1 Principio del Evangelio de Jesús el Mesías.
2 De la manera que está escrito en el profeta Isaías: He aquí envío mi mensajero delante de tu rostro, El cual preparará tu camino.
3 Voz que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, Allanad sus sendas.
4 Apareció Juan bautizando en el desierto, y proclamando el bautismo de arrepentimiento para el perdón de los pecados.
5 Y salía a él toda la provincia de Judea, y todos los de Jerusalem, y confesando sus pecados, eran bautizados por él en el río Jordán.
6 Juan estaba vestido de pelos de camello y un cinto de cuero alrededor de su cintura, y comía langostas y miel silvestre.
7 Y proclamaba, diciendo: Después de mí viene el que es más poderoso que yo, de quien no soy digno de inclinarme y desatar la correa de sus sandalias.
8 Yo os bauticé con agua, pero Él os bautizará con Espíritu Santo.
9 En aquellos días sucedió que vino Jesús desde Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán.
10 Inmediatamente, mientras subía del agua, vio los cielos rasgados y al Espíritu descendiendo sobre Él como una paloma.
11 Y vino una voz de los cielos: Tú eres mi Hijo amado; en Ti hallo mi complacencia.
12 Enseguida el Espíritu lo impulsa al desierto.
13 Y estuvo en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás, y estaba con las fieras, y los ángeles lo servían.
14 Después que Juan fue entregado, Jesús fue a Galilea proclamando el Evangelio de Dios,
15 y diciendo: ¡El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios se ha acercado! ¡Arrepentíos, y creed en el Evangelio!
16 Pasando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, hermano de Simón, echando una jábega en el mar, porque eran pescadores.
17 Jesús les dijo: Venid en pos de mí y haré que seáis pescadores de hombres.
18 Y de inmediato, dejando las redes, lo siguieron.
19 Yendo un poco más adelante, vio a Jacobo, el de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en su barca remendando las redes.
20 Enseguida los llamó, y dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, lo siguieron.
21 Y llegan a Cafarnaúm, y tan pronto llegaba el sábado, entraba en la sinagoga y enseñaba.
22 Y se asombraban de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas.
23 Y en aquel momento estaba en la sinagoga de ellos un hombre con un espíritu inmundo, y chilló,
24 diciendo: ¿Qué tenemos que ver contigo, Jesús Nazareno? ¿Viniste a destruirnos? ¡Sé quién eres: el Santo de Dios!
25 Pero Jesús le ordenó, diciendo: ¡Enmudece y sal de él!
26 Y el espíritu inmundo, convulsionándolo y gritando a gran voz, salió de él.
27 Y todos se maravillaron, y discutían entre sí, diciendo: ¿Qué es esto? ¿Una nueva doctrina autoritativa? ¡Aun a los espíritus inmundos manda, y le obedecen!
28 Y enseguida la noticia respecto a Él corrió por todas partes en la región circundante de Galilea.
29 Y saliendo de la sinagoga, fueron enseguida con Jacobo y Juan a la casa de Simón y Andrés.
30 Y la suegra de Simón yacía con fiebre, y enseguida le hablan acerca de ella.
31 Y se acercó, y tomándola de la mano la levantó, y la fiebre la dejó, y les servía.
32 Y por la tarde, al ponerse el sol, le traían todos los enfermos y los endemoniados,
33 y la ciudad entera se agolpaba ante la puerta.
34 Y sanó a muchos que estaban enfermos de diversas dolencias, y echó fuera muchos demonios; pero no dejaba hablar a los demonios, porque éstos lo reconocían.
35 Levantándose muy de mañana, estando aún oscuro, salió y fue a un lugar solitario, y allí oraba.
36 Y Simón y los que estaban con él siguieron a su alcance,
37 y cuando lo hallaron, le dicen: ¡Todos te buscan!
38 Les contesta: Vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también predique allí, pues para esto salí.
39 Y entró en las sinagogas de ellos por toda Galilea, predicando y echando fuera los demonios.
40 Y llega a Él un leproso rogándole, y le dice: Si quieres, puedes limpiarme.
41 Y se le enternecieron las entrañas, y extendiendo su mano lo tocó, y le dice: Quiero, ¡sé limpio!
42 Y al instante se le fue la lepra y quedó limpio.
43 Y enseguida lo despidió, después de advertirle severamente:
44 Mira, a nadie le digas nada, sino ve, muéstrate al sacerdote, y ofrece por tu limpieza lo que Moisés ordenó, para testimonio a ellos.
45 Pero él, saliendo, comenzó a pregonar en alto y a divulgar el asunto, hasta el punto que Él no podía entrar públicamente en la ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares despoblados, y acudían a Él de todas partes.
1 Pasados algunos días, volvió a entrar en Cafarnaúm, y se oyó que estaba en casa.
2 Y se reunieron muchos, de modo que ya no había sitio ni aun frente a la puerta; y Él les hablaba la palabra.
3 Y vienen, y entre cuatro le traen un paralítico,
4 pero al no poder entrarlo por causa de la multitud, levantaron el techo encima de donde Él estaba, y luego de hacer una abertura, bajaron el catre donde yacía el paralítico.
5 Viendo Jesús la fe de ellos, dice al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados.
6 Pero allí sentados habían algunos de los escribas, y cavilaban en sus corazones:
7 ¿Por qué habla éste así? Blasfemias dice, ¿quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?
8 Al instante, percibiendo Jesús en su espíritu que cavilaban de este modo, les dice: ¿Por qué caviláis estas cosas en vuestros corazones?
9 ¿Qué es más fácil? ¿Decir al paralítico: Tus pecado te son perdonados, o decir: Levántate, toma tu catre y anda?
10 Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dice al paralítico):
11 A ti te digo: ¡Levántate, alza tu catre y vete a tu casa!
12 Y fue levantado, e inmediatamente alzó el catre y salió delante de todos, de manera que todos estaban asombrados y glorificaban a Dios, diciendo: ¡Jamás vimos algo así!
13 Y salió nuevamente junto al mar, y toda la multitud acudía a Él, y les enseñaba.
14 Y pasando, vio a Leví, el de Alfeo, sentado en el lugar de los tributos, y le dice: ¡Sígueme! Y levantándose, lo siguió.
15 Y sucedió que estando reclinado a la mesa en su casa (muchos publicanos y pecadores estaban reclinados a la mesa con Jesús y sus discípulos, pues eran muchos los que lo seguían),
16 los escribas de los fariseos, viendo que comía con los pecadores y publicanos, decían a sus discípulos: ¿Con publicanos y pecadores come?
17 Al oírlo Jesús, les dice: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No vine a llamar a justos, sino a pecadores.
18 Y los discípulos de Juan y de los fariseos estando de ayuno, van y le preguntan: ¿Por qué los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan, y tus discípulos no ayunan?
19 Jesús les dijo: ¿Pueden acaso ayunar los que asisten al esposo mientras el esposo está con ellos? Entre tanto tienen consigo al esposo, no pueden ayunar,
20 pero vendrán días cuando el esposo les sea quitado, entonces ayunarán en aquel día.
21 Nadie cose un remiendo de tela nueva sobre un vestido viejo, de otra manera, el remiendo nuevo tira de lo viejo, y se hace una rotura peor.
22 Y nadie echa vino nuevo en odres viejos, de otra manera, el vino reventará los odres, y se echan a perder el vino y los odres; antes bien: Vino nuevo en odres nuevos.
23 Aconteció que pasando por los sembrados en día de sábado, sus discípulos comenzaron a caminar arrancando las espigas.
24 Y los fariseos le decían: Mira, ¿por qué hacen lo que no es lícito hacer en el día de sábado?
25 Les dice: ¿Nunca leísteis qué hizo David, cuando tuvo necesidad y tuvo hambre él, y los que estaban con él:
26 Cómo entró en la casa de Dios, en tiempo del sumo sacerdote Abiatar, y comió los panes de la proposición, de los cuales no es lícito comer sino a los sacerdotes, y dio también a los que estaban con él?
27 Y les decía: El sábado fue instituido para el hombre, y no el hombre para el sábado.
28 Por tanto, el Hijo del Hombre es también Señor del sábado.
1 Y entró otra vez en la sinagoga, y estaba allí un hombre que tenía seca una mano.
2 Y lo observaban, por si lo sanaría en sábado, para que lo acusaran.
3 Dice al hombre que tenía la mano seca: Ponte en el medio.
4 Y les dice: ¿Es lícito en sábado hacer bien o hacer mal; salvar una vida, o matar? Pero ellos callaban.
5 Y mirándolos en derredor con enojo, profundamente entristecido por la dureza de sus corazones, dice al hombre: Extiende la mano; y él la extendió, y quedó restablecida su mano.
6 De inmediato salieron los fariseos y tramaron con los herodianos un complot contra Él para que lo mataran.
7 Pero Jesús se retiró con sus discípulos hacia el mar. Y mucha gente de Galilea y de Judea,
8 de Jerusalem, de Idumea y de más allá del Jordán, y una gran multitud de los alrededores de Tiro y de Sidón, oyendo todas las cosas que hacía, acudió a Él.
9 Y por causa del gentío, dijo a sus discípulos que le estuviera lista una barquilla para que no lo oprimieran,
10 porque había sanado a muchos, de modo que cuantos padecían azotes, le caían encima para tocarlo.
11 Y cuando los espíritus inmundos lo veían, caían ante Él, y gritaban diciendo: ¡Tú eres el Hijo de Dios!
12 Pero Él los reprendía mucho para que no lo hicieran manifiesto.
13 Y sube al monte y llama a los que Él quería, y fueron a Él.
14 Y estableció a doce, para que estuvieran con Él, para enviarlos a predicar,
15 y que tuvieran autoridad de echar fuera los demonios.
16 A Simón, le puso por sobrenombre Pedro.
17 A Jacobo, el de Zebedeo, y a Juan, el hermano de Jacobo, también les puso por sobrenombre Boanerges (esto es, hijos del trueno);
18 a Andrés, a Felipe, a Bartolomé, a Mateo, a Tomás, a Jacobo el de Alfeo, a Tadeo, a Simón el cananita,
19 y a Judas Iscariote (quien, de hecho, lo entregó).
20 Llega a una casa, y de nuevo se agolpa una multitud tal, que ellos no podían ni siquiera comer pan.
21 Y oyéndolo sus familiares, salieron para echar mano de Él, pues decían: Está fuera de sí.
22 Y los escribas que habían bajado de Jerusalem, decían: ¡Tiene a Beel-zebúl! y: ¡Por el príncipe de los demonios echa fuera a los demonios!
23 Y llamándolos junto a Sí, les decía en parábolas: ¿Cómo puede Satanás echar fuera a Satanás?
24 Si un reino se dividiera contra sí mismo, tal reino no puede permanecer.
25 Y si una casa se dividiera contra sí misma, tal casa no podrá permanecer.
26 Y si Satanás se levanta contra sí mismo y es dividido, no puede permanecer, sino que tiene fin.
27 Pero nadie puede entrar en la casa del fuerte y saquear sus bienes, a menos que primero ate al fuerte, entonces podrá saquear su casa.
28 De cierto os digo que todos los pecados y las blasfemias con que blasfemen los hijos de los hombres les será perdonado,
29 pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tiene jamás perdón, sino que es reo de un pecado eterno.
30 Esto les dijo porque afirmaron: Tiene un espíritu inmundo.
31 Y llegan su madre y sus hermanos, y quedándose afuera, lo enviaron a llamar.
32 Y había una multitud sentada a su alrededor, y le dicen: Mira, tu madre y tus hermanos te buscan afuera.
33 Y respondiéndoles, dice: ¿Quién es mi madre y los hermanos?
34 Y mirando en derredor a los que estaban sentados en torno suyo, dice: ¡He aquí mi madre y mis hermanos!
35 Cualquiera que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano y hermana, y madre.
1 Otra vez comenzó a enseñar junto al mar, y se reúne ante Él una multitud tan grande, que tuvo que subir y sentarse en una barca en el mar, y toda la multitud estaba en tierra, cara al mar.
2 Y les enseñaba muchas cosas por medio de parábolas; y en su enseñanza les decía:
3 Oíd: He aquí el sembrador salió a sembrar.
4 Y al sembrar, aconteció que parte cayó junto al camino, y vinieron las aves y la devoraron.
5 Otra cayó en el pedregal, donde no tenía mucha tierra, y por no tener profundidad de tierra brotó enseguida,
6 pero cuando salió el sol, se agostó, y por no tener raíz, se secó.
7 Otra cayó entre las espinas, y las espinas crecieron y la ahogaron, y no dio fruto.
8 Pero otras cayeron en buena tierra, y daban fruto que crecía y se desarrollaba; y producían: una a treinta, otra a sesenta y otra a ciento por uno.
9 Y decía: El que tiene oídos para oír, oiga.
10 Cuando estuvo solo, los que estaban con los doce alrededor de Él, le preguntaban acerca de las parábolas.
11 Y les respondía: A vosotros os ha sido dado el misterio del reino de Dios, pero a los de afuera todo es presentado en parábolas,
12 para que viendo, vean y no perciban, y oyendo, oigan y no entiendan, no sea que se conviertan, y les sea perdonado.
13 Y les dice: ¿No habéis entendido esta parábola? ¿Cómo, pues, conoceréis todas las parábolas?
14 El sembrador siembra la palabra,
15 y los de junto al camino son éstos: donde se siembra la palabra pero, cuando la han oído, enseguida viene Satanás y quita la palabra sembrada.
16 Y los sembrados en los pedregales son éstos: los que al oír la palabra, al momento la reciben con gozo,
17 pero no tienen raíz en sí mismos, son temporales, y luego, cuando llega una tribulación o persecución por causa de la palabra, enseguida se les hace tropezar.
18 Y otros son los sembrados entre las espinas: éstos son los que han oído la palabra,
19 pero los afanes de la vida presente y el engaño de la riqueza, y las codicias de las demás cosas, entrando, ahogan la palabra y llega a ser infructuosa.
20 Pero los que fueron sembrados en buena tierra son aquellos que oyen la palabra y la reciben, y dan fruto, uno a treinta, y uno a sesenta, y uno a ciento.
21 También les decía: ¿Acaso se trae la lámpara para ser puesta debajo del almud, o debajo de la cama? ¿No es para ser puesta sobre el candelero?
22 Porque no hay nada oculto que no haya de ser manifestado, ni se hizo encubierto, sino para que salga a la luz.
23 Si alguno tiene oídos para oír, oiga.
24 Y les decía: Daos cuenta de lo que oís. Con la medida que medís os será medido, y os será añadido;
25 porque al que tiene, le será dado, y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado.
26 Decía además: El reino de Dios es como cuando un hombre echa la semilla en la tierra:
27 Duerme y se levanta, noche y día, y la semilla brota y crece sin que él sepa cómo.
28 Por sí misma da fruto la tierra: primero un tallo, luego una espiga, luego grano lleno en la espiga.
29 Y cuando el fruto lo permite, enseguida mete la hoz, porque ha llegado la siega.
30 Decía también: ¿A qué podríamos comparar el reino de Dios, o en qué parábola lo explicaríamos?
31 Es como un grano de mostaza, el cual cuando se siembra en la tierra, es más pequeño que todas las semillas de la tierra,
32 pero cuando se ha sembrado, crece y llega a ser mayor que todas las hortalizas, y echa grandes ramas, hasta que las aves del cielo pueden anidar bajo su sombra.
33 Y con muchas parábolas como éstas les hablaba la palabra, según podían escuchar.
34 Y sin parábola no les hablaba (aunque a sus propios discípulos les explicaba todo en privado).
35 Ese mismo día, llegado el atardecer, les dice: Pasemos al otro lado.
36 Y despedida la multitud, lo llevan en la barca tal como estaba, y había con Él otras barquichuelas.
37 Pero una gran tempestad de viento se levanta, y las olas se lanzaban adentro de la barca, hasta el punto que ya la barca se anegaba.
38 Y Él estaba en popa, durmiendo sobre el cabezal. Y lo despiertan y le dicen: ¡Maestro!, ¿no te importa que perezcamos?
39 Y despertándose, reprendió al viento, y dijo al mar: ¡Calla, enmudece! Y el viento cesó y se produjo una calma chicha.
40 Y les dijo: ¿Por qué estáis amedrentados? ¿Aún no tenéis fe?
41 Y temieron con gran temor, y se decían unos a otros: ¿Quién es éste, que no sólo el viento, sino también el mar le obedece?
1 Y llegaron a la otra orilla del mar, a la región de los gerasenos.
2 En cuanto desembarcó, en seguida vino a su encuentro de entre los sepulcros un hombre poseído de un espíritu inmundo,
3 el cual tenía su morada entre los sepulcros, y ya nadie podía atarlo, ni siquiera con cadenas.
4 Porque muchas veces había estado atado con grillos y cadenas, y había roto las cadenas y desmenuzado los grillos, y nadie lo podía dominar.
5 Y continuamente, de noche y de día, estaba en los sepulcros y en los montes, dando alaridos e hiriéndose con piedras.
6 Pero, viendo de lejos a Jesús, corrió y se postró delante de Él,
7 y gritando a gran voz, dice: Jesús, ¿qué tienes que ver conmigo, Hijo del Dios Altísimo? ¡Te conjuro por Dios que no me atormentes!
8 Pues Él le había dicho: ¡Sal del hombre, espíritu inmundo!
9 Y le preguntó: ¿Qué nombre tienes? Le dice: Tengo por nombre Legión, porque somos muchos.
10 Y mucho le rogaba que no lo enviara fuera de aquella región.
11 Y cerca del monte, había una gran piara de cerdos paciendo,
12 y le rogaron, diciendo: Envíanos a los cerdos para que entremos en ellos.
13 Les dio permiso, y cuando los espíritus inmundos salieron y entraron en los cerdos, la piara (como dos mil) se precipitó por el acantilado al mar, y se ahogaron en el mar.
14 Y los que los apacentaban huyeron e informaron en la ciudad y en los campos, y vinieron a ver qué había sucedido.
15 Y llegan ante Jesús y contemplan al endemoniado (al que había tenido la legión) sentado, vestido, y en su juicio cabal, y tuvieron temor.
16 Y los que lo vieron les contaron cómo le había acontecido esto al endemoniado, y acerca de los cerdos.
17 Entonces comenzaron a rogarle que se retirara de sus contornos.
18 Y cuando Él estaba entrando en la barca, el que había estado endemoniado le rogaba que le permitiera estar con Él.
19 Pero no lo dejó, sino le dice: Vé a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas hizo contigo el Señor, y cuánta misericordia tuvo de ti.
20 Y se fue y comenzó a proclamar en Decápolis cuán grandes cosas le había hecho Jesús, y todos se maravillaban.
21 Habiendo pasado Jesús nuevamente a la otra orilla, se reunió una gran multitud en torno a Él; y estaba junto al mar.
22 Llega uno de los principales de la sinagoga, llamado Jairo, y al verlo, cae a sus pies,
23 y le suplica con insistencia, diciendo: Mi hijita está agonizando, ¡ven! ¡Pon las manos sobre ella para que sea sanada, y pueda vivir!
24 Y fue con él, y lo seguía una gran multitud, y lo apretujaban.
25 Y una mujer que llevaba doce años con flujo de sangre,
26 y que había sufrido mucho de parte de muchos médicos, y gastado cuanto tenía sin sacar ningún provecho, más bien, empeoraba,
27 al oír acerca de Jesús, llegó por detrás entre la multitud y tocó su manto;
28 porque decía: Si tan sólo toco sus vestidos, sanaré.
29 Y al instante la fuente de su sangre se secó, y sintió en su cuerpo que había sido sanada de aquel azote.
30 Al momento Jesús sintió en su interior el poder que había salido de Él, y volviéndose a la multitud, preguntaba: ¿Quién ha tocado mis vestidos?
31 Y sus discípulos le decían: Ves que la multitud te apretuja, y preguntas ¿quién me ha tocado?
32 Y miraba alrededor para ver a la que había hecho esto.
33 Entonces la mujer, temiendo y temblando (reconociendo lo que le había sucedido), vino y se postró ante Él, y le dijo toda la verdad.
34 Entonces Él le dijo: Hija, tu fe te ha salvado, vete en paz y queda sana de tu azote.
35 Estando Él todavía hablando, llegan de casa del principal de la sinagoga, diciendo: Tu hija ha muerto, ¿por qué molestas aún al Maestro?
36 Pero Jesús, alcanzando a oír lo que se hablaba, dice al principal de la sinagoga: No temas, sólo sigue creyendo.
37 Y no permitió que nadie lo siguiera, sino Pedro, Jacobo y Juan, el hermano de Jacobo.
38 Y llegan a la casa del principal de la sinagoga, y observa un alboroto, y a los que lloran y dan grandes alaridos.
39 Y entrando, les dice: ¿Por qué hacéis alboroto y lloráis? La niña no ha muerto, sino que duerme.
40 Y se burlaban de Él; pero echando a todos, toma consigo al padre de la niña, a la madre y a los que están con Él, y entra adonde estaba la niña,
41 y tomando la mano de la niña, le dice: ¡Talita cum! (lo cual, traducido es: Niña, te digo, levántate.)
42 Y al instante la niña se levantó y andaba, pues tenía doce años. Y se sorprendieron con gran asombro.
43 Y Él les ordenó severa y repetidamente que nadie supiera esto, y dijo que se le diera de comer.
1 Salió de allí y regresó a su tierra, y sus discípulos lo siguen.
2 Llegado el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga. Y la mayoría se asombraba al oírlo, y decía: ¿De dónde saca éste estas cosas, y qué sabiduría es ésta que le ha sido dada? ¿Y qué significan estos milagros hechos por sus manos?
3 ¿No es éste el carpintero, el hijo de Miriam, y el hermano de Jacobo y de José, y de Judas y de Simón? ¿No están aquí también sus hermanas ante nosotros? Y se escandalizaban por causa de Él.
4 Y Jesús les decía: No hay profeta sin honra sino en su tierra, y entre sus parientes, y en su casa.
5 Y no podía hacer allí ningún milagro, excepto que sanó a unos pocos enfermos imponiéndoles las manos.
6 Y estaba asombrado por la incredulidad de ellos; y así, recorría las aldeas de los alrededores enseñando.
7 Y llama a Sí a los doce, y comenzó a enviarlos de dos en dos (y les daba autoridad sobre los espíritus inmundos).
8 Y les ordenó que no llevaran nada para el camino; sólo un bordón. Ni pan, ni bolsa, ni un cobre en el cinto,
9 calzados con sandalias. ¡Y no os vistáis con doble túnica!
10 También les decía: Dondequiera que entréis en una casa, posad en ese lugar hasta que salgáis de allí.
11 Y cualquier lugar que no os acoja y no os escuchen, al salir de allí sacudid el polvo de la planta de vuestros pies, para testimonio a ellos.
12 Y saliendo, proclamaron que se arrepintieran,
13 y echaban fuera muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los sanaban.
14 Y lo oyó el rey Herodes, por cuanto su Nombre había llegado a ser notorio; pero decían: Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos, y por eso actúan en él los poderes
15 (pero otros decían: Es Elías; y otros decían: Es un profeta; como cualquiera de los profetas).
16 Y al oírlo Herodes, decía: Juan, a quien yo decapité, ha resucitado.
17 Porque Herodes había enviado a prender a Juan y lo había encadenado en una prisión por causa de Herodías, la mujer de su hermano Felipe, pues se había casado con ella.
18 Porque Juan decía a Herodes: No te es lícito tener la mujer de tu hermano.
19 Y Herodías lo aborrecía y quería matarlo, pero no podía,
20 porque Herodes, sabiendo que era un varón justo y santo, temía a Juan y lo protegía, y cuando lo oía, se quedaba muy perplejo; pero con todo, le gustaba oírlo.
21 Sin embargo, llegó un día oportuno, cuando Herodes en su cumpleaños hizo un banquete a sus nobles, y a los tribunos y a los principales de Galilea,
22 entró también la propia hija de Herodías, y habiendo danzado, agradó a Herodes y a los reclinados a la mesa con él. Y el rey dijo a la muchacha: ¡Pídeme lo que quieras, y te lo daré!
23 Y le juró: ¡Te daré lo que pidas, hasta la mitad de mi reino!
24 Y saliendo, dijo a su madre: ¿Qué pediría? Y ella dijo: ¡La cabeza de Juan, el que bautiza!
25 Y entrando de prisa ante el rey, le pidió, diciendo: ¡Dame ahora mismo la cabeza de Juan el Bautista en un trinchero!
26 El rey se entristeció, pero a causa de los juramentos y de los que estaban reclinados a la mesa, no quiso desatenderla.
27 Y enseguida envió el rey a un verdugo, y ordenó traer su cabeza. Y yendo, lo decapitó en la prisión,
28 y trajo su cabeza en un trinchero, y la dio a la muchacha, y la muchacha la dio a su madre.
29 Cuando sus discípulos lo oyeron, vinieron y se llevaron su cadáver, y lo pusieron en un sepulcro.
30 Los apóstoles se reúnen con Jesús y le cuentan todo cuanto habían hecho y cuanto habían enseñado.
31 Y les dice: Vosotros solos, venid aparte a un lugar solitario y descansad un poco (porque eran muchos los que iban y venían, y ni para comer tenían tiempo).
32 Y se fueron en la barca a un lugar apartado y solitario.
33 Pero muchos los vieron yéndose y los reconocieron. Y a pie, desde todas las ciudades, concurrieron allá y llegaron antes que ellos.
34 Al desembarcar vio un gran gentío, y se le enternecieron las entrañas por ellos, porque eran como ovejas que no tienen pastor. Y comenzó a enseñarles muchas cosas.
35 Y llegada una hora avanzada, se le acercaron sus discípulos, diciendo: El lugar es desierto, y ya es hora avanzada;
36 despídelos, para que vayan a las alquerías y aldeas de alrededor y compren para sí algo que comer.
37 Pero Él respondiendo, les dijo: Dadles vosotros de comer. Le dicen: ¿Que vayamos a comprar panes por doscientos denarios y les demos de comer?
38 Entonces Él les dice: ¿Cuántos panes tenéis? Id y ved. Y al saberlo, dicen: Cinco, y dos peces.
39 Y les mandó recostar a todos en grupos sobre la hierba verde.
40 Y se recostaron en grupos de cien y de cincuenta.
41 Y tomando los cinco panes y los dos peces, alzó los ojos al cielo, los bendijo y partió los panes; y los iba dando a los discípulos para que los pusieran delante de ellos. También repartió los dos peces para todos.
42 Y todos comieron y se saciaron,
43 porque de los doce cestos recogieron en abundancia trozos de pan y de los peces.
44 Y los que habían comido eran cinco mil varones.
45 Enseguida constriñó a sus discípulos a subir a la barca, e ir delante a la otra orilla, hacia Betsaida, mientras Él despedía a la multitud;
46 y después de despedirse de ellos, fue al monte a orar.
47 Llegada la noche, la barca estaba en medio del mar, y Él solo en la tierra.
48 Y viéndolos fatigados de remar, porque el viento les era contrario, hacia la cuarta vigilia de la noche, llega a ellos andando sobre el mar; e hizo ademán de pasarlos.
49 Pero ellos, viéndolo caminar sobre el mar, pensaron: ¡Es un fantasma! Y gritaron,
50 porque todos lo vieron y se asustaron, pero enseguida Él habló con ellos. Les dice: ¡Tened ánimo, Yo soy, no sigáis temiendo!
51 Y subió junto a ellos en la barca, y se calmó el viento; y se asombraban en gran manera,
52 pues no habían entendido lo de los panes, sino que su corazón estaba embotado.
53 Acabada la travesía, llegaron a tierra en Genesaret y atracaron.
54 Y cuando ellos salieron de la barca, al instante lo reconocieron,
55 y recorriendo aquella región, comenzaron a llevar en catres a los enfermos, adonde oían que Él estaba.
56 Y dondequiera que entraba, en aldeas, ciudades o alquerías, colocaban a los enfermos en las plazas, y le rogaban que al menos pudieran tocar el borde de su manto; y cuantos lo tocaban eran sanados.
1 Se juntaron en derredor suyo los fariseos y algunos de los escribas llegados de Jerusalem.
2 Y viendo que algunos de sus discípulos comían los panes con manos sucias, es decir, no lavadas
3 (porque los fariseos y todos los judíos, cumpliendo la tradición de los ancianos, no comen, a menos que se laven las manos a fuerza de puños,
4 y al regresar del mercado no comen a menos que se rocíen. Y hay muchas otras cosas que han recibido para observarlas: abluciones de copas, de jarros y de utensilios de bronce),
5 le preguntaban los fariseos y los escribas: ¿Por qué tus discípulos no andan conforme a la tradición de los ancianos, sino que comen el pan con manos inmundas?
6 Entonces Él les dijo: Bien profetizó Isaías acerca de vosotros los hipócritas, como está escrito: Este pueblo me honra de labios, Pero su corazón está lejos de mí,
7 Y en vano me honran, Enseñando como doctrinas preceptos de hombres.
8 Haciendo caso omiso del mandamiento de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres.
9 Les decía también: ¡Qué bien invalidáis el mandamiento de Dios para establecer vuestra tradición!
10 Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre. Y: El que maldice a padre o madre, ciertamente muera.
11 Pero vosotros decís: Si un hombre dice al padre o a la madre: Cualquier cosa con que pudieras beneficiarte de mi parte es Corbán (es decir, una ofrenda),
12 ya no lo dejáis hacer nada por el padre o por la madre,
13 invalidando la Palabra de Dios con vuestra tradición que trasmitís, y hacéis muchas cosas semejantes a éstas.
14 Y llamando otra vez a la multitud, les decía: Oídme todos, y en-tended:
15 Nada hay fuera del hombre que entre en él y lo pueda contaminar, sino las cosas que salen del hombre son las que contaminan al hombre.
16 [[16]]
17 Y cuando entró en casa, apartándose de la multitud, sus discípulos le preguntaban acerca de la parábola.
18 Y les dice: ¿Así que también vosotros estáis sin entendimiento? ¿No comprendéis que todo lo que de fuera entra en el hombre no puede contaminarlo,
19 pues no entra en su corazón, sino en el vientre, y sale a la letrina? (Esto decía declarando puros todos los alimentos.)
20 Y decía: Lo que sale del hombre es lo que contamina al hombre.
21 Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos: fornicaciones, hurtos, homicidios,
22 adulterios, avaricias, maldades, engaño, sensualidad, envidia, maledicencia, soberbia, insensatez.
23 Todas estas maldades salen de adentro y contaminan al hombre.
24 Y levantándose de allí, fue a la región de Tiro. Y entró en una casa y no quería que nadie lo supiera, pero no pudo pasar inadvertido.
25 Al momento, una mujer cuya hijita tenía un espíritu inmundo, luego que oyó acerca de Él, fue y se postró a sus pies.
26 Y la mujer era griega, de nacionalidad sirofenicia, y le rogaba que echara fuera el demonio de su hijita.
27 Pero le decía: Deja que primero se sacien los hijos, porque no está bien quitar el pan de los hijos y echarlo a los perros.
28 Pero ella respondió diciendo: Señor, también los perros debajo de la mesa comen de las migajas de los hijos.
29 Y le dijo: Por esta respuesta, anda, el demonio ha salido de tu hija.
30 Y al llegar a su casa, halló a la niña acostada en la cama y salido ya el demonio.
31 Volviendo a salir de la región de Tiro, fue por Sidón hacia el mar de Galilea a través de las regiones de Decápolis.
32 Y le traen uno sordo y tartamudo, y le ruegan que le imponga la mano.
33 Tomándolo a solas, aparte de la gente, le metió los dedos en las orejas y con su saliva le tocó la lengua,
34 y mirando al cielo, suspiró, y le dice: ¡Effathá! (Es decir, ábrete.)
35 Y se le abrieron los oídos y se soltó la atadura de su lengua, y hablaba normalmente.
36 Y les ordenó que no lo dijeran a nadie, pero cuanto más les ordenaba, ellos mucho más lo proclamaban.
37 Y se maravillaban en gran manera, diciendo: ¡Todo ha hecho bien! ¡Hace oír a los sordos y hablar a los mudos!
1 En aquellos días, habiendo otra vez mucha gente que no tenía qué comer, llama a sus discípulos y les dice:
2 Tengo compasión de la multitud, porque ya han estado conmigo tres días y no tienen qué comer,
3 y si los enviara en ayunas a su casa, se desmayarán por el camino, y algunos de ellos han venido de lejos.
4 Sus discípulos le respondieron: ¿De dónde podrá alguno satisfacer de pan a éstos aquí en el desierto?
5 Les preguntó: ¿Cuántos panes tenéis? Ellos respondieron: Siete.
6 Entonces mandó a la multitud recostarse en la tierra, y tomando los siete panes, dio gracias, los partió y los iba dando a sus discípulos para que los repartieran, y los repartieron a la multitud.
7 Tenían además unos pocos pececillos, y habiéndolos bendecido, dijo que también los repartieran.
8 Y comieron y se saciaron, y de la abundancia de trozos recogieron siete canastas.
9 Eran como unos cuatro mil, y los despidió.
10 Enseguida, entrando en la barca con sus discípulos, fue a las regiones de Dalmanuta.
11 Y los fariseos salieron y comenzaron a discutir con Él, pidiéndole una señal del cielo, a fin de tentarlo.
12 Y exhalando un profundo suspiro en su espíritu, dice: ¿Por qué pide señal esta generación? De cierto os digo que no se dará ninguna señal a esta generación.
13 Y dejándolos, se embarcó de nuevo y se fue a la ribera opuesta.
14 Y se olvidaron de tomar panes, y no tenían consigo sino un pan en la barca.
15 Y les ordenó diciendo: Mirad, guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes.
16 (Y discutían entre sí de que no tenían panes.)
17 Advirtiéndolo, les dice: ¿Por qué discutís de que no tenéis panes? ¿Aún no reflexionáis, ni entendéis? ¿Tenéis embotado vuestro corazón?
18 ¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís? ¿No recordáis
19 cuántos cestos llenos de trozos recogisteis cuando partí los cinco panes para los cinco mil? Le dicen: Doce.
20 Y cuando los siete para los cuatro mil, ¿cuántas canastas llenas de pedazos recogisteis? Y dicen: Siete.
21 Y les decía: ¿Aún no entendéis?
22 Al llegar a Betsaida le traen un ciego y le ruegan que lo toque.
23 Y tomando de la mano al ciego, lo sacó fuera de la aldea, y después de escupirle en los ojos y poner las manos sobre él, le preguntaba: ¿Ves algo?
24 Y alzando los ojos, decía: Veo a los hombres, pero los veo como árboles que andan.
25 Y le puso otra vez las manos sobre sus ojos, entonces él miró fijamente y se restableció, y veía claramente todas las cosas desde lejos.
26 Y lo envió a su casa, diciendo: Ni siquiera entres en la aldea.
27 Salió Jesús con sus discípulos hacia las aldeas de Cesarea de Filipo, y en el camino preguntaba a sus discípulos, diciéndoles: ¿Quién dicen los hombres que soy Yo?
28 Ellos le respondieron diciendo: Juan el Bautista, otros Elías, y otros, uno de los profetas.
29 Y Él les preguntaba: Y vosotros, ¿quién decís que soy Yo? Respondiendo Pedro, le dice: ¡Tú eres el Mesías!
30 Y les ordenó severamente que a nadie hablaran acerca de Él.
31 Y comenzó a enseñarles: El Hijo del Hombre debe padecer muchas cosas y ser desechado por los ancianos, los principales sacerdotes y los escribas, y ser ejecutado, y resucitar después de tres días.
32 Y les declaraba con franqueza el asunto, pero Pedro, tomándolo aparte, comenzó a reconvenirlo.
33 Entonces Él, volviéndose y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro, diciendo: ¡Apártate de mí, Satanás! pues no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres.
34 Y llamando a la gente junto con sus discípulos, les dijo: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame,
35 porque el que quiera salvar su vida, la perderá, pero cualquiera que pierda su vida por causa de mí y del Evangelio, la salvará.
36 Porque, ¿qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo y perder su alma?
37 Pues, ¿qué dará el hombre por su alma?
38 Porque el que se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del Hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles.
1 También les decía: De cierto os digo que hay algunos de los que están aquí, que de ningún modo gustarán la muerte, hasta que hayan visto el reino de Dios venido ya con poder.
2 Seis días después, Jesús toma consigo a Pedro, a Jacobo y a Juan, y los lleva solos aparte a un monte alto, y fue transfigurado delante de ellos.
3 Sus vestidos se volvieron resplandecientes y tan blancos, que ningún batanero en la tierra los podría blanquear así.
4 Y se les apareció Elías con Moisés, y estaban hablando con Jesús.
5 E interviniendo Pedro, dice a Jesús: Rabbí, bueno es estarnos aquí. Hagamos tres tabernáculos: Uno para ti, uno para Moisés y otro para Elías.
6 Y no sabía qué más decir, porque estaban aterrorizados.
7 Y apareció una nube que los cubría, y de la nube salió una voz: Éste es mi Hijo amado. ¡A Él oíd!
8 Y súbitamente, al mirar alrededor, ya no vieron a nadie con ellos, sino a Jesús solo.
9 Al bajar del monte, Jesús les ordenó que no contaran a nadie lo que habían visto, sino cuando el Hijo del Hombre hubiera resucitado de entre los muertos.
10 Y guardaron el asunto para sí mismos, discutiendo qué significaba aquello de resucitar de entre los muertos.
11 Y le preguntaban, diciendo: ¿Por qué dicen los escribas que Elías debe venir primero?
12 Él les dijo: Elías en verdad viene primero a restaurar todas las cosas. Pero ¿no dice la Escritura que el Hijo del Hombre debe padecer mucho y ser despreciado?
13 Pero os digo que Elías ya vino, e hicieron con él cuanto quisieron, según está escrito de él.
14 Cuando llegaron a los discípulos, vieron una gran multitud alrededor de ellos, y a unos escribas discutiendo con ellos.
15 Enseguida, al verlo, todas las multitudes se asombraron grandemente y corrieron a Él para saludarlo.
16 Les preguntó: ¿Qué discutís con ellos?
17 Y uno de la multitud le respondió: Maestro, te traje a mi hijo que tiene un espíritu mudo,
18 y dondequiera que lo ataca lo derriba, y echa espumarajos y cruje los dientes y se pone rígido. Y dije a tus discípulos que lo echaran, pero no fueron capaces.
19 Respondiendo Él, les dice: ¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo os soportaré? Traédmelo.
20 Y se lo llevaron, y al verlo el espíritu, al instante lo convulsionó, y cayó en tierra, y se revolcaba echando espumarajos.
21 Y preguntó a su padre: ¿Cuánto tiempo hace que le sucede esto? Y él dijo: Desde la niñez,
22 y muchas veces hasta lo echaba al fuego y al agua para matarlo. Pero, si puedes hacer algo, ten compasión de nosotros y ayúdanos.
23 Jesús le dijo: ¡Si puedes! ¡Todo es posible para el que cree!
24 Inmediatamente el padre del muchacho, clamando, dijo: ¡Creo! ¡Ayuda mi poca fe!
25 Jesús entonces, viendo que la multitud se agolpaba rápidamente, reprendió al espíritu inmundo, diciéndole: Espíritu mudo y sordo, Yo te mando: ¡Sal de él y no entres más en él!
26 Y después de gritar y convulsionarlo mucho, salió. Y quedó como muerto, de tal modo que los más decían: Está muerto.
27 Pero Jesús, tomándolo de la mano, lo levantó; y él se puso en pie.
28 Después de entrar en casa, sus discípulos le preguntaban en privado: ¿Por qué nosotros no pudimos echarlo?
29 Les dijo: Esta clase no sale sino con oración.
30 Saliendo de allí, deambulaban por Galilea, pero no quería que ninguno lo supiera.
31 Porque enseñaba a sus discípulos y les decía: El Hijo del Hombre será entregado a traición en manos de hombres y lo matarán, pero después de muerto, a los tres días se levantará.
32 Pero ellos no entendían lo dicho, y temían preguntarle.
33 Llegaron a Cafarnaúm, y estando en la casa, les preguntaba: ¿Qué discutíais en el camino?
34 Pero ellos callaban, porque en el camino discutieron entre sí acerca de quién era mayor.
35 Y después de sentarse, llamó a los doce, y les dice: Si alguno quiere ser el primero, será el postrero de todos, y el servidor de todos.
36 Y tomando a un niño, lo puso en medio de ellos, y tomándolo en brazos, les dijo:
37 Cualquiera que en mi Nombre reciba a uno de estos niños, a mí me recibe, y cualquiera que me recibe, no me recibe a mí, sino al que me envió.
38 Juan le dijo: Maestro, hemos visto a uno echando demonios en tu Nombre y se lo hemos prohibido, pues no andaba con nosotros.
39 Pero Jesús dijo: No se lo prohibáis, porque no hay nadie que haga un milagro en mi Nombre y pueda enseguida hablar mal de mí,
40 porque el que no está contra nosotros, está a favor de nosotros.
41 Cualquiera pues que os dé a beber un vaso de agua, porque sois del Mesías, de cierto os digo que de ningún modo perderá su recompensa.
42 Cualquiera que cause tropiezo a uno de estos pequeños que creen, mejor le fuera si le colgaran al cuello una piedra de molino de asno y lo echaran al mar.
43 Si tu mano te causa tropiezo, córtala, más te vale entrar manco en la vida que ir con las dos manos al infierno, al fuego inextinguible.
44 [[44]]
45 Y si tu pie te causa tropiezo, córtalo, más te vale entrar cojo en la vida, que con los dos pies ser echado al infierno.
46 [[46]]
47 Y si tu ojo te causa tropiezo, sácalo, más te vale entrar tuerto en el reino de Dios, que con los dos ojos ser echado al infierno,
48 donde su gusano no muere y el fuego no se extingue.
49 Porque todos serán salados con fuego.
50 Buena es la sal, pero si la sal se vuelve insípida, ¿con qué la sazonaréis? Tened sal en vosotros mismos, y estad en paz unos con otros.
1 Y partiendo de allí, va a la región de Judea, más allá del Jordán, y otra vez marchan con Él multitudes, y de nuevo les enseñaba como tenía costumbre.
2 Y acercándose unos fariseos, le preguntaban, para tentarlo, si es lícito a un hombre repudiar a su mujer.
3 Respondiendo Él, les dijo: ¿Qué os mandó Moisés?
4 Ellos respondieron: Moisés permitió escribir carta de divorcio y repudiar.
5 Pero Jesús les dijo: Por la dureza de vuestro corazón os escribió este mandamiento,
6 pero desde el comienzo de la creación los hizo varón y hembra.
7 Por esta razón, dejará el hombre a su padre y a la madre,
8 y los dos vendrán a ser una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne.
9 Por tanto, no separe el hombre lo que Dios unció en un mismo yugo.
10 Y en la casa, los discípulos le preguntaban otra vez acerca de esto.
11 Y les dice: Cualquiera que repudie a su mujer y se case con otra, adultera con ella,
12 y si ella repudia a su marido y se casa con otro, adultera.
13 Y le presentaban unos niños para que los tocara, pero los discípulos los reprendieron.
14 Cuando Jesús lo vio, se indignó y les dijo: Dejad a los niños venir a mí y no se lo impidáis, porque de los tales es el reino de Dios.
15 De cierto os digo que quien no acoja el reino de Dios como un niño, de ningún modo entrará en él.
16 Y tomándolos en brazos, los bendecía poniendo las manos sobre ellos.
17 Y como iba saliendo al camino, vino uno corriendo y arrodillándose, le preguntaba: Maestro bueno, ¿qué he de hacer para heredar la vida eterna?
18 Y Jesús le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno es bueno, sino uno solo: Dios.
19 Sabes los mandamientos: No mates, no adulteres, no hurtes, no des falso testimonio, no defraudes, honra a tu padre y a la madre.
20 Y él le dijo: Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud.
21 Entonces Jesús, fijándole su mirada, sintió amor por él, y le dijo: Una cosa te falta. Vé y vende cuanto tienes y dalo a pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y vuelve y sígueme.
22 Pero él, entristecido por estas palabras, se marchó apenado, porque era de los que tienen muchas posesiones.
23 Y dando una mirada alrededor, Jesús dice a sus discípulos: ¡Cuán di-ficilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas!
24 Y los discípulos estaban asombrados por sus palabras. Pero retomando la palabra, Jesús les dice: Hijos, ¡Cuán difícil es entrar en el reino de Dios!
25 Es más fácil pasar un camello por un ojo de aguja, que entrar un rico en el reino de Dios.
26 Pero ellos se asombraban aún más, diciendo entre sí: ¿Y quién puede ser salvo?
27 Mirándolos Jesús, dice: Para con los hombres, es imposible, pero no para con Dios, porque todas las cosas son posibles para con Dios.
28 Pedro comenzó a decirle: He aquí nosotros hemos dejado todo y te hemos seguido.
29 Jesús dijo: De cierto os digo: No hay quien haya dejado casa, hermanos o hermanas, madre o padre, o hijos, o alquerías por causa de mí y por causa del Evangelio,
30 que no reciba cien veces más, ahora en este tiempo, casas, y hermanos, y hermanas, y madres, e hijos, y alquerías (con persecuciones); y en el siglo venidero, la vida eterna.
31 Pero muchos primeros serán postreros, y los postreros, primeros.
32 Y estaban en el camino subiendo a Jerusalem, y Jesús iba delante de ellos, y ellos estaban asombrados y lo seguían con temor. Y tomando otra vez consigo a los doce, comenzó a decirles las cosas que estaban a punto de acontecerle:
33 He aquí subimos a Jerusalem, y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte, y lo entregarán a los gentiles:
34 y se burlarán de Él, y lo escupirán, y lo azotarán y matarán; pero después de tres días se levantará.
35 Jacobo y Juan, los hijos de Zebedeo, se acercan a Él, diciéndole: Maestro, queremos que nos hagas lo que te pidamos.
36 Y Él les dijo: ¿Qué queréis que os haga?
37 Entonces ellos le dijeron: Concédenos que en tu gloria nos sentemos uno a tu derecha, y otro a tu izquierda.
38 Pero Jesús les dijo: No sabéis qué pedís. ¿Podéis beber la copa que Yo bebo, o ser bautizados con el bautismo con que Yo soy bautizado?
39 Y ellos le dijeron: Podemos. Entonces Jesús les dijo: La copa que Yo bebo beberéis, y con el bautismo con que Yo soy bautizado seréis bautizados,
40 pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no es mío darlo, sino a aquellos para quienes ha sido preparado.
41 Y oyéndolo los diez, comenzaron a enojarse a causa de Jacobo y Juan.
42 Pero Jesús los llamó y les dijo: Sabéis que los que suponen ser gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los magnates de ellas ejercen despóticamente su autoridad sobre ellas.
43 Pero entre vosotros no es así, sino que quien quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor,
44 y el que quiera ser primero entre vosotros, será esclavo de todos,
45 porque ni el Hijo del Hombre vino para ser servido, sino para servir, y dar su vida en rescate por muchos.
46 Y llegan a Jericó. Y al salir de Jericó, Él y sus discípulos y una considerable multitud, he aquí estaba sentado junto al camino un mendigo ciego llamado Bartimeo, hijo de Timeo.
47 Cuando oyó que era Jesús el Nazareno, comenzó a gritar y a decir: ¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!
48 Y muchos lo reprendían para que callara, pero él gritaba más y más: ¡Hijo de David, ten misericordia de mí!
49 Jesús se detuvo y dijo: Llamadlo. Y llaman al ciego y le dicen: ¡Anímate, levántate, te llama!
50 Entonces él, arrojando de sí el manto, se puso en pie de un salto y fue hacia Jesús.
51 Dirigiéndose a él, Jesús y le dijo: ¿Qué quieres que te haga? Y el ciego le dijo: Rabboní, que recobre la vista.
52 Y Jesús le dijo: Anda, tu fe te ha sanado. Y al instante recobró la vista, y lo seguía en el camino.
1 Y cuando se acercan a Jerusa-lem por Betfagé y Betania, junto al monte de las Olivas, envía a dos de sus discípulos,
2 y les dice: Id a la aldea que está enfrente de vosotros, y no más entrar en ella, hallaréis un pollino atado, en el cual ningún hombre se ha montado aún. Desatadlo y traedlo.
3 Y si alguien os dijera: ¿Por qué hacéis esto? Decid: El Señor tiene necesidad de él, y enseguida lo envía otra vez acá.
4 Y fueron y hallaron el pollino atado afuera en la calle, junto a una puerta, y lo desatan.
5 Pero unos que estaban allí les decían: ¿Qué hacéis desatando el pollino?
6 Entonces ellos les dijeron tal como Jesús dijo, y los dejaron.
7 Y llevan el pollino a Jesús, y echan sobre él sus mantos, y se montó en él.
8 También muchos extendían sus mantos por el camino, y otros, ramas que habían cortado de los campos.
9 Y los que iban delante, y los que seguían, aclamaban: ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
10 ¡Bendito sea el reino que viene, de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!
11 Y entró en Jerusalem, en el Templo, y habiéndolo reconocido todo en derredor, siendo ya avanzada la hora, salió a Betania con los doce.
12 Al día siguiente, cuando salieron de Betania, tuvo hambre,
13 y viendo de lejos una higuera, la cual tenía hojas, fue allá por si acaso hallaba algo en ella, pero cuando llegó a ella nada halló sino hojas (pues no era el tiempo de higos).
14 No obstante, le dirigió la palabra, diciendo: ¡Nunca jamás coma nadie fruto de ti! Y lo oían sus discípulos.
15 Y llegan a Jerusalem, y entrando en el Templo, comenzó a echar fuera a los que vendían y a los que compraban en el Templo, y volcó las mesas de los cambistas y los asientos de los que vendían las palomas,
16 y no permitía que nadie transportara objetos a través del Templo.
17 Y les enseñaba y les decía: ¿No está escrito: Mi Casa será llamada Casa de oración para todas las naciones? Pero vosotros la habéis hecho una cueva de ladrones.
18 Y lo oyeron los principales sacerdotes y los escribas, y buscaban cómo acabar con Él, porque le temían, pues todo el pueblo estaba maravillado de su doctrina.
19 Y cuando llegaba el atardecer, salían de la ciudad.
20 Pasando muy de mañana, vieron que la higuera se había secado desde las raíces.
21 Y Pedro, recordando, le dice: Rabbí, mira, la higuera que maldijiste se ha secado.
22 Respondiendo Jesús, les dice: Te-ned fe en Dios.
23 De cierto os digo: Cualquiera que diga a este monte: Quítate de ahí y échate al mar, y no dude en su corazón, sino que crea que lo que habla sucede, lo obtendrá.
24 Por esto os digo: Todo cuanto oráis y pedís, creed que lo recibisteis, y lo obtendréis.
25 Y cuando estéis en pie orando, si tenéis algo contra alguien, perdonad, para que también vuestro Padre celestial os perdone vuestras ofensas.
26 [[26]]
27 Llegan de nuevo a Jerusalem, y andando por el Templo, llegan a Él los principales sacerdotes, los escribas y los ancianos,
28 y le decían: ¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿O quién te dio esta autoridad para que hagas estas cosas?
29 Entonces Jesús les dijo: Os preguntaré un asunto; respondedme, y también os diré con qué autoridad hago estas cosas:
30 El bautismo de Juan, ¿era del cielo, o de los hombres? Respondedme.
31 Y ellos razonaban entre sí diciendo: Si decimos: Del cielo, dirá: ¿Por qué no le creísteis?
32 Pero, ¿vamos a decir: De los hombres? (Pues temían al pueblo, ya que todos consideraban que Juan era realmente un profeta.)
33 Respondiendo entonces a Jesús, dicen: No lo sabemos. Y Jesús les responde: Tampoco Yo os digo con qué autoridad hago estas cosas.
1 Y comenzó a hablarles en parábolas: Un hombre plantó una viña, y puso en torno una cerca, excavó debajo un lagar y edificó una torre, la arrendó a unos labradores y se fue de viaje.
2 Y a su tiempo, envió a los labradores un siervo para recibir de los labradores su parte en los frutos de la viña,
3 y le echaron mano, lo golpearon y lo enviaron vacío.
4 De nuevo les envió otro siervo, y también a éste lo golpearon en la cabeza y lo ultrajaron.
5 Envió otro, y a éste lo mataron. Y a muchos otros golpearon y a otros mataron.
6 Aún tenía uno, un hijo amado, y lo envió de último a ellos, pensando: Respetarán a mi hijo.
7 Pero aquellos labradores se dijeron: Éste es el heredero. Venid, matémoslo, y la heredad será nuestra.
8 Y prendiéndolo, lo mataron y lo echaron fuera de la viña.
9 ¿Qué hará el señor de la viña? Vendrá y destruirá a los labradores y dará la viña a otros.
10 ¿No habéis leído esta Escritura: La piedra que desecharon los constructores, Ésta vino a ser cabeza de ángulo.
11 De parte del Señor se hizo ésta, Y es maravillosa a nuestros ojos?
12 Y procuraban prenderlo, porque comprendieron que había dicho la parábola por causa de ellos, pero temían a la multitud. Y dejándolo, se fueron.
13 Luego le envían algunos de los fariseos y de los herodianos para sorprenderlo en alguna palabra,
14 que llegando, le dicen: Maestro, sabemos que eres veraz y que no te cuidas de nadie, pues no miras la apariencia de los hombres, sino que enseñas de verdad el camino de Dios: ¿Es lícito o no dar tributo a César? ¿Daremos o no daremos?
15 Pero Él, percibiendo su hipocresía, les dijo: ¿Por qué me tentáis? Traedme un denario para que lo vea.
16 Entonces ellos se lo llevaron. Y les dice: ¿De quién es la imagen y la inscripción? Ellos le contestaron: De César.
17 Entonces Jesús les dijo: Dad a César lo de César, y a Dios lo de Dios. Y se maravillaron de Él.
18 Y van a Él unos saduceos (quienes dicen que no hay resurrección), y le preguntaban, diciendo:
19 Maestro, Moisés nos escribió que cuando el hermano de alguno muera y deje esposa, pero no deja ningún hijo, que su hermano tome la mujer y suscite descendencia a su hermano.
20 Había siete hermanos: el primero tomó mujer, y al morir no dejó descendencia.
21 La tomó el segundo, y murió sin dejar descendencia, y de la misma manera el tercero.
22 Y los siete no dejaron descendencia; y finalmente, murió también la mujer.
23 En la resurrección, ¿de cuál de ellos será mujer? Porque los siete la tuvieron por mujer.
24 Jesús les dijo: ¿No erráis por esto, al desconocer las Escrituras y el poder de Dios?
25 Porque cuando resuciten de entre los muertos, no se casan ni se dan en casamiento, sino que son como ángeles en los cielos.
26 Pero acerca de que los muertos resucitan, ¿no leísteis en el libro de Moisés acerca de la zarza, cómo le habló Dios, diciendo: Yo soy el Dios de Abraham y Dios de Isaac y Dios de Jacob?
27 No es Dios de muertos sino de vivos; y vosotros mucho erráis.
28 Y uno de los escribas que los oyó discutir (viendo que les respondió bien), se acercó y le preguntó: ¿Cuál es el primer mandamiento de todos?
29 Respondió Jesús: El primero es: Oye, Israel, el Señor nuestro Dios un solo Señor es,
30 y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas.
31 El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Mayor que éstos, no hay otro mandamiento.
32 Y el escriba le dijo: Maestro, bien dijiste en verdad que Uno solo es, y no hay otro además de Él,
33 Y amarlo con todo el corazón y con todo el entendimiento y con toda la fuerza, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios.
34 Y Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: No estás lejos del reino de Dios. Y ya ninguno se atrevía a preguntarle.
35 Y tomando la palabra, Jesús les preguntaba en el Templo: ¿Cómo dicen los escribas que el Mesías es hijo de David?
36 David mismo dijo movido por el Espíritu Santo: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos debajo detus pies.
37 David mismo lo llama Señor, pero, ¿de dónde es su hijo? Y una gran multitud lo escuchaba con gusto.
38 Y enseñándoles, les decía: Guar-daos de los escribas, que anhelan andar con largas ropas y recibir saludos en las plazas,
39 y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los puestos de honor en las cenas,
40 pero devoran las casas de las viudas y por pretexto hacen largas oraciones. Éstos recibirán un juicio más severo.
41 Y sentado enfrente del arca de las ofrendas, observaba cómo la gente echaba cobre en el arca. Y muchos ricos echaban mucho,
42 pero llegando una viuda pobre, echó dos blancas, lo que es un cuadrante.
43 Y llamando a sus discípulos, les dijo: De cierto os digo que esta pobre viuda echó más que todos los que están echando en el arca de las ofrendas.
44 Porque todos echaron de lo que les sobra, pero ésta, de su pobreza, echó todo lo que tenía, todo su sustento.
1 Y saliendo del Templo, le dice uno de sus discípulos: Maestro, ¡mira qué piedras y qué edificios!
2 Y Jesús le dijo: ¿Ves estos grandes edificios? De ningún modo quedará aquí piedra sobre piedra que no sea totalmente derribada.
3 Y sentándose en el monte de las Olivas, frente al Templo, Pedro, Jacobo, Juan y Andrés le preguntaban en privado:
4 Dinos, ¿cuándo será esto, y cuál será la señal de que todo esto esté a punto de cumplirse?
5 Entonces Jesús comenzó a decirles: Mirad que nadie os engañe.
6 Muchos vendrán en mi Nombre, diciendo: Yo soy; y engañarán a muchos.
7 Cuando oigáis guerras y rumores de guerras, no os alarméis, debe suceder, pero aún no es el fin.
8 Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino, y habrá terremotos en todas partes y habrá hambres. Éstos son principios de dolores de parto.
9 Pero mirad por vosotros mismos: Os entregarán a los sanedrines y seréis azotados en las sinagogas, y compareceréis delante de gobernadores y de reyes por causa de mí, para testimonio a ellos.
10 Y el Evangelio tiene que ser proclamado antes a todas las gentes.
11 Y cuando os conduzcan para entregaros, no premeditéis qué vais a hablar, sino lo que os sea dado en aquella hora, eso hablad, porque no sois vosotros quienes habláis, sino el Espíritu Santo.
12 Y el hermano entregará a muerte al hermano, y el padre al hijo, y los hijos se rebelarán contra los padres y los matarán.
13 Y seréis aborrecidos por todos a causa de mi Nombre, pero el que perseveró hasta el fin, éste será salvo.
14 Por tanto, cuando veáis la abominación de la desolación puesta donde no debe ser (el que lee, entienda), entonces los que estén en Judea huyan a los montes,
15 el que esté en la azotea, no baje ni entre a recoger algo de su casa;
16 y el que va hacia el campo, no regrese a tomar su capa.
17 ¡Ay de las que estén encintas y de las que estén amamantando en aquellos días!
18 Por tanto, orad que no sea en invierno,
19 porque aquellos días serán una tribulación tal, cual no la ha habido desde el principio de la creación que Dios hizo, hasta ahora, ni jamás la habrá.
20 Y si el Señor no acortara esos días, ninguna carne sería salva, pero por causa de los escogidos que eligió, acortó aquellos días.
21 Y entonces, si alguien os dijera: ¡Mira, aquí está el Mesías! ¡Mira, allí está!, no lo creáis.
22 Porque se levantarán falsos mesías y falsos profetas, y darán señales y prodigios, a fin de extraviar, si fuera posible, a los escogidos.
23 Pero vosotros, estad alerta. Os lo he predicho todo.
24 En aquellos días, después de aquella tribulación, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor,
25 y las estrellas caerán del cielo, y las potencias en los cielos serán sacudidas.
26 Entonces verán al Hijo del Hombre viniendo en las nubes con gran poder y gloria.
27 Entonces enviará a los ángeles y reunirá a los escogidos de los cuatro vientos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo.
28 De la higuera aprended la parábola: Cuando su rama está tierna y brotan las hojas, sabéis que el verano está cerca.
29 Así también vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, conoced que está cerca, a las puertas.
30 De cierto os digo: De ningún modo pasará este linaje hasta que sucedan todas estas cosas.
31 El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.
32 Pero acerca de aquel día o de aquella hora, nadie lo sabe, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre.
33 Estad alerta y velad, porque no sabéis cuándo es el tiempo.
34 Es como un hombre que, saliendo de viaje, dejó su casa y dio la autoridad a sus siervos, a cada uno su trabajo, y ordenó al portero que velara.
35 Por tanto, velad, pues no sabéis cuándo viene el señor de la casa: si al atardecer o a la medianoche, o al canto del gallo o en la madrugada,
36 no sea que llegando de repente, os halle durmiendo.
37 Y lo que a vosotros digo, a todos lo digo: ¡Velad!
1 Dos días después era la Pascua y los ázimos. Y los principales sacerdotes y los escribas buscaban cómo prenderlo por engaño para hacer que lo mataran.
2 Pero decían: ¡En la fiesta, no! No sea que se produzca un tumulto en el pueblo.
3 Y estando en Betania, en la casa de Simón el leproso, estaba reclinado a la mesa y vino una mujer portando un frasco de alabastro con perfume de nardo puro muy costoso; y quebrando el frasco de alabastro, lo derramó sobre su cabeza.
4 Y algunos bramaron entre sí: ¿Por qué se ha hecho este desperdicio de perfume?
5 Porque este perfume podía ser vendido por más de trescientos denarios y dado a los pobres. Y la criticaban duramente.
6 Pero Jesús dijo: Dejadla, ¿por qué le causáis aflicción? Buena obra ha hecho conmigo,
7 porque a los pobres siempre los tenéis con vosotros, y cuando queráis les podéis hacer bien, pero a mí no siempre me tenéis.
8 Ha hecho lo que tenía a mano: Se anticipó a ungir mi cuerpo para la sepultura.
9 De cierto os digo: Dondequiera que sea predicado el Evangelio en todo el mundo, también se hablará de lo que ésta hizo, para memoria suya.
10 Judas Iscariote, uno de los doce, fue a los principales sacerdotes para entregárselo.
11 Y ellos se alegraron al oírlo, y prometieron darle plata. Y buscaba cómo entregarlo cuando fuera oportuno.
12 El primer día de los ázimos, cuando sacrificaban la Pascua, le dicen sus discípulos: ¿Dónde quieres que vayamos a preparar lo necesario para que comas la Pascua?
13 Y envía a dos de sus discípulos y les dice: Id a la ciudad, y os saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua. Seguidlo,
14 y donde entre, decid al señor de la casa que el Maestro dice: ¿Dónde está mi aposento para que coma la Pascua con mis discípulos?
15 Y él os mostrará un gran aposento alto, amueblado y dispuesto. Preparad allí para nosotros.
16 Salieron, pues, los discípulos y fueron a la ciudad y encontraron tal como les dijo, y prepararon la Pascua.
17 Llegada la tarde, va con los doce,
18 y estando ellos reclinados a la mesa y comiendo, Jesús dijo: De cierto os digo que uno de vosotros, que está comiendo conmigo, me entregará.
19 Comenzaron a entristecerse y a decirle uno por uno: ¿Acaso yo?
20 Él les respondió: Uno de los doce, el que moja conmigo en el plato.
21 El Hijo del Hombre se va, tal como está escrito de Él; pero, ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del Hombre es entregado! Más le valdría a ese hombre no haber nacido.
22 Estando ellos comiendo, tomó el pan, y pronunciando la bendición, lo partió y les dio, y dijo: Tomad, esto es mi cuerpo.
23 Y tomando la copa, dio gracias y les dio, y todos bebieron de ella.
24 Y les dijo: Esto es mi sangre del Pacto, la cual es derramada por muchos.
25 De cierto os digo que no beberé más del fruto de la vid hasta el día aquel en que lo beba nuevo en el reino de Dios.
26 Y después de cantar un himno, salieron hacia el monte de las Olivas.
27 Les dice Jesús: Todos os escandalizaréis, porque está escrito: Heriré al pastor, y las ovejas serán dispersadas.
28 Pero, después de haber resucitado, iré delante de vosotros a Galilea.
29 Entonces Pedro le dijo: Aunque todos se escandalicen, yo no.
30 Le dice Jesús: De cierto te digo que hoy, en esta misma noche, antes que el gallo cante dos veces, me negarás tres veces.
31 Pero él repetía con porfía: Aunque tenga que morir contigo, de ningún modo te negaré. Y así también decían todos.
32 Llegan a un sitio cuyo nombre es Getsemaní, y dice a sus discípulos: Sentaos aquí, hasta que ore.
33 Y toma consigo a Pedro, Jacobo y Juan. Entonces se quedó perplejo y comenzó a angustiarse.
34 Y les dice: Una tristeza mortal sobrecoge mi alma. ¡Esperad aquí y velad!
35 Y yendo un poco más adelante, se postraba en tierra y oraba que si era posible, pasara de Él aquella hora.
36 Y decía: ¡Abba (Padre), todas las cosas son posibles para Ti! ¡Aparta de mí esta copa! pero no lo que Yo quiero, sino lo que Tú.
37 Vuelve y los encuentra durmiendo, y dice a Pedro: Simón, ¿duermes? ¿No pudiste velar una hora?
38 Velad y orad, para que no entréis en tentación. El espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil.
39 Y yendo otra vez, oró diciendo las mismas palabras.
40 Volviendo, otra vez los halló durmiendo, porque sus ojos eran incapaces de mantenerse abiertos, y no sabían qué responderle.
41 Y vuelve la tercera vez y les dice: Dormid lo que resta y descansad. ¡Basta! Llegó la hora. He aquí que el Hijo del Hombre es entregado en las manos de los pecadores.
42 ¡Levantaos! ¡Vamos! He aquí que está cerca el que me entrega.
43 Y al momento, estando aún hablando, se presenta Judas (uno de los doce), y con él una turba con espadas y garrotes, de parte de los principales sacerdotes, de los escribas y de los ancianos.
44 Y el que lo entregaba les había dado una contraseña, diciéndoles: Al que yo bese, él es; prendedlo y llevad-lo custodiado.
45 Y llegando, de inmediato se acercó a Él, y le dice: Rabbí, y lo besó aparatosamente.
46 Entonces ellos le echaron mano y lo prendieron.
47 Pero uno de los presentes, desenvainando la espada, hirió al siervo del sumo sacerdote y le quitó la oreja.
48 Y tomando la palabra Jesús, les dijo: ¿Como contra un bandido salisteis con espadas y garrotes a apresarme?
49 Cada día estaba con vosotros enseñando en el Templo, y no me prendisteis. Así sea, para que se cumplan las Escrituras.
50 Y abandonándolo, huyeron todos.
51 También prendieron a cierto joven que lo seguía cubierto con una sábana sobre su cuerpo.
52 Pero él, dejando la sábana, huyó desnudo.
53 Llevaron a Jesús ante el sumo sacerdote, y se reúnen todos los principales sacerdotes, los ancianos y los escribas.
54 Y Pedro lo siguió de lejos, hasta dentro del patio del sumo sacerdote, y estaba sentado con los criados calentándose al fuego.
55 Y los sumos sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban testimonio contra Jesús para darle muerte, pero no lo hallaban.
56 Porque muchos daban falso testimonio contra Él, pero los testimonios no coincidían.
57 Hasta que se levantaron unos que dieron falso testimonio contra Él, diciendo:
58 Nosotros lo oímos decir: Yo derribaré este Santuario hecho por manos, y en tres días edificaré otro no hecho por manos.
59 Pero ni aun así estaba de acuerdo su testimonio.
60 Y levantándose en medio, el sumo sacerdote preguntó a Jesús, diciendo: ¿No respondes nada de lo que testifican éstos contra ti?
61 Pero Él callaba y nada respondió. El sumo sacerdote le pregunta otra vez, y le dice: ¿Eres Tú el Mesías, el Hijo del Bendito?
62 Jesús respondió: Yo soy. Y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder y viniendo en las nubes del cielo.
63 Entonces el sumo sacerdote, rasgando sus vestiduras, dice: ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos?
64 Oísteis la blasfemia, ¿qué os parece? Y todos ellos lo condenaron diciendo que era reo de muerte.
65 Y algunos comenzaron a escupirlo, a cubrirle el rostro, a darle puñetazos y a decirle: ¡Profetiza! También los guardias lo recibieron a bofetadas.
66 Y estando Pedro abajo en el patio, aparece una de las criadas del sumo sacerdote,
67 y viendo a Pedro calentándose, después de mirarlo fijamente, dice: ¡También tú estabas con ese Jesús, el nazareno!
68 Pero él negó, diciendo: Ni sé ni entiendo qué es lo que tú dices. Y salió afuera al portal.
69 Y la criada, al verlo, comenzó de nuevo a decir a los presentes: ¡Éste es uno de ellos!
70 Pero él negaba otra vez. Y poco después, los presentes decían otra vez a Pedro: ¡En verdad eres de ellos, pues también eres galileo!
71 Y él comenzó a maldecir y a jurar: ¡No conozco al hombre que decís!
72 Y enseguida cantó el gallo por segunda vez. Y recordó Pedro la palabra como le había dicho Jesús: Antes que el gallo cante dos veces, me negarás tres veces. Y rompió a llorar.
1 Tan pronto como amaneció, los principales sacerdotes, después de celebrar consejo con los ancianos, con los escribas y con todo el Sanedrín, ataron a Jesús, y lo llevaron y lo entregaron a Pilato.
2 Pilato le preguntó: ¿Eres tú el rey de los judíos? Y Él, respondiéndole, dice: Tú lo dices.
3 Y los principales sacerdotes lo acusaban de muchas cosas.
4 Pilato le preguntó otra vez, diciendo: ¿No respondes nada? Mira de cuántas cosas te acusan.
5 Pero Jesús no respondió nada más, de modo que Pilato se asombró.
6 Ahora bien, en la fiesta, les soltaba un preso, cualquiera que pidieran.
7 Y el llamado Barrabás estaba preso con los sediciosos, quienes habían cometido un homicidio en la revuelta.
8 Y habiendo subido la multitud, comenzó a demandar que les hiciera tal como solía.
9 Y Pilato les respondió, diciendo: ¿Queréis que os suelte al rey de los Judíos?
10 (Porque sabía que los principales sacerdotes lo habían entregado por envidia.)
11 Pero los principales sacerdotes incitaron a la multitud para que les soltara a Barrabás.
12 Respondiendo Pilato, les dijo otra vez: ¿Qué, pues, queréis que haga al que llamáis rey de los Judíos?
13 Ellos gritaron otra vez: ¡Crucifícalo!
14 Pero Pilato les decía: ¿Pues qué mal ha hecho? Y ellos gritaron con más fuerza: ¡Crucifícalo!
15 Pilato, entonces, queriendo complacer a la gente, les soltó a Barrabás, y después de azotar a Jesús, lo entregó para que fuera crucificado.
16 Entonces los soldados lo llevaron adentro del palacio, es decir, al pretorio, y reunieron a toda la cohorte.
17 Y lo visten de púrpura, y trenzando una corona de espinas, se la colocan alrededor.
18 Y comenzaron a saludarlo: ¡Salve, rey de los judíos!
19 También le golpeaban la cabeza con una caña, y lo escupían, y arrodillándose, le hacían reverencias.
20 Cuando lo hubieron ridiculizado, le quitaron la púrpura y le pusieron su propia ropa, y lo sacan para crucificarlo.
21 Y a uno que pasaba, a Simón cireneo, padre de Alejandro y Rufo, que venía del campo, lo obligan a llevar su cruz.
22 Y lo llevan al lugar llamado Gólgota (que traducido es, Lugar de la Calavera).
23 Y le daban vino mezclado con mirra, pero no lo tomó.
24 Y lo crucifican, y se reparten sus vestidos echando suerte sobre ellos, para decidir qué es lo que se llevaba cada uno.
25 Era la hora tercera, y lo crucificaron.
26 Y el título de su acusación, escrito encima, era: El Rey de los judíos.
27 Y con Él crucifican a dos ladrones: uno a su derecha y otro a su izquierda.
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29 Y los que pasaban lo insultaban, meneando la cabeza y diciendo: ¡Eh! tú, que derribas el Santuario, y en tres días lo edificas,
30 sálvate a ti mismo, bajando de la cruz.
31 Así también los principales sacerdotes, escarneciéndolo, se decían unos a otros con los escribas: A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar.
32 ¡El Mesías, el Rey de Israel! ¡Baje ahora de la cruz, para que veamos y creamos! También lo injuriaban los que habían sido crucificados con Él.
33 Llegada la hora sexta, hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora novena.
34 Y en la hora novena, Jesús exclamó a gran voz: ¡Eloí, Eloí! ¿Lemá sabájt-aní?, que traducido es: ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me desamparaste?
35 Al oírlo algunos de los presentes, decían: ¡Mira, llama a Elías!
36 Entonces uno corrió, y empapando en vinagre una esponja, la sujetó a una caña y le daba de beber, diciendo: Dejad, veamos si viene Elías a bajarlo.
37 Pero Jesús, lanzando una fuerte exclamación, expiró,
38 y el velo del Santuario se rasgó en dos, de arriba abajo.
39 Y el centurión que estaba de pie frente a Él, viendo que había expirado así, dijo: ¡Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios!
40 También había unas mujeres contemplando de lejos, entre las cuales estaban Miriam de Magdala, Miriam, la madre de Jacobo el menor y de José, y Salomé,
41 quienes lo seguían y le servían cuando estaba en Galilea; y otras muchas que habían subido con Él a Jerusalem.
42 Llegado ya el anochecer, puesto que era día de Preparación, es decir, la víspera del sábado,
43 vino José de Arimatea, un miembro respetable del Sanedrín, el cual también esperaba el reino de Dios, y entró osadamente ante Pilato y pidió el cuerpo de Jesús.
44 Pilato se sorprendió de que ya hubiera muerto, y llamando al centurión le preguntó si ya había muerto.
45 E informado por el centurión, concedió el cadáver a José,
46 quien habiendo comprado una sábana, lo bajó, lo envolvió en la sábana y lo puso en un sepulcro que estaba excavado en una roca, e hizo rodar una piedra contra la entrada del sepulcro.
47 Y Miriam de Magdala, y Miriam, la de José, observaban dónde era puesto.
1 Pasado el sábado, Miriam de Magdala, Miriam, la de Jacobo, y Salomé, compraron especias aromáticas para ir a ungirlo.
2 Muy de madrugada, en el primer día de la semana, llegan al sepulcro cuando ya había salido el sol,
3 y se decían unas a otras: ¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?
4 (Porque era demasiado grande.) Pero cuando levantan la vista, observan que la piedra ha sido rodada.
5 Y entrando en el sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha, vestido de una larga ropa blanca, y quedaron atónitas de espanto.
6 Pero él les dice: No os atemoricéis. Buscáis a Jesús nazareno, el que fue crucificado. No está aquí, ha resucitado: Ved el lugar donde lo pusieron.
7 Pero id, decid a sus discípulos y a Pedro que va delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis, como os dijo.
8 Y salieron huyendo del sepulcro, pues se había apoderado de ellas un temblor y espanto, y a nadie dijeron nada, porque tuvieron temor.
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