizo también lo de dentro?

41 Más bien, dad con misericordia de lo de adentro, y he aquí todo os será limpio.

42 Pero ¡ay de vosotros, los fariseos! Que dais el diezmo por la menta y la ruda, y por toda hortaliza, pero pasáis por alto la justicia y el amor de Dios. Debía hacerse esto, sin descuidar aquello.

43 ¡Ay de vosotros, los fariseos! Que amáis la primera silla en las sinagogas y las salutaciones en las plazas.

44 ¡Ay de vosotros! Porque sois como los sepulcros, disimulados, y los hombres que caminan encima no lo saben.

45 Respondiendo entonces uno de los doctores de la Ley, le dice: Maestro, diciendo estas cosas, también nos afrentas a nosotros.

46 Él respondió: ¡Ay también de vosotros, los doctos de la Ley! Porque cargáis a los hombres con cargas difíciles de llevar, pero vosotros no tocáis las cargas con uno de vuestros dedos.

47 ¡Ay de vosotros! Que edificáis los sepulcros de los profetas que vuestros mismos padres mataron!

48 Así que sois testigos y consentidores de las obras de vuestros padres, porque ciertamente ellos los mataron, y vosotros edificáis.

49 Por esto, también la sabiduría de Dios dijo: Enviaré a ellos profetas y apóstoles, y de entre ellos matarán y perseguirán,

50 para que la sangre de todos los profetas, derramada desde la creación del mundo, sea demandada de esta generación;

51 desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, que fue asesinado entre el Altar y el Santuario. En verdad os digo, esto será demandado de esta generación.

52 ¡Ay de vosotros, los doctores de la Ley!, porque habéis quitado la llave del conocimiento, vosotros mismos no entráis, y lo impedís a los que están entrando.

53 Cuando Él salió de allí, los escribas y los fariseos comenzaron a hostigarlo en gran manera y a provocarlo con preguntas acerca de muchas cosas,

54 tendiéndole lazos para cazar algo de su boca.

12

1 Entretanto, se habían aglomerado miles y miles de la multitud, hasta el punto que se pisoteaban unos a otros. Entonces comenzó a decir primero a sus discípulos: Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía.

2 Nada hay encubierto que no será descubierto, ni oculto, que no será conocido.

3 Por tanto, cuanto dijisteis en la oscuridad será oído en la luz, y lo que hablasteis al oído en las recámaras, será pregonado en las azoteas.

4 Y os digo amigos míos: No temáis a los que matan el cuerpo, y después de esto no pueden más hacer.

5 Yo os advertiré a quién debéis temer: Temed a Aquél que, después de matar, tiene poder para echar en el infierno. Sí, os digo: a Éste temed.

6 ¿No se venden cinco gorriones por dos cuartos? Y ni uno de ellos está olvidado delante de Dios.

7 Aun los cabellos de vuestra cabeza han sido todos contados. No temáis, valéis más que muchos gorriones.

8 Y os digo: Todo aquel que se declare por mí delante de los hombres, también el Hijo del Hombre se declarará por él delante de los ángeles de Dios;

9 pero el que me negó delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios.

10 Y todo aquel que diga una palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado, pero al que blasfemó contra el Espíritu Santo, no le será perdonado.

11 Y cuando os conduzcan a las sinagogas, y a los magistrados y a las autoridades, no os preocupéis de cómo o qué responderéis, o qué diréis;

12 porque el Espíritu Santo os enseñará en la misma hora lo que debéis decir.

13 Le dijo uno de la multitud: Maestro, dí a mi hermano que parta conmigo la herencia.

14 Él le dijo: Hombre, ¿quién me ha puesto como juez o partidor entre vosotros?

15 Y les dijo: Mirad y guardaos de toda avaricia, porque aunque alguno tenga más que suficiente, su vida no depende de los bienes que posee.

16 Y les refirió una parábola, diciendo: La tierra de cierto hombre rico produjo buenas cosechas;

17 y él razonaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré? Porque no tengo donde más guardar mis frutos.

18 Y dijo: Esto haré: derribaré mis graneros y los edificaré más grandes, y allí almacenaré todos mis granos y mis bienes,

19 y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes almacenados para muchos años: reposa, come, bebe, diviértete.

20 Pero le dijo Dios: ¡Insensato! esta noche tu alma te será demandada, y lo que has prevenido, ¿para quién será?

21 Así es el que atesora para sí y no es rico para con Dios.

22 Y dijo a los discípulos: Por esto os digo: No os preocupéis por la vida, qué comeréis, ni por el cuerpo, qué vestiréis;

23 porque la vida es más que la comida, y el cuerpo más que el vestido.

24 Considerad los cuervos, que ni siembran ni siegan, los cuales no tienen despensa ni granero, y Dios los alimenta. ¡Cuánto más valéis vosotros que las aves!

25 ¿Y quién de vosotros puede, afanándose, añadir un codo a su estatura?

26 Pues si no podéis lo mínimo, ¿por qué os preocupáis por lo demás?

27 Considerad los lirios, cómo crecen. No trabajan ni hilan. Y os digo: Ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos.

28 Si Dios, entonces, viste así la hierba que hoy está en el campo y mañana es echada al horno, ¡cuánto más a vosotros, oh faltos de fe!

29 Vosotros pues no busquéis qué comer o qué beber, ni os afanéis;

30 porque la gente del mundo busca todas estas cosas, pero vuestro Padre sabe que necesitáis estas cosas.

31 Antes bien, buscad su reino, y estas cosas os serán añadidas.

32 No temáis manada pequeña, porque vuestro Padre se complació en daros el reino.

33 Vended vuestras posesiones y dad limosna, haceos bolsas que no envejecen, tesoro inagotable en los cielos, donde el ladrón no se acerca ni la polilla destruye,

34 porque donde está vuestro tesoro, allí también estará vuestro corazón.

35 Estén ceñidos vuestros lomos y encendidas vuestras lámparas,

36 y sed semejantes a hombres que aguardan a que su señor regrese de las bodas, para que cuando llegue y llame, le abran al instante.

37 Bienaventurados aquellos siervos a quienes, cuando venga su señor, los halle velando. De cierto os digo que se ceñirá y los reclinará a la mesa, y pasando, les servirá.

38 Y aunque venga en la segunda, y aunque venga en la tercera vigilia, y los halle así, bienaventurados son aquéllos.

39 Pero sabed esto: que si el amo de la casa supiera a qué hora iba a venir el ladrón, no dejaría forzar su casa.

40 También vosotros estad preparados, porque el Hijo del Hombre viene a una hora que no pensáis.

41 Entonces Pedro dijo: Señor, ¿dices esta parábola a nosotros, o también a todos?

42 El Señor respondió: ¿Quién pues es el mayordomo fiel y prudente, al cual el señor pondrá sobre su casa para que dé ración a tiempo?

43 Bienaventurado aquel siervo, al cual, cuando su señor venga, lo halle haciendo así.

44 En verdad os digo que lo pondrá sobre todos sus bienes.

45 Pero si aquel siervo dijera en su corazón: Mi señor tarda en venir, y comenzara a golpear a los criados y a las criadas, y no sólo a comer y a beber, sino también a embriagarse,

46 vendrá el señor de aquel siervo en un día que no espera y a una hora que no sabe, y lo castigará severamente, y pondrá su parte con los infieles.

47 Aquel siervo pues, que conoció la voluntad de su señor y no se preparó ni hizo conforme a su voluntad, será azotado mucho.

48 Pero el que no la conoció, e hizo cosas dignas de azotes, será azotado poco, porque a todo aquel a quien fue dado mucho, mucho le será demandado, y al que encomendaron mucho, más le pedirán.

49 Vine a echar fuego en la tierra: ¿y qué más quiero, si ya fue encendido?

50 Pero aun tengo un bautismo para ser bautizado, ¡y cómo me angustio hasta que sea cumplido!

51 ¿Pensáis que vine a traer paz en la tierra? No, os digo, sino división.

52 Porque de ahora en adelante, cinco en una casa estarán divididos: tres contra dos y dos contra tres.

53 Estará dividido el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra su nuera y la nuera contra su suegra.

54 Decía también a las multitudes: Cuando veis una nube que sale del poniente, al momento decís: Agua viene; y sucede así.

55 Y cuando sopla un viento del sur, decís: Habrá calor; y sucede.

56 ¡Hipócritas! Sabéis distinguir el aspecto de la tierra y del cielo, ¿y no distinguís este tiempo?

57 ¿Por qué no juzgáis vosotros mismos lo que es justo?

58 Cuando vayas pues con tu adversario ante un magistrado, esfuérzate por arreglar el asunto con él en el camino, no sea que te arrastre ante el juez, y el juez te entregue al alguacil, y el alguacil te meta en la cárcel.

59 Te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo.

13

1 En esa misma ocasión estaban allí algunos que le contaron acerca de aquellos galileos cuya sangre Pilato había mezclado con la de sus sacrificios.

2 Y respondiendo, les dijo: ¿Pensáis que esos galileos, porque padecieron tales cosas, eran más pecadores que los demás galileos?

3 No, os digo. Antes bien, si no os arrepentís, todos pereceréis de igual manera.

4 O aquellos dieciocho, sobre quienes cayó la torre en Siloé y los mató, ¿pensáis que ellos fueron más culpables que todos los hombres que habitan en Jerusalem?

5 No, os digo. Antes bien, si no os arrepentís, todos pereceréis del mismo modo.

6 Y propuso esta parábola: Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo halló.

7 Y dijo al viñador: Mira, hace tres años que busco fruto en esta higuera, y no lo hallo. ¡Córtala! ¿Para qué inutiliza también la tierra?

8 Él entonces respondiendo, le dice: Señor, déjala aún este año, hasta que cave a su alrededor y le eche abono;

9 y si da fruto en lo futuro …, y si no, la cortarás.

10 Y en uno de los sábados, estaba enseñando en una de las sinagogas,

11 y he aquí una mujer que tenía un espíritu de enfermedad por dieciocho años, y estaba encorvada y no podía enderezarse de ninguna manera.

12 Cuando Jesús la vio, la llamó y le dijo: ¡Mujer, eres libre de tu enfermedad!

13 Y le impuso las manos y al instante se enderezó, y glorificaba a Dios.

14 Pero el principal de la sinagoga, indignado porque Jesús había sanado en un sábado, dijo a la multitud: Seis días hay en que se debe trabajar; en éstos, pues, venid y sed sanados, y no en el día del sábado.

15 El Señor entonces le respondió, y dijo: ¡Hipócritas! ¿cada uno de vosotros, no desata su buey o su asno del establo en el sábado, y lo lleva a abrevar?

16 ¿Y acaso ésta mujer, siendo hija de Abraham, a quien Satanás ató hace dieciocho años, no convenía desatarla de esta cadena en el día del sábado?

17 Y diciendo estas cosas, todos sus adversarios se avergonzaban, pero todo el pueblo se regocijaba por las cosas gloriosas que eran hechas por Él.

18 Dijo entonces: ¿A qué es semejante el reino de Dios, y a qué lo compararé?

19 Es semejante a un grano de mostaza, que un hombre tomó y lo echó en su huerto, y creció y se convirtió en árbol, y las aves del cielo anidaron en sus ramas.

20 Otra vez dijo: ¿A qué compararé el reino de Dios?

21 Es semejante a la levadura que tomó una mujer, y la escondió en tres medidas de harina hasta que todo hubo fermentado.

22 Y prosiguiendo hacia Jerusalem, pasaba por todas las ciudades y aldeas enseñando.

23 Le dijo uno: Señor, ¿son pocos los que se salvan? Él entonces les dijo:

24 Esforzaos para entrar por la puerta angosta, porque os digo que muchos procurarán entrar y no podrán.

25 Después que el amo de casa se levante y cierre la puerta, aunque comencéis a golpear por fuera la puerta, diciendo: Señor, ¡ábrenos!, os responderá diciendo: No sé de dónde sois.

26 Entonces comenzaréis a decir: En tu presencia hemos comido y bebido, y en nuestras plazas nos enseñaste.

27 Pero Él os dirá: No sé de dónde sois. ¡Apartaos de mí todos los hacedores de iniquidad!

28 Allí será el llanto y el crujido de los dientes, cuando veáis a Abraham, a Isaac y a Jacob, y a todos los profetas en el reino de Dios, pero vosotros seáis echados fuera.

29 Y vendrán del oriente y del occidente, y del norte y del sur, y se reclinarán a la mesa en el reino de Dios.

30 Pero hay postreros que serán primeros, y primeros que serán postreros.

31 En aquella hora se acercaron algunos de los fariseos, diciéndole: Sal, y vete de aquí, porque Herodes te quiere matar.

32 Les dijo: Id, decid a aquella zorra: He aquí, hoy y mañana echo fuera demonios y hago sanidades, y al tercer día lo doy por terminado.

33 Pero es necesario que camine hoy y mañana y pasado mañana, porque es imposible que un profeta muera fuera de Jerusalem.

34 ¡Jerusalem, Jerusalem, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise recoger a tus hijos como la gallina a sus polluelos bajo sus alas, y no quisisteis!

35 He aquí vuestra casa os es dejada desierta, y os digo que no me veréis hasta que digáis: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

14

1 Aconteció que al entrar en casa de uno de los principales de los fariseos en un día de sábado, a comer pan, ellos lo observaban disimuladamente.

2 Y he aquí un hombre hidrópico estaba delante de Él.

3 Tomando Jesús la palabra, habló a los doctores de la Ley y a los fariseos, diciendo: ¿Es lícito sanar en sábado o no?

4 Pero ellos callaron. Y agarrándolo, lo sanó y lo despidió,

5 y les dijo: ¿A quién de vosotros se le cae en un pozo una oveja o un buey y no lo saca prontamente aun en día de sábado?

6 Y no podían replicar a estas cosas.

7 Viendo cómo escogían los primeros reclinatorios, propuso una parábola a los convidados, diciéndoles:

8 Cuando seas invitado por alguien a unas bodas, no te reclines en el primer puesto, no sea que otro más honorable que tú haya sido invitado por él,

9 y llegando el que te invitó a ti y a él, te diga: Da lugar a éste; y entonces, con vergüenza, comiences a ocupar el último lugar.

10 Cuando seas invitado pues, vé y reclínate en el último lugar; para que cuando llegue el que te invitó, te diga: Amigo, muévete a un puesto mejor. Entonces tendrás gloria delante de todos los que están reclinados juntamente contigo.

11 Porque todo el que se enaltece, será humillado, y el que se humilla, será enaltecido.

12 Decía también al que lo había invitado: Cuando hagas una comida o una cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus familiares, ni a vecinos ricos, no sea que también ellos te inviten a su vez, y seas recompensado.

13 Sino que, cuando hagas un banquete, invita a los pobres, a los mancos, a los cojos, a los ciegos,

14 y serás bienaventurado, pues no te pueden retribuir, pero te será recompensado en la resurrección de los justos.

15 Oyendo estas cosas, uno de los que estaban juntamente reclinados a la mesa, le dijo: Bienaventurado todo el que coma pan en el reino de Dios.

16 Él entonces le dijo: Cierto hombre preparaba una gran cena e invitó a muchos.

17 Y a la hora de la cena envió a su siervo a decir a los invitados: ¡Venid, que ya está preparado!

18 Pero todos por igual comenzaron a excusarse. El primero le dijo: Compré un campo y necesito salir a verlo, te ruego me disculpes.

19 Otro dijo: He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas, te ruego me disculpes.

20 Y otro dijo: Me casé, por tanto no puedo ir.

21 Y presentándose el siervo, informó estas cosas a su señor. Entonces enojado, el amo de casa dijo a su siervo: ¡Sal pronto por las plazas y calles de la ciudad y mete acá a los pobres, y a los mancos, y a los ciegos, y a los cojos!

22 Luego dijo el siervo: Señor, se ha hecho como ordenaste y aún hay lugar.

23 Y el señor dijo al siervo: Vé por los caminos y senderos, y constríñelos a entrar, para que se llene mi casa.

24 Porque os digo que ninguno de aquellos hombres que habían sido invitados probará mi cena.

25 Caminaban con Él grandes multitudes, y volviéndose, les dijo:

26 Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre y a la madre, y a la mujer y a los hijos, y a los hermanos y a las hermanas, y aun también a su vida, no puede ser mi discípulo.

27 Cualquiera que no carga su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo.

28 Porque ¿quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula el costo, para ver si tiene con qué terminarla?

29 No sea que habiendo puesto el cimiento, no pueda terminarla, y todos los que lo vean comiencen a hacer burla de él,

30 diciendo: Este hombre comenzó a edificar, pero no pudo terminar.

31 ¿O qué rey que marcha a hacer guerra contra otro rey, no se sienta primero a deliberar si puede hacer frente con diez mil al que viene contra él con veinte mil?

32 Y si no, estando todavía lejos de él, envía una embajada y solicita condiciones de paz.

33 Así pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todas sus posesiones no puede ser mi discípulo.

34 Buena es la sal, mas si la sal se vuelve insípida, ¿con qué será sazonada?

35 Ni para la tierra ni para abono es útil, y la echan fuera. El que tiene oídos para oír, oiga.

15

1 Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a Él para oírlo.

2 Y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: Éste recibe a pecadores y come con ellos.

3 Entonces les propuso esta parábola:

4 ¿Qué hombre de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la que se ha perdido, hasta que la halla?

5 Y cuando la halla, regocijándose, la pone sobre sus hombros,

6 y regresando a la casa, reúne a los amigos y a los vecinos, y les dice: ¡Alegraos conmigo, pues hallé mi oveja perdida!

7 Os digo, que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de arrepentimiento.

8 ¿O qué mujer que tiene diez dracmas, si perdiera una dracma, no enciende una lámpara y barre la casa y busca cuidadosamente hasta que la halla?

9 Y cuando la halla, reúne a las amigas y vecinas, y les dice: ¡Alegraos conmigo, porque hallé la dracma perdida!

10 Así, os digo, hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente.

11 También dijo: Cierto hombre tenía dos hijos;

12 y el menor de ellos dijo al padre: Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde. Y él les repartió el sustento.

13 Después de no muchos días, el hijo menor, recogiendo todo, partió hacia un país lejano, y allí malgastó su hacienda viviendo perdidamente.

14 Y cuando lo había gastado todo, sobrevino una gran hambre en aquel país, y él comenzó a pasar necesidad.

15 Y fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquel país, quien lo envió a sus campos a apacentar cerdos.

16 Y ansiaba saciarse con las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba.

17 Entonces, volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de panes, y yo aquí perezco de hambre!

18 Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y ante ti.

19 Ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo, hazme como uno de tus jornaleros.

20 Y levantándose, fue a su padre. Y estando él aún distante, su padre lo vio, y corriendo, enternecido, se echó sobre su cuello y lo besó efusivamente.

21 Le dijo entonces el hijo: Padre, he pecado contra el cielo y ante ti, ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo.

22 Pero el padre dijo a sus siervos: ¡Pronto, sacad el mejor vestido y vestidlo, y ponedle un anillo en su mano y sandalias en los pies!

23 ¡Traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y regocijémonos!

24 Porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a vivir; estaba perdido, y fue hallado. Y comenzaron a regocijarse.

25 Pero su hijo mayor estaba en el campo, y como al regresar oyó música y danzas, se acercó a la casa.

26 Y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.

27 Él entonces le dijo: Tu hermano se ha presentado, y tu padre ha sacrificado el becerro gordo, porque lo recuperó sano.

28 Y se enojó y no quería entrar. Saliendo entonces su padre, le rogaba.

29 Pero él respondió al padre diciendo: He aquí, tantos años te sirvo y jamás quebranté un mandato tuyo, y nunca me diste un cabrito para regocijarme con mis amigos,

30 pero cuando regresó este hijo tuyo, que consumió tu hacienda con prostitutas, mataste para él el becerro gordo.

31 Él entonces le dijo: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas;

32 pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto, y revivió; estaba perdido, y fue hallado.

16

1 Dijo también a los discípulos: Había cierto hombre rico que tenía un mayordomo, el cual fue acusado ante él de dilapidar sus bienes.

2 Y llamándolo, le dijo: ¿Qué es esto que oigo de ti? Rinde la cuenta de tu mayordomía, porque ya no puedes administrar.

3 Entonces el mayordomo dijo para sí: ¿Qué haré?, porque mi amo me quita la mayordomía. Para cavar, no tengo fuerzas, y mendigar, me da vergüenza.

4 ¡Ya sé lo que haré para que cuando se me quite de la mayordomía, me reciban en sus casas!

5 Y llamando a cada uno de los deudores de su señor, dijo al primero: ¿Cuánto debes a mi señor?

6 Y él dijo: Cien barriles de aceite. Y le dijo: Toma tu cuenta, siéntate y escribe rápido cincuenta.

7 Luego dijo a otro: ¿Y tú, cuánto debes? Y él dijo: Cien medidas de trigo. Le dice: Toma tu cuenta y escribe ochenta.

8 Y elogió el amo al mayordomo infiel, porque había actuado sagazmente; porque los hijos de este siglo son más sagaces con respecto a su generación que los hijos de la luz.

9 Y Yo os digo: Ganaos amigos por medio del injusto Mamón para que cuando falte os reciban en las moradas eternas.

10 El que es fiel en lo muy poco, también es fiel en lo mucho, y el que en lo muy poco es infiel, también en lo mucho es infiel.

11 Así que, si en el injusto Mamón no fuisteis fieles, ¿quién os confiará las riquezas verdaderas?

12 Y si en lo ajeno no fuisteis fieles, ¿quién os dará lo vuestro?

13 Ningún criado puede servir a dos señores, porque aborrecerá al uno y amará al otro, o será leal al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a Mamón.

14 Y los fariseos, que eran amigos del dinero, oían todas estas cosas, y lo ridiculizaban.

15 Entonces les dijo: Vosotros sois los que os declaráis justos delante de los hombres, pero Dios conoce vuestros corazones, porque lo que entre los hombres es sublime, delante de Dios es abominación.

16 La Ley y los Profetas llegaron hasta Juan. Desde entonces el reino de Dios es proclamado, y cada uno entra en él con violencia.

17 Pero es más fácil que el cielo y la tierra desaparezcan, que caiga un trazo de letra de la Ley.

18 Todo el que repudia a su mujer y se casa con otra, adultera, y el que se casa con la repudiada por el marido, adultera.

19 Había cierto hombre rico que se vestía de púrpura y lino fino blanco, haciendo banquete cada día con esplendidez.

20 Había también cierto mendigo llamado Lázaro, el cual, lleno de llagas, había sido echado junto a su puerta.

21 Y ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico, y hasta los perros venían a lamerle las llagas.

22 Sucedió entonces que murió el mendigo y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Y murió también el rico y fue sepultado.

23 Y alzando sus ojos en el Hades, estando en tormentos, ve a Abraham desde lejos y a Lázaro en su regazo.

24 Y dando voces, dijo: ¡Padre Abraham, ten misericordia de mí! y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama.

25 Abraham respondió: Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro asimismo los males, pero ahora es consolado aquí, y tú atormentado.

26 Además de todo eso, entre nosotros y vosotros ha sido puesta una gran sima, de tal modo que los que quieran cruzar de aquí a vosotros, no puedan, ni de allá pasar a nosotros.

27 Dijo entonces: Padre, te ruego pues lo envíes a la casa de mi padre,

28 porque tengo cinco hermanos; para que les advierta, a fin de que no vengan ellos también a este lugar de tormento.

29 Pero Abraham dice: A Moisés y a los Profetas tienen: ¡Óiganlos!

30 Pero él dijo: No, padre Abraham, pero si alguno llegara a ellos de los muertos, se arrepentirían.

31 Pero le dijo: Si no oyen a Moisés y a los Profetas, tampoco se persuadirán si alguno se levanta de entre los muertos.

17

1 Dijo entonces a sus discípulos: Es imposible que no vengan los escándalos, pero ¡ay de aquél por quien vienen!

2 Más le vale que se le sea colgada al cuello una piedra de molino y sea lanzado al mar, que escandalizar a uno de estos pequeños.

3 Mirad por vosotros mismos. Si tu hermano peca, repréndelo; y si se arrepiente, perdónalo.

4 Y si siete veces al día pecara contra ti, y siete veces volviera a ti, diciendo: Me arrepiento; perdónalo.

5 Dijeron los apóstoles al Señor: Auméntanos la fe.

6 Dijo el Señor: Si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais al sicómoro: ¡Sé desarraigado y sé plantado en el mar! Y os obedecería.

7 ¿Y quién de vosotros, que tiene un siervo labrando o pastoreando, cuando venga del campo, le dirá: Pasa enseguida, reclínate a la mesa?

8 ¿No le dirá más bien: Prepara algo para que cene yo, cíñete y sírveme hasta que coma y beba yo, y después de esto comerás y beberás tú?

9 ¿Acaso da gracias al siervo porque hizo lo que se le había ordenado?

10 Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que se os ordenó, decid: Siervos inútiles somos; hemos hecho lo que debíamos hacer.

11 Aconteció que caminando hacia Jerusalem, pasaba a lo largo del límite entre Samaria y Galilea.

12 Y entrando en una aldea, le salieron al encuentro diez hombres leprosos, los cuales se detuvieron a lo lejos,

13 y gritando, decían: ¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!

14 Cuando los vio les dijo: ¡Id, mostraos a los sacerdotes! Y aconteció que mientras iban, fueron limpiados.

15 Entonces uno de ellos, viendo que había sido sanado, regresó glorificando a Dios a gran voz,

16 y cayó sobre su rostro a sus pies, dándole gracias (y era samaritano).

17 Respondiendo entonces Jesús, dijo: ¿No fueron diez los limpiados? Y los nueve, ¿dónde están?

18 ¿No se halló que regresara para dar gloria a Dios, sino este extranjero?

19 Y le dijo: ¡Levántate y vete, tu fe te ha salvado!

20 Interrogado por los fariseos: ¿Cuándo viene el reino de Dios?, les respondió, y dijo: El reino de Dios no viene con advertencia,

21 ni dirán: ¡Helo aquí! o: ¡Allí! Porque he aquí el reino de Dios está en medio de vosotros.

22 Entonces dijo a los discípulos: Días vendrán cuando anhelaréis ver uno de los días del Hijo del Hombre, y no lo veréis.

23 Y os dirán: ¡Helo allí! ¡Helo aquí! No vayáis, ni sigáis en pos.

24 Porque como el relámpago, que al resplandecer brilla de un extremo del cielo al otro, así será el Hijo del Hombre.

25 Pero primeramente es necesario que padezca muchas cosas, y sea rechazado por esta generación.

26 Y como sucedió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del Hombre:

27 Comían, bebían, se casaban y se daban en casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca, y vino el diluvio y los destruyó a todos.

28 Asimismo, como ocurrió en los días de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, plantaban, edificaban;

29 pero el día en que Lot salió de Sodoma, llovió fuego y azufre del cielo y los destruyó a todos.

30 De la misma manera sucederá el día en que el Hijo del Hombre sea manifestado.

31 En aquel día, el que esté en la azotea, y sus bienes en la casa, no baje a tomarlos; y el que en el campo, igualmente, no se vuelva a lo que dejó atrás.

32 Recordad la mujer de Lot.

33 Todo el que procure preservar su vida, la perderá, y todo el que la pierda, la salvará.

34 Os digo: En aquella noche estarán dos en una cama: el uno será tomado y el otro será dejado.

35 Dos estarán moliendo juntas: la una será tomada y la otra será dejada.

36 [[36]]

37 Y respondiendo, le dicen: ¿Dónde, Señor? Él entonces les dijo: Donde esté el cadáver, allí se reunirán los buitres.

18

1 También les propuso una parábola sobre la necesidad de orar siempre y no desmayar.

2 Les dijo: Había un juez en cierta ciudad que no temía a Dios ni respetaba a hombre.

3 Había también una viuda en aquella ciudad, y acudía a él diciendo: Hazme justicia de mi adversario.

4 Pero no quiso por un tiempo, pero después de estas cosas, se dijo: Aunque no temo a Dios, ni respeto a hombre,

5 le haré justicia a esta viuda porque me produce molestia, no sea que viniendo de continuo pierda el control de mí mismo.

6 Y dijo el Señor: Oíd lo que dice el juez injusto.

7 ¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos que claman a Él día y noche? ¿Se tardará en responderles?

8 Os digo que con presteza les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?

9 A unos que confiaban en sí mismos como justos y menospreciaban a los demás, les propuso esta parábola:

10 Dos hombres subieron al Templo a orar: el uno fariseo y el otro publicano.

11 El fariseo, de pie, oraba consigo mismo estas cosas: Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros, tampoco como este publicano;

12 ayuno dos veces a la semana y pago el diezmo de todo lo que gano.

13 Pero el publicano, a distancia, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ¡Oh Dios, sé propicio a mí, pecador!

14 Os digo que éste bajó a su casa justificado antes que aquél, porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla, será enaltecido.

15 Le presentaban también los niñitos para que los tocara. Y al verlo, los discípulos los reprendían.

16 Pero Jesús los llamó, diciendo: Dejad que los niños vengan a mí y no se lo impidáis, porque de los tales es el reino de Dios.

17 De cierto os digo: El que no reciba el reino de Dios como un niño, de ningún modo entrará en él.

18 Cierto dignatario le preguntó, diciendo: Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?

19 Jesús le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno, sino uno: Dios.

20 Conoces los mandamientos: No adulteres, no mates, no hurtes, no des falso testimonio, honra a tu padre y a la madre.

21 Y él dijo: Todas estas cosas he guardado desde mi juventud.

22 Pero Jesús, luego de oírlo, le dijo: Aún te falta una: Vende cuanto tienes y repártelo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; y ven, sígueme.

23 Cuando él oyó estas cosas, se puso muy triste, porque era rico en gran manera.

24 Y viéndolo Jesús, dijo: ¡Cuán difícilmente entran en el reino de Dios los que tienen riquezas!

25 Porque es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de Dios.

26 Los que oyeron esto, dijeron: Entonces, ¿quién puede salvarse?

27 Él respondió: Lo imposible para con los hombres es posible para con Dios.

28 Entonces Pedro le dijo: He aquí, nosotros hemos dejado lo nuestro y te hemos seguido.

29 Él les dijo: De cierto os digo que nadie hay que haya dejado casa, o mujer, o hermanos, o padres, o hijos, por causa del reino de Dios,

30 que ciertamente no reciba muchas veces más en este tiempo, y en la era que viene la vida eterna.

31 Y tomando consigo a los doce, les dijo: He aquí subimos a Jerusalem, y serán cumplidas todas las cosas escritas por los profetas acerca del Hijo del Hombre.

32 Porque será entregado a los gentiles, y será escarnecido y afrentado, y escupido;

33 y lo azotarán y lo matarán, pero al tercer día se levantará.

34 Pero ellos nada entendieron de estas cosas, y estas palabras les estaban encubiertas, no entendían lo que se decía.

35 Aconteció que al acercarse a Jericó, un ciego estaba sentado junto al camino mendigando.

36 Y cuando oyó que pasaba un gentío, preguntaba qué sería aquello.

37 Y le informaron: Está pasando Jesús el Nazareno.

38 Entonces gritó, diciendo: ¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!

39 Y los que iban delante lo reprendían para que callara; pero él gritaba mucho más: ¡Hijo de David, ten misericordia de mí!

40 Entonces Jesús se detuvo, y mandó traerlo a Sí, y cuando se acercó, le preguntó:

41 ¿Qué quieres que te haga? Y él dijo: Señor, que reciba la vista.

42 Jesús le dijo: Recibe la vista. Tu fe te ha salvado.

43 Y al instante recobró la vista, y lo seguía glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al ver aquello, dio alabanza a Dios.

19

1 Y habiendo entrado, iba pasando por Jericó.

2 Y he aquí un varón llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico,

3 procuraba ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la multitud, porque era pequeño de estatura.

4 Corriendo entonces adelante, se subió a un sicómoro para verlo, pues estaba a punto de pasar.

5 Cuando Jesús llegó al lugar, miró hacia arriba y le dijo: Zaqueo, baja de prisa, porque es necesario que hoy pose en tu casa.

6 Y él se apresuró y bajó, y lo recibió con gozo.

7 Pero al verlo, todos murmuraban, diciendo: Entró a hospedarse con un hombre pecador.

8 Entonces Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: He aquí Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres, y si algo he defraudado a alguno, lo restituyo cuadruplicado.

9 Jesús le dijo: Hoy ha venido salvación a esta casa, por cuanto él también es hijo de Abraham;

10 porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.

11 Estando ellos oyendo estas cosas, prosiguió y propuso una parábola, por estar cerca de Jerusalem, y porque ellos pensaban que el reino de Dios iba a ser manifestado inmediatamente.

12 Dijo pues: Cierto hombre de noble nacimiento partió para un país lejano a recibir para sí un reino, y regresar.

13 Y llamando a diez de sus siervos, les dio diez minas, y les dijo: Negociad mientras vengo.

14 Pero sus conciudadanos lo aborrecían, y enviaron tras él una delegación, diciendo: No deseamos que éste llegue a reinar sobre nosotros.

15 Después de recibido el reino, sucedió que él regresó y ordenó que le llamaran a aquellos siervos a los cuales había entregado el dinero, para saber cuánto había ganado cada uno.

16 Llegó el primero, diciendo: Señor, tu mina produjo diez minas.

17 Le dijo: ¡Bien hecho, buen siervo! Por cuanto en lo muy poco fuiste fiel, ten autoridad sobre diez ciudades.

18 Y llegó el segundo, diciendo: Señor, tu mina produjo cinco minas.

19 También dijo a éste: Tú también sé sobre cinco ciudades.

20 Y el otro llegó, diciendo: Señor, aquí está tu mina, que tenía guardada en un pañuelo.

21 Porque te temía, pues eres hombre severo, que tomas lo que no pusiste y siegas lo que no sembraste.

22 Le dice: Mal siervo, de tu propia boca te juzgo. ¿Sabías que soy hombre severo, que tomo lo que no puse y que siego lo que no sembré?

23 ¿Por qué pues no diste mi dinero al banco, para que viniendo yo lo demandara con el logro?

24 Y a los presentes les dijo: ¡Quitadle la mina, y dadla al que tiene las diez minas!

25 Y le dijeron: ¡Señor, ya tiene diez minas!

26 Os digo que a todo el que tiene le será dado, pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado.

27 Y a aquellos enemigos míos que no quisieron que yo llegara a reinar sobre ellos, ¡traedlos acá y decapitadlos ante mi presencia!

28 Y habiendo dicho esto, seguía adelante subiendo a Jerusalem.

29 Y aconteció que cuando se acercó a Betfagé y Betania, cerca del llamado monte de las Olivas, envió a dos de los discípulos,

30 diciendo: Id a la aldea de enfrente, al entrar en ella, hallaréis un pollino atado en que ningún hombre se ha sentado aún; desatadlo y traedlo.

31 Y si alguien os preguntara: ¿Por qué lo desatáis? diréis así: Porque el Señor tiene necesidad de él.

32 Yendo entonces los enviados, hallaron como les dijo,

33 y desatando ellos el pollino, sus dueños les dijeron: ¿Por qué desatáis el pollino?

34 Ellos dijeron: Porque el Señor tiene necesidad de él.

35 Y lo llevaron a Jesús, y echando encima sus mantos sobre el pollino, hicieron montar a Jesús,

36 y mientras avanzaba, tendían sus mantos en el camino.

37 Cuando ya se acercaba a la bajada del monte de las Olivas, toda la multitud de los discípulos, se regocijaron y comenzaron a alabar a Dios a gran voz por todos los milagros que habían visto,

38 diciendo: ¡Bendito el rey que viene en el nombre del Señor! ¡Paz en el cielo, y gloria en las alturas!

39 Y algunos de los fariseos de entre la multitud le dijeron: Maestro, reprende a tus discípulos.

40 Respondiendo, dijo: Os digo que si éstos callaran, las piedras clamarían.

41 Y cuando llegó cerca y vio la ciudad, lloró sobre ella,

42 diciendo: ¡Oh si tú hubieras conocido, siquiera en este día, lo conducente a la paz! Pero ahora está encubierto de tus ojos.

43 Porque vendrán días sobre ti, y tus enemigos levantarán torres de asedio contra ti, y te rodearán por todos lados,

44 y te arrasarán con tus hijos dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, por cuanto no conociste el tiempo de tu visitación.

45 Y entrando en el Templo, comenzó a echar fuera a los que estaban vendiendo,

46 diciéndoles: Está escrito: Y mi Casa será Casa de oración; pero vosotros la habéis hecho cueva de ladrones.

47 Y enseñaba cada día en el Templo, pero los principales sacerdotes y los escribas, y los más prominentes del pueblo procuraban destruirlo,

48 pero no hallaban cómo hacerlo, porque todo el pueblo estaba pendiente de Él, escuchándolo.

20

1 Aconteció en uno de aquellos días, mientras enseñaba y evangelizaba al pueblo en el Templo, se le enfrentaron los principales sacerdotes y los escribas y los ancianos,

2 y dirigiéndose a Él, le dijeron: Dinos ¿con qué clase de autoridad haces estas cosas? ¿o quién es el que te ha dado esta autoridad?

3 Respondiendo, les dijo: Yo también os preguntaré un asunto, y respondedme vosotros:

4 El bautismo de Juan, ¿era del cielo, o de los hombres?

5 Entonces ellos discutían entre sí, diciendo: Si decimos, del cielo, dirá, ¿por qué no le creísteis?

6 Y si decimos, de los hombres, todo el pueblo nos apedreará, porque están persuadidos de que Juan era profeta.

7 Y respondieron que no sabían de dónde era.

8 Jesús les dijo: Tampoco Yo os digo con qué autoridad hago estas cosas.

9 Comenzó entonces a decir al pueblo esta parábola: Cierto hombre plantó una viña, y la arrendó a unos labradores, y se ausentó por una larga temporada.

10 A su debido tiempo envió un siervo a los labradores, para que le dieran del fruto de la viña, pero los labradores, después de golpearlo, lo enviaron manivacío.

11 Volvió a enviar otro siervo, pero ellos también a éste, habiéndolo golpeado y afrentado, lo despidieron manivacío.

12 Y volvió a enviar un tercero, y ellos también a éste lo hirieron y lo echaron fuera.

13 Dijo entonces el señor de la viña: ¿Qué haré? Enviaré a mi hijo amado, quizás a éste respetarán.

14 Pero al verlo, los labradores razonaron entre sí, diciendo: Éste es el heredero, matémoslo para que la herencia sea nuestra.

15 Y echándolo fuera de la viña, lo mataron. ¿Qué les hará pues el señor de la viña?

16 Irá, y destruirá a estos labradores, y dará la viña a otros. Al oírlo, dijeron: ¡Nunca suceda!

17 Pero Él, mirándolos fijamente, dijo: ¿Qué significa, pues, esto que está escrito: La piedra que desecharon los edificadores, Ésta llegó a ser cabeza de ángulo?

18 Todo el que caiga sobre esta piedra, será quebrantado, pero sobre quien ella caiga, lo desmenuzará.

19 Entonces los escribas y los principales sacerdotes trataron de echarle mano en aquella hora, porque entendieron que había dicho esa parábola contra ellos, pero temieron al pueblo.

20 Y acechándolo, enviaron espías que pretendieran ser justos, para atraparlo en alguna palabra, a fin de entregarlo al poder y autoridad del procurador.

21 Y le preguntaron, diciendo: Maestro, sabemos que hablas y enseñas rectamente y que no haces acepción de personas, sino que enseñas el camino de Dios con verdad:.

22 ¿Nos es lícito dar tributo a César, o no?

23 Percibiendo la astucia de ellos, les dijo:

24 Mostradme un denario.¿De quién tiene imagen e inscripción? Ellos dijeron: De César.

25 Él les dijo: Así pues, dad a César lo de César, y a Dios lo de Dios.

26 Y no pudieron asirse de ninguna de sus palabras delante del pueblo, y maravillados por su respuesta, callaron.

27 También se acercaron algunos de los saduceos (que dicen no haber resurrección), y le preguntaron,

28 diciendo: Maestro, Moisés nos escribió: Si el hermano de alguno muriera teniendo mujer y sin descendencia, que su hermano tome a la mujer y levante descendencia a su hermano.

29 Eran, pues, siete hermanos, y el primero, habiendo tomado mujer, murió sin hijos.

30 También el segundo

31 y el tercero la tomaron, y así también los siete no dejaron hijos y murieron,

32 y finalmente, murió también la mujer.

33 En la resurrección, pues, ¿de cuál de ellos viene a ser mujer? Porque los siete la tuvieron por mujer.

34 Jesús les dijo: Los hijos de este siglo se casan y son dados en casamiento.

35 Pero los que fueron tenidos por dignos de alcanzar aquel siglo, y de la resurrección de entre los muertos, ni se casan ni son dados en casamiento,

36 pues no pueden ya más morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección.

37 Y en cuanto a que los muertos resucitan, Moisés también lo indicó en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, y Dios de Isaac y Dios de Jacob.

38 Así que no es Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos viven.

39 Respondiendo entonces algunos de los escribas, dijeron: Maestro, muy bien dijiste.

40 Y ya no se atrevían a preguntarle nada. El Señor de David

41 Entonces Él les dijo a ellos: ¿Cómo dicen que el Mesías es hijo de David?

42 Porque el mismo David dice en el libro de Salmos: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra,

43 Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies.

44 Si David lo llama Señor ¿cómo es hijo suyo?

45 Y escuchándolo todo el pueblo, dijo a los discípulos:

46 Guardaos de los escribas, de quienes andan con amplios ropajes y aman las salutaciones en las plazas, y los primeros asientos en las sinagogas y los primeros lugares en las cenas;

47 pero devoran las casas de las viudas, y por pretexto hacen largas oraciones. Éstos tendrán un juicio más severo.

21

1 Y levantando los ojos, vio a los ricos echando sus ofrendas en el arca de las ofrendas,

2 y vio también a una viuda necesitada que echaba allí dos blancas,

3 y dijo: En verdad os digo que esta viuda pobre echó más que todos,

4 porque todos éstos echaron en las ofrendas de lo que les sobraba, pero ésta, de su pobreza, echó todo el sustento que tenía.

5 Mientras algunos le hablaban acerca del Templo, cómo estaba adornado de hermosas piedras y ofrendas votivas; dijo:

6 De estas cosas que contempláis, vendrán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida.

7 Y le preguntaron, diciendo: Maestro, ¿cuándo, pues, serán estas cosas? Y ¿qué señal habrá cuando estén a punto de suceder estas cosas?

8 Él dijo: Mirad que no seáis engañados, porque vendrán muchos en mi Nombre, diciendo: ¡Yo soy! Y: ¡El tiempo está cerca! No vayáis en pos de ellos.

9 Y cuando oigáis de guerras y revueltas, no os alarméis, porque estas cosas tienen que acontecer primero, pero el fin no será inmediatamente.

10 Entonces les dijo: Será levantada nación contra nación y reino contra reino;

11 y habrá grandes terremotos y hambrunas y pestilencias en diferentes lugares, y sucesos aterradores y grandes señales del cielo.

12 Pero antes de todas estas cosas, os echarán mano y os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y cárceles, y seréis llevados ante reyes y gobernadores por causa de mi Nombre.

13 Os será ocasión para testimonio.

14 Por tanto, proponed en vuestros corazones no ensayar para defenderos,

15 pues Yo os daré palabras y sabiduría que no podrán resistir ni contradecir todos los que os adversan.

16 Y seréis entregados aun por padres y hermanos, y parientes y amigos, y matarán a algunos de entre vosotros.

17 Y seréis aborrecidos de todos por mi Nombre,

18 pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá.

19 ¡Ganad vuestras almas con vuestra perseverancia!

20 Y cuando veáis a Jerusalem rodeada de ejércitos, sabed entonces que su destrucción está cerca.

21 Entonces, los que estén en Judea, huyan a los montes, y los que estén en medio de ella, salgan de la región, y los que estén en los campos, no entren en ella.

22 Porque estos son días de venganza, para que se cumplan todas las cosas que han sido escritas.

23 ¡Ay de las que estén encintas y de las que críen en aquellos días! porque habrá gran calamidad sobre la tierra, e ira para este pueblo.

24 Y caerán a filo de espada, y serán llevados cautivos a todas las naciones, y Jerusalem será hollada por los gentiles, hasta que se cumplan los tiempos de los gentiles.

25 Y habrá señales en el sol, la luna, y las estrellas; y sobre la tierra, angustia de las gentes en desespero ante el bramido del mar y el oleaje,

26 desfalleciendo los hombres por el miedo y la expectación de lo que vendrá sobre la tierra habitada, porque las potencias de los cielos serán sacudidas.

27 Y entonces verán al Hijo del Hombre viniendo en una nube con poder y gran gloria.

28 Cuando estas cosas comiencen a suceder, erguíos y levantad vuestras cabezas, porque vuestra redención está cerca.

29 Y les contó una parábola: Mirad la higuera y todos los árboles:

30 Cuando ya brotan, lo véis, y por vosotros mismos sabéis que el verano está cerca.

31 Así también vosotros, cuando veáis que suceden todas estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios.

32 De cierto os digo que no pasará este linaje, hasta que todo esto haya acontecido.

33 El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.

34 Mirad pues por vosotros mismos, no sea que vuestros corazones se carguen con glotonería y embriaguez, y con los afanes de esta vida, y aquel día os sobrevenga de improviso como un lazo,

35 porque vendrá sobre todos los que habitan sobre la faz de toda la tierra.

36 Así que velad en todo tiempo, rogando tener fuerza para escapar de todas estas cosas que están por suceder, y estar en pie delante del Hijo del Hombre.

37 Y enseñaba de día en el Templo, pero después de salir, pasaba las noches en el monte llamado de las Olivas.

38 Y todo el pueblo acudía a Él de mañana para oírlo en el Templo.

22

1 Se acercaba entonces la fiesta de los ázimos, la llamada Pascua.

2 Y los principales sacerdotes y los escribas buscaban cómo hacer que lo mataran, porque temían al pueblo.

3 Entonces Satanás entró en Judas, llamado Iscariote, que era uno de los doce,

4 y él fue y habló con los principales sacerdotes y magistrados, de cómo se lo entregaría.

5 Y se alegraron, y acordaron darle plata.

6 Y él se comprometió, y buscaba ocasión para entregárselo aparte de la multitud.

7 Llegó entonces el día de los ázimos, en el cual era necesario sacrificar la Pascua,

8 y envió a Pedro y a Juan, diciendo: Id, preparadnos la Pascua para que la comamos.

9 Ellos le preguntaron: ¿Dónde quieres que preparemos?

10 Él les dijo: He aquí, al entrar en la ciudad os saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua. Seguidlo hasta la casa en la cual entre,

11 y decid al dueño de casa: Te dice el Maestro: ¿Dónde está el aposento en que he de comer la Pascua con mis discípulos?

12 Y él os mostrará un gran aposento alto, dispuesto; preparad allí.

13 Y fueron y hallaron como les había dicho, y prepararon la Pascua.

14 Cuando llegó la hora, se reclinó a la mesa con los apóstoles,

15 y les dijo: ¡Cuán intensamente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes que padezca!

16 Porque os digo que no la comeré más, hasta que se cumpla en el reino de Dios.

17 Y tomando una copa, después de dar gracias, dijo: Tomad esto y repartidlo entre vosotros,

18 porque os digo que no beberé más del fruto de la vid hasta que venga el reino de Dios.

19 Y tomando un pan, después de dar gracias, lo partió y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros está siendo dado, haced esto en memoria de mí.

20 E igualmente la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el Nuevo Pacto en mi sangre, la cual es derramada por vosotros.

21 Pero he aquí, la mano del que me entrega está conmigo en la mesa.

22 Porque en verdad, el Hijo del Hombre va según está determinado; pero ¡ay de aquel hombre por medio del cual es entregado!

23 Y ellos comenzaron a preguntarse quién de ellos sería el que iba a hacer esto.

24 Hubo también entre ellos una contienda sobre quién de ellos parecía ser el mayor.

25 Él entonces les dijo: Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que tienen autoridad sobre ellas son llamados bienhechores.

26 Pero no así vosotros, sino que el mayor entre vosotros hágase como el menor; y el que dirige, como el que sirve.

27 Porque, ¿quién es mayor, el que se reclina a la mesa, o el que sirve? ¿No es el que se reclina a la mesa? Y Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve.

28 Pero vosotros sois los que habéis permanecido conmigo en mis pruebas;

29 Yo pues os asigno un reino, como mi Padre me lo asignó,

30 para que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino, y os sentéis en tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.

31 Simón, Simón, he aquí Satanás os reclamó para zarandearos como a trigo.

32 Pero Yo rogué por ti que no desfallezca tu fe. Y tú, cuando hayas vuelto, fortalece a tus hermanos.

33 Pero él le dijo: Señor, no sólo estoy dispuesto a ir contigo a la cárcel, sino también a la muerte.

34 Pero Él dijo: Te digo, Pedro, que el gallo no cantará hoy, sin que tú hayas negado tres veces que me conoces.

35 Y les dijo: Cuando os envié sin bolsa ni alforja ni sandalias, ¿os faltó algo? Y ellos dijeron: Nada.

36 Entonces les dijo: Pero ahora, el que tiene bolsa, tómela; lo mismo también alforja; y el que no tiene espada, venda su manto y cómprela.

37 Porque os digo que esto que ha sido escrito debe cumplirse en mí: Y fue contado con los inicuos. Porque ciertamente todo lo concerniente a mí tiene cumplimiento.

38 Ellos dijeron: Señor, mira, aquí hay dos espadas. Él les dijo: Basta.

39 Y saliendo, se fue, según la costumbre, al monte de las Olivas; y lo siguieron también los discípulos.

40 Y cuando llegó al lugar, les dijo: Orad para no entrar en tentación.

41 Y se apartó de ellos como a un tiro de piedra, y puesto de rodillas, oraba,

42 diciendo: Padre, si quieres, aparta de mí esta copa, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.

43 [[43]]

44 [[44]]

45 Y cuando se levantó de la oración, yendo a los discípulos, los halló durmiendo por causa de la tristeza,

46 y les dijo: ¿Por qué dormís? Levantaos, orad para que no entréis en tentación.

47 Estando Él aún hablando, he aquí una turba, y el llamado Judas, uno de los doce, los precedía, y se acercó a Jesús para besarlo.

48 Jesús le dijo: Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?

49 Entonces los que estaban con Él, viendo lo que iba a suceder, dijeron: Señor, ¿heriremos con espada?

50 Y uno de ellos hirió al siervo del sumo sacerdote y le quitó su oreja derecha.

51 Entonces Jesús tomó la palabra, y dijo: ¡Permitid aún esto! Y tomando la oreja, lo sanó.

52 Y dijo Jesús a los principales sacerdotes, y magistrados del Templo y a los ancianos que habían llegado contra Él: ¿Como contra un bandido habéis salido con espadas y con garrotes?

53 Estando Yo con vosotros cada día en el Templo, no extendisteis las manos contra mí. Pero ésta es vuestra hora, y la potestad de las tinieblas.

54 Después de arrestarlo, lo llevaron y lo introdujeron en la casa del sumo sacerdote. Y Pedro lo seguía de lejos.

55 Y habiendo encendido un fuego en medio del patio y sentándose juntos, Pedro se sentó en medio de ellos.

56 Entonces una criada, viéndolo sentado frente a la lumbre, lo miró fijamente y dijo: ¡Éste también estaba con él!

57 Pero él lo negó, diciendo: ¡No lo conozco mujer!

58 Un poco después, otro lo vio, y dijo: Tú también eres de ellos. Y Pedro dijo: ¡Hombre, no lo soy!

59 Pasada como una hora, otro insistió, diciendo: De verdad éste también estaba con él, pues también es galileo.

60 Pero Pedro dijo: ¡Hombre, no sé lo que dices! Y al instante, estando él aún hablando, cantó el gallo.

61 Y volviéndose el Señor, miró a Pedro, y Pedro se acordó de la palabra del Señor, tal como le había dicho: Antes que el gallo cante hoy, me negarás tres veces.

62 Y saliendo afuera, lloró amargamente.

63 Y los hombres que lo tenían preso se burlaban de Él golpeándolo,

64 y después de vendarlo, le preguntaban, diciendo: Profetiza, ¿quién es el que te golpeó?

65 Y decían muchas otras cosas, blasfemando contra Él.

66 Cuando se hizo de día, fue reunido el consejo del pueblo, tanto los principales sacerdotes como los escribas, y lo llevaron ante su Sanedrín.

67 Y dijeron: Si tú eres el Mesías, dínoslo. Él les dijo: Si os lo dijera, de ningún modo creeríais;

68 y si os preguntara, de ningún modo responderíais.

69 Pero desde ahora el Hijo del Hombre estará sentado a la diestra del poder de Dios.

70 Entonces todos dijeron: ¿Así que tú eres el Hijo de Dios? Él les dijo: Vosotros decís que Yo soy.

71 Ellos entonces dijeron: ¿Qué más necesidad tenemos de un testimonio? Porque nosotros mismos lo oímos de su boca.

23

1 Y levantándose toda su asamblea, lo llevaron a Pilato.

2 Y comenzaron a acusarlo, diciendo: Hemos hallado que éste pervierte nuestra nación, y no sólo prohíbe dar tributo a César, sino que dice que él mismo es el Mesías rey.

3 Entonces Pilato le preguntó, diciendo: ¿Eres tú el rey de los Judíos? Él respondiendo, dijo: Tú lo dices.

4 Pilato dijo entonces a los principales sacerdotes y a las multitudes: Ningún delito hallo en este hombre.

5 Pero ellos insistían, diciendo: Alborota al pueblo, enseñando por toda Judea, y comenzando desde Galilea llega hasta aquí.

6 Al oírlo Pilato, preguntó si el hombre era galileo.

7 Y cuando se enteró de que era de la jurisdicción de Herodes, lo remitió a Herodes, que estaba en Jerusalem en aquellos días.

8 Al ver a Jesús, Herodes se alegró grandemente, porque por haber oído acerca de Él, desde hacía bastante tiempo deseaba verlo, y esperaba ver algún milagro hecho por Él.

9 Y le preguntaba con muchas palabras, pero Él nada le respondió.

10 Mientras tanto, los principales sacerdotes y los escribas lo estaban acusando porfiadamente.

11 Entonces Herodes, con sus soldados, después de menospreciarlo y ridiculizarlo, le puso una ropa espléndida y lo devolvió a Pilato.

12 Y aquel mismo día Herodes y Pilato se hicieron amigos, pues habían estado enemistados el uno con el otro.

13 Pilato entonces, convocando a los principales sacerdotes y a los magistrados, y al pueblo,

14 les dijo: Me presentasteis a este hombre como uno que amotina al pueblo, pero he aquí yo, habiéndolo interrogado ante vosotros, ningún delito de los que lo acusáis hallé en este hombre;

15 y tampoco Herodes, porque nos lo remitió, y mirad, nada digno de muerte hay que haya sido hecho por él.

16 Así pues lo soltaré después de castigarlo.

17 [[17]]

18 Pero todos gritaron a una, diciendo: ¡Quita a éste, y suéltanos a Barrabás!

19 El cual por una insurrección hecha en la ciudad, y por homicidio, había sido echado en la cárcel.

20 Y Pilato, deseando soltar a Jesús, volvió a llamarlos.

21 Pero ellos gritaban, diciendo: ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!

22 Él entonces, les dijo por tercera vez: ¿Pues qué mal hizo éste? Ningún delito de muerte hallé en él. Después de azotarlo pues, lo soltaré.

23 Pero ellos insistían a grandes voces, demandando que fuera crucificado. Y sus voces prevalecieron.

24 Y Pilato sentenció que se ejecutara la demanda de ellos.

25 Soltó entonces al que pedían (que había sido echado en la cárcel por insurrección y homicidio), y entregó a Jesús a la voluntad de ellos.

26 Mientras lo llevaban, echaron mano a cierto Simón cireneo, que venía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevara detrás de Jesús.

27 Y lo seguía mucha gente del pueblo, y de mujeres que lamentaban y lloraban por Él.

28 Pero Jesús, volviéndose a ellas, dijo: Hijas de Jerusalem, no lloréis por mí, llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos;

29 porque he aquí vienen días en los cuales dirán: Bienaventuradas las estériles, y los vientres que no concibieron, y los pechos que no amamantaron.

30 Entonces comenzarán a decir a los montes: ¡Caed sobre nosotros! y a los collados: ¡Cubridnos!

31 Porque si en el árbol verde hacen estas cosas, ¿en el seco, qué no se hará?

32 Y también eran conducidos otros dos, que eran malhechores, para ser ejecutados con Él.

33 Y cuando llegaron al lugar llamado Calavera, lo crucificaron allí, y a los malhechores, uno a la derecha, y otro a la izquierda.

34 Y repartiendo sus vestidos, echaron suertes.

35 Y el pueblo estaba observando; y también los magistrados se burlaban, diciendo: Salvó a otros; sálvese a sí mismo, si éste es el Ungido de Dios, el Escogido.

36 Y también se burlaban de Él los soldados, acercándose, ofreciéndole vinagre

37 y diciendo: Si tú eres el rey de los Judíos, sálvate a ti mismo.

38 Y había también una inscripción por encima de Él: Éste es el Rey de los judíos.

39 Y uno de los malhechores que había sido colgado lo injuriaba, diciendo: ¿No eres tú el Mesías? ¡Sálvate a ti mismo y a nosotros!

40 Pero interviniendo el otro, reprendiéndolo, dijo: ¿Ni aun temes a Dios, tú que estás en el mismo castigo?

41 Porque nosotros, en verdad, justamente padecemos, porque recibimos cosas dignas de las que hicimos, pero Éste, nada malo hizo.

42 Y decía: ¡Oh Jesús, acuérdate de mí cuando vayas a tu reino!

43 Le dijo: De cierto te digo: Hoy estarás conmigo en el paraíso.

44 Era ya como la hora sexta, y vinieron tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena.

45 El sol se eclipsó, y el velo del Templo se rasgó por el medio.

46 Y Jesús, clamando a gran voz, dijo: ¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu! Y habiendo dicho esto, expiró.

47 Cuando el centurión vio entonces lo que había acontecido, glorificó a Dios, diciendo: ¡Realmente este hombre era justo!

48 Y todas las multitudes reunidas por este espectáculo, viendo lo acontecido, volvían golpeándose el pecho.

49 Pero todos sus conocidos, y las mujeres que lo habían seguido desde Galilea, estaban a lo lejos viendo estas cosas.

50 Y he aquí un hombre llamado José, de Arimatea, ciudad de los judíos, varón bueno y justo, el cual esperaba el reino de Dios, y que era del concilio,

51 aunque no había consentido con el consejo ni las acciones de ellos,

52 se acercó a Pilato, y pidió el cuerpo de Jesús.

53 Y después de bajarlo, lo envolvió en una sábana, y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca, donde no había sido puesto nadie todavía.

54 Era día de la Preparación, y se acercaba el sábado.

55 Y las mujeres que habían ido con Él desde Galilea, siguiendo de cerca, observaron el sepulcro y cómo había sido puesto su cuerpo.

56 Y después de regresar, prepararon aromas y mirras. Y reposaron fielmente el sábado, conforme al mandamiento.

24

1 Pero al primer albor del primer día de la semana, fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado.

2 Y hallaron que la piedra del sepulcro había sido rodada,

3 y cuando entraron, no hallaron el cuerpo del Señor Jesús.

4 Y quedaron sumamente desconcertadas por esto; pero he aquí, dos varones con vestiduras resplandecientes se pararon junto a ellas,

5 que estaban llenas de temor y cabizbajas, y les dijeron: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?

6 No está aquí, sino que fue resucitado. Recordad cómo os habló estando aún en Galilea,

7 diciendo: El Hijo del Hombre tiene que ser entregado en manos de hombres pecadores y ser crucificado, y al tercer día resucitar.

8 Y se acordaron de sus palabras,

9 y una vez que regresaron del sepulcro, anunciaron todas estas cosas a los once y a todos los demás.

10 Y eran Miriam de Magdala y Juana, y Miriam, la de Jacobo, y las demás que estaban con ellas, las que dijeron estas cosas a los apóstoles.

11 Y estas palabras les parecieron como un delirio, y no las creían.

12 Mas Pedro, levantándose, corrió al sepulcro, y agachándose, vio los lienzos solos, y se fue a casa maravillándose de lo sucedido.

13 El mismo día, he aquí dos de ellos iban caminando hacia una aldea cuyo nombre era Emaús, que dista sesenta estadios de Jerusalem.

14 Y conversaban entre sí de todas estas cosas que habían acontecido.

15 Y sucedió que mientras ellos conversaban y discutían, Jesús mismo se acercó, y caminaba con ellos.

16 Pero sus ojos estaban velados para que no lo reconocieran.

17 Les dijo: ¿Qué palabras son éstas que conversáis entre vosotros mientras camináis? Se detuvieron con rostros sombríos,

18 y uno de ellos, llamado Cleofás, respondió y le dijo: ¿Eres tú el único forastero en Jerusalem que no has sabido las cosas sucedidas en ella en estos días?

19 Les dijo: ¿Cuáles? Ellos le dijeron: Las cosas acerca de Jesús el Nazareno, quien fue un varón profeta, poderoso en obra y palabra delante de Dios y de todo el pueblo;

20 y cómo los principales sacerdotes y nuestros magistrados lo entregaron para que fuera condenado a muerte, y lo crucificaron.

21 Y nosotros esperábamos que él era el que iba libertar a Israel, pero, además de todo esto, ya es el tercer día desde que acontecieron estas cosas.

22 Aunque algunas mujeres de entre nosotros nos asombraron después de ir muy temprano al sepulcro,

23 pues al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que habían visto una visión de ángeles, los cuales dijeron que él vive.

24 Y algunos de los nuestros fueron al sepulcro, y hallaron tal como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron.

25 Entonces Él les dijo: ¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer en todo lo que hablaron los profetas!

26 ¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera estas cosas y entrara en su gloria?

27 Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les explicó en todas las Escrituras las cosas referentes a Él mismo.

28 Y acercándose a la aldea adonde iban, Él dio la impresión de ir más lejos.

29 Pero ellos lo constriñeron, diciendo: Quédate con nosotros, pues está anocheciendo y el día ya ha declinado. Entró pues a quedarse con ellos.

30 Y sucedió que al reclinarse con ellos a la mesa, tomó el pan y lo bendijo, y después de partirlo, les daba.

31 Entonces les fueron abiertos los ojos y lo reconocieron, pero Él se les hizo invisible.

32 Y se dijeron el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino, cuando nos abría las Escrituras?

33 Y levantándose en aquella misma hora, regresaron a Jerusalem, y hallaron a los once reunidos y a los que estaban con ellos,

34 que decían: ¡Realmente fue resucitado el Señor y se apareció a Simón!

35 Ellos entonces contaron lo sucedido en el camino, y cómo fue reconocido por ellos al partir el pan.

36 Mientras ellos hablaban estas cosas, Él mismo se puso en medio de ellos, y les dice: Paz a vosotros.

37 Ellos entonces se turbaron y se llenaron de temor, pues pensaban que veían un espíritu.

38 Pero Él les dijo: ¿Por qué estáis turbados, y por qué surgen dudas en vuestro corazón?

39 Ved mis manos y mis pies, que Yo mismo soy; palpadme y ved, pues un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que Yo tengo.

40 Y habiendo dicho esto, les mostró las manos y los pies.

41 Pero como ellos, a causa del gozo y del asombro, aún no creían, les dijo: ¿Tenéis aquí algún alimento?

42 Ellos entonces le presentaron parte de un pez asado.

43 Y tomándolo, lo comió delante de ellos

44 y les dijo: Estas son mis palabras, que os hablé estando aún con vosotros: que tenían que cumplirse todas las cosas que habían sido escritas acerca de mí en la Ley de Moisés, y en los Profetas, y en los Salmos.

45 Entonces les abrió la mente para que entendieran las Escrituras,

46 y les dijo: Así está escrito, que el Mesías padecería y se levantaría de entre los muertos al tercer día,

47 y que se predicaría en su Nombre el arrepentimiento para perdón de pecados a todas las gentes, comenzando desde Jerusalem.

48 Vosotros sois testigos de estas cosas.

49 He aquí Yo envío la promesa de mi Padre sobre vosotros, así que vosotros permaneced en la ciudad hasta que seáis investidos de poder desde lo alto.

50 Y los condujo fuera hasta cerca de Betania, y alzando sus manos, los bendijo.

51 Y sucedió que mientras los bendecía, se separó de ellos, y fue llevado arriba al cielo.

52 Y ellos, habiéndolo adorado, regresaron a Jerusalem con gran gozo,

53 y estaban siempre en el Templo alabando a Dios.