1

1 Libro de la genealogía de Jesús, el Mesías, hijo de David, hijo de Abraham:

2 Abraham engendró a Isaac, e Isaac engendró a Jacob, y Jacob engendró a Judá y a sus hermanos,

3 y Judá engendró de Tamar a Fares y a Zara, y Fares engendró a Esrom, y Esrom engendró a Aram,

4 y Aram engendró a Aminadab, y Aminadab engendró a Naasón, y Naasón engendró a Salmón,

5 y Salmón engendró de Rahab a Booz, y Booz engendró de Rut a Obed, y Obed engendró a Isaí,

6 e Isaí engendró al rey David; y de la de Urías, David engendró a Salomón,

7 y Salomón engendró a Roboam, y Roboam engendró a Abías, y Abías engendró a Asa,

8 y Asa engendró a Josafat, y Josafat engendró a Joram, y Joram engendró a Uzías,

9 y Uzías engendró a Jotam, y Jotam engendró a Acaz, y Acaz engendró a Ezequías,

10 y Ezequías engendró a Manasés, y Manasés engendró a Amón, y Amón engendró a Josías,

11 y Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos en el tiempo de la deportación babilónica.

12 Y después de la deportación babilónica, Jeconías engendró a Salatiel, y Salatiel engendró a Zorobabel,

13 y Zorobabel engendró a Abiud, y Abiud engendró a Eliaquim, y Eliaquim engendró a Azor,

14 y Azor engendró a Sadoc, y Sadoc engendró a Aquim, y Aquim engendró a Eliud,

15 y Eliud engendró a Eleazar, y Eleazar engendró a Matán, y Matán engendró a Jacob,

16 y Jacob engendró a José, el marido de Miriam, de la cual nació Jesús, llamado el Mesías.

17 De manera que todas las generaciones desde Abraham hasta David son catorce generaciones, y desde David hasta la deportación babilónica, catorce generaciones, y desde la deportación babilónica hasta el Mesías, catorce generaciones.

18 Ahora bien, el nacimiento de Jesús el Mesías fue así: Estando desposada su madre Miriam con José, antes que se juntaran, fue hallada encinta del Espíritu Santo.

19 Y José su marido, que era justo, pero no quería exponerla a la vergüenza pública, se propuso repudiarla en secreto.

20 Y pensando él en esto, he aquí un ángel del Señor se le apareció en sueños diciendo: José, hijo de David, no temas recibir a Miriam tu mujer, porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo.

21 Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados.°

22 Y todo esto aconteció para que se cumpliera lo dicho por el Señor mediante el profeta, cuando dice:

23 He aquí, la virgen quedará encinta y dará a luz un hijo, Y le pondrán por nombre Emmanuel, Que interpretado es: Con nosotros Dios.

24 Y levantándose José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer,

25 pero no la conocía hasta que dio a luz un hijo, y llamó su nombre Jesús.

2

1 Después que Jesús nació en Bet-léhem de Judea en días del rey Herodes, he aquí unos magos del oriente llegaron a Jerusalem,

2 diciendo: ¿Dónde está el que ha nacido Rey de los judíos? Porque vimos su estrella en el oriente y vinimos a adorarlo.

3 Pero al oír esto, el rey Herodes se turbó, y toda Jerusalem con él.

4 Y habiendo convocado a todos los principales sacerdotes y a los escribas del pueblo, les preguntaba dónde había de nacer el Mesías.

5 Y ellos le dijeron: En Bet-léhem de Judea, porque así está escrito por el profeta:

6 Y tú, Bet-léhem, tierra de Judá, De ningún modo eres la menor entre los príncipes de Judá, Porque de ti saldrá un Caudillo que apacentará a mi pueblo Israel.

7 Entonces Herodes, llamando en secreto a los magos, indagó diligentemente de parte de ellos el tiempo de la aparición de la estrella.

8 Y enviándolos a Bet-léhem, dijo: Id, informaos diligentemente acerca del niño, y tan pronto como lo hayáis encontrado, avisadme para que yo también vaya a adorarlo.

9 Después de oír al rey, ellos se fueron, y he aquí la estrella que vieron en el oriente los precedía, hasta que llegó y se detuvo sobre donde estaba el niño.

10 Entonces, al ver la estrella, se regocijaron con un grande gozo,

11 y entrando en la casa, vieron al niño con su madre Miriam, y postrándose lo adoraron; luego abrieron sus tesoros y le ofrecieron como presentes oro, incienso y mirra.

12 Pero siendo advertidos en sueños que no volvieran a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino.

13 Después que ellos regresaron, he aquí un ángel del Señor se aparece en sueños a José, diciendo: Al levantarte, toma al niño y a su madre, y huye a Egipto, y permanece allá hasta que yo te diga, porque Herodes está buscando al niño para destruirlo.

14 Y él, levantándose, tomó de noche al niño y a su madre y se fue a Egipto.

15 Y allá se quedó hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo dicho por el Señor mediante el profeta, cuando declara: De Egipto llamé a mi hijo.

16 Herodes, al verse burlado por los magos, se enfureció sobremanera, y enviando soldados, mató a todos los niños menores de dos años en Bet-léhem y en sus alrededores, conforme al tiempo que particularmente había indagado de los magos.

17 Cumpliose entonces lo dicho por el profeta Jeremías, cuando dijo:

18 Una voz fue oída en Ramá, Llanto y gran lamentación: Raquel llorando por sus hijos, Y no quería ser consolada, porque ya no existen.

19 Pero cuando Herodes murió, he aquí un ángel del Señor aparece en sueños a José en Egipto,

20 diciendo: Al levantarte, toma al niño y a su madre, y vete a tierra de Israel, porque han muerto los que buscaban la vida del niño.

21 Levantándose pues, tomó al niño y a su madre, y entró en tierra de Israel.

22 Pero cuando oyó que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, tuvo temor de ir allá, y siendo avisado por revelación en sueños, se retiró a la región de Galilea.

23 Cuando llegó allí, se estableció en un pueblo llamado Nazaret, para que se cumpliera lo dicho por los profetas: Será llamado nazareno.

3

1 En aquellos días se presentó Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea,

2 diciendo: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado.

3 Pues éste es el anunciado por el profeta Isaías, cuando dice: Voz de uno que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, Haced llanas sus sendas.

4 Y este Juan tenía su vestido de pelos de camello y un cinto de cuero alrededor de su cintura, y su comida era langostas y miel silvestre.

5 Y acudían a él Jerusalem y toda la Judea, y toda la región en torno al Jordán,

6 y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados.

7 Pero al ver que muchos fariseos y saduceos venían a su bautismo, les dijo: ¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la inminente ira venidera?

8 Dad, pues, frutos dignos de arrepentimiento,

9 y no digáis entre vosotros: A Abraham tenemos por padre, porque os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham de estas piedras.

10 Y ya está puesta el hacha a la raíz de los árboles, de modo que todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al fuego.

11 Yo ciertamente os bautizo con agua para arrepentimiento, pero el que viene después de mí es más poderoso que yo, cuyas sandalias no soy digno de llevar. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.

12 Tiene su aventador en la mano y limpiará bien su era. Recogerá su trigo en el granero y quemará la paja con fuego inextinguible.

13 Llega entonces Jesús desde Galilea al Jordán, donde estaba Juan, para ser bautizado por él.

14 Pero él trataba de impedírselo diciendo: Soy yo el que necesita ser bautizado por Ti, ¿y Tú vienes a mí?

15 Pero respondiendo Jesús, le dijo: Deja ahora, porque así nos es conveniente cumplir toda justicia. Entonces lo dejó.

16 Y Jesús, después que fue bautizado, subió enseguida del agua, y he aquí se abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios descendiendo como una paloma que venía sobre Él.

17 Y he aquí una voz de los cielos que decía: Este es mi Hijo, el amado, en quien me complací.

4

1 Entonces Jesús fue impulsado por el Espíritu a subir al desierto para ser tentado por el diablo.

2 Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre.

3 Y llegando el tentador, le dijo: Ya que eres Hijo de Dios, dí que estas piedras se conviertan en panes.

4 Pero Él, respondiendo, dijo: Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.

5 Entonces el diablo lo lleva hasta la santa ciudad, lo puso en pie sobre el pináculo del Templo,

6 y le dice: Ya que eres Hijo de Dios, échate abajo, porque está escrito: A sus ángeles mandará acerca de ti. Y: En sus manos te llevarán, Para que tu pie jamás tropiece en piedra.

7 Jesús le dijo: También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios.

8 Nuevamente lo lleva el diablo, esta vez a un monte muy alto, y le muestra todos los reinos del mundo y la gloria de ellos,

9 y le dijo: Todo esto te daré si te postras y me adoras.

10 Pero Jesús le dice: Vete, Satanás, porque está escrito: Al Señor tu Dios adorarás, y a Él solo servirás.

11 Entonces lo deja el diablo, y he aquí unos ángeles se acercaron y le servían.

12 Cuando oyó que Juan había sido encarcelado, se retiró a Galilea,

13 y dejando Nazaret, habitó en Cafarnaúm, la de junto al mar, en los confines de Zabulón y de Neftalí,

14 para que se cumpliera lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo:

15 Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, Camino del mar, más allá del Jordán, Galilea de los gentiles.

16 El pueblo asentado en tinieblas vio gran luz, Y a los asentados en región y sombra de muerte, Una luz les amaneció.

17 Desde entonces comenzó Jesús a predicar y decir: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado.

18 Andando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos: Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés, que echaban una jábega en el mar, porque eran pescadores.

19 Les dice: Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres.

20 Y ellos, dejando al instante las redes, lo siguieron.

21 Y pasando de allí adelante, vio a otros dos hermanos: Jacobo, el de Zebedeo, y Juan su hermano, que remendaban sus redes en la barca con su padre Zebedeo. Y los llamó.

22 Y ellos, dejando al instante la barca y a su padre, lo siguieron.

23 Y recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas de ellos, proclamando el Evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.

24 Y su fama se difundió por toda Siria, y le trajeron a todos los que padecían males, afligidos por diversas enfermedades y tormentos, endemoniados, lunáticos, y paralíticos; y los sanó.

25 Y grandes multitudes lo siguieron desde Galilea y Decápolis, y desde Jerusalem y Judea, y desde más allá del Jordán.

5

1 Al ver las multitudes, subió al monte, y cuando se hubo sentado, se acercaron a Él sus discípulos,

2 y abriendo su boca, les enseñaba diciendo:

3 Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

4 Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

5 Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.

6 Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.

7 Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

8 Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.

9 Bienaventurados los que procuran la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

10 Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

11 Bienaventurados sois cuando os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros por causa de mí.

12 Alegraos y gozaos, pues vuestro galardón es grande en los cielos, porque así persiguieron a los profetas antes de vosotros.

13 Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve insípida, ¿con qué será salada? Para nada es buena ya, sino para ser echada fuera y pisoteada por los hombres.

14 Vosotros sois la luz del mundo. Una ciudad asentada sobre un monte no puede ser escondida.

15 Tampoco encienden una lámpara y la ponen debajo del almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en la casa.

16 Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, de forma que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.

17 No penséis que vine a abrogar la Ley o los Profetas; no vine a abrogar, sino a dar cumplimiento.

18 Porque de cierto os digo: Hasta que pase el cielo y la tierra, de ningún modo pasará una jota, ni un trazo de letra de la Ley, hasta que todo se haya cumplido.

19 Por tanto, cualquiera que suprima uno solo de estos mandamientos más pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos, pero cualquiera que los practique y enseñe, éste será llamado grande en el reino de los cielos.

20 Porque os digo que si vuestra justicia no fuera mayor que la de los escribas y fariseos, de ningún modo entraréis en el reino de los cielos.

21 Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que mate, quedará expuesto al juicio.

22 Pero Yo os digo que cualquiera que se enfurezca contra su hermano quedará expuesto al juicio, y cualquiera que diga a su hermano: ¡Raca!, quedará expuesto ante el Sanedrín, y cualquiera que diga: ¡Moré!, quedará expuesto al fuego del infierno.

23 Por lo tanto, si estás presentando tu ofrenda en el Altar, y allí recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti,

24 deja allí tu ofrenda ante el Altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y luego regresa y presenta tu ofrenda.

25 Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, mientras estás con él en el camino, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel.

26 De cierto te digo que de ninguna manera saldrás de allí hasta que pagues el último cuadrante.

27 Oísteis que fue dicho: No adulterarás;

28 pero Yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón.

29 Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo y échalo de ti; porque más te conviene que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno.

30 Y si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala y échala de ti; pues más te conviene que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo se vaya al infierno.

31 Fue dicho: Cualquiera que repudie a su mujer, dele carta de divorcio.

32 Pero Yo os digo que cualquiera que repudia a su mujer, salvo por causa de fornicación, hace que ella adultere, y cualquiera que se case con una repudiada, adultera.

33 Oísteis además que fue dicho a los antiguos: No perjurarás, sino que cumplirás al Señor tus juramentos.

34 Pero Yo os digo: No juréis de ningún modo: ni por el cielo, porque es el trono de Dios,

35 ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies, ni hacia Jerusalem, porque es la ciudad del gran Rey;

36 no jures ni por tu cabeza, pues no puedes hacer blanco o negro un solo cabello.

37 Pero sea vuestro hablar: Sí, sí. No, no. Porque lo que es más de esto procede del mal.

38 Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente;

39 pero Yo os digo: No resistáis al malvado; más bien, al que te golpea en la mejilla derecha, vuélvele también la otra.

40 Al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa,

41 y a cualquiera que te obligue a andar una milla, vé con él dos;

42 al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no le vuelvas la espalda.

43 Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo;

44 pero Yo os digo: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen;

45 para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos.

46 Porque si amáis a los que os aman, ¿qué galardón tenéis? ¿Acaso no hacen también lo mismo los publicanos?

47 Y si sólo saludáis a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿Acaso no hacen también así los gentiles?

48 Vosotros pues sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.

6

1 Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos, de otra manera, no tenéis galardón de vuestro Padre que está en los cielos.

2 Cuando pues des limosna, no toques trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres. De cierto os digo que ya están recibiendo toda su recompensa.

3 Pero tú, cuando des limosna, no sepa tu izquierda qué hace tu derecha,

4 para que así tu limosna sea en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

5 Cuando estéis orando, no seáis como los hipócritas, que aman orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas para exhibirse ante los hombres. De cierto os digo que ya están recibiendo toda su recompensa.

6 Pero tú, cuando ores, entra en tu aposento interior, cierra con llave tu puerta y ora a tu Padre que está en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

7 Y orando, no parloteéis vanamente como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos.

8 No seáis pues semejantes a ellos, porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad antes que vosotros le pidáis.

9 Vosotros pues, orad así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre.

10 Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, también en la tierra.

11 El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy,

12 y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores.

13 Y no nos metas en prueba, mas líbranos del mal.

14 Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, también vuestro Padre celestial os perdonará,

15 pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas.

16 Cuando estéis ayunando, no seáis como los hipócritas, que desfiguran sus rostros, sombríos, para demostrar a los hombres que están ayunando. De cierto os digo, ya están recibiendo toda su recompensa.

17 Pero cuando tú ayunes, úngete la cabeza y lávate la cara,

18 para que no parezca a los hombres que ayunas, sino a tu Padre que está en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

19 No acumuléis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde los ladrones irrumpen y hurtan,

20 sino acumulaos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde los ladrones no irrumpen ni hurtan,

21 porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón.

22 La lámpara del cuerpo es el ojo. Así que, si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará lleno de luz.

23 Pero si tu ojo es maligno, todo tu cuerpo estará sumido en tinieblas, y si la luz que hay en ti es oscuridad, ¿cuánto más no lo serán las tinieblas mismas?

24 Ninguno puede servir a dos señores, porque aborrecerá al uno y amará al otro, o se apegará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a Mamón.

25 Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer, ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?

26 Mirad las aves del cielo, que no siembran ni siegan, ni recogen en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?

27 Y ¿quién de vosotros puede, aun afanándose, añadir a su estatura un solo codo?

28 También en cuanto al vestido, ¿por qué os afanáis? Considerad atentamente los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan con fatiga, ni hilan,

29 pero os digo que ni Salomón en todo su esplendor se vistió como uno solo de éstos.

30 Y si la hierba del campo, que hoy existe y mañana es echada al horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, oh hombres de poca fe?

31 No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o con qué seremos vestidos?

32 Porque los gentiles buscan con afán todas esas cosas, pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas ellas.

33 Buscad, pues, primeramente el reino y la justicia de Él, y todas estas cosas os serán añadidas.

34 Y no os afanéis por el mañana, porque el mañana se preocupa de sí mismo. Basta a cada día su propio mal.

7

1 No juzguéis, para que no seáis juzgados;

2 porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido.

3 ¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no consideras la viga que está en tu ojo?

4 O, ¿cómo dirás a tu hermano: Deja que saque la paja de tu ojo, y he aquí la viga en tu propio ojo?

5 ¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano.

6 No deis lo santo a los perros ni echéis vuestras perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen con sus patas y se vuelvan y os despedacen.

7 Pedid y se os dará, buscad y ha-llaréis, llamad a la puerta y se os abrirá.

8 Porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama a la puerta, se le abre.

9 O ¿qué hombre hay de vosotros, que si su hijo le pide un pan, le dará una piedra?

10 O si le pide un pescado, ¿le dará acaso una serpiente?

11 Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre celestial dará cosas buenas a los que le piden!

12 Así que, todo cuanto queráis que os hagan los hombres, así también hacedles vosotros, porque ésta es la Ley y los Profetas.

13 Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y espacioso el camino que conduce a la perdición, y muchos son los que entran por ella.

14 ¡Cuán estrecha es la puerta, y angosto el camino que conduce a la vida! Pocos son los que la hallan.

15 Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces.

16 Por sus frutos los reconoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos?

17 Así, todo árbol bueno da frutos buenos, pero el árbol malo da frutos malos.

18 No puede un árbol bueno dar frutos malos, ni un árbol malo dar frutos buenos.

19 Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado al fuego.

20 Así que, por sus frutos los reconoceréis.

21 No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.

22 Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu Nombre, y en tu Nombre echamos fuera demonios, y en tu Nombre hicimos muchos milagros?

23 Entonces les protestaré: Nunca os conocí. ¡Apartaos de mí, hacedores de maldad!

24 Cualquiera pues que me oye estas palabras y las practica, será comparado a un varón prudente, que edificó su casa sobre la roca,

25 y cayó la lluvia, y vinieron los torrentes, y soplaron los vientos y golpearon contra aquella casa, pero no cayó, porque estaba cimentada sobre la roca.

26 Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, será comparado a un varón insensato que edificó su casa sobre la arena,

27 y cayó la lluvia, y vinieron los torrentes, y soplaron los vientos, e irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina.

28 Y sucedió que cuando Jesús terminó estas palabras, las multitudes quedaron asombradas de su enseñanza,

29 porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas de ellos.

8

1 Cuando descendió del monte, lo siguieron grandes multitudes.

2 Y he aquí un leproso, se acercó, y se postraba ante Él diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme.

3 Y extendiendo la mano lo tocó diciendo: Quiero, sé limpio. Y al instante fue limpiada su lepra.

4 Entonces Jesús le dice: Mira, no lo digas a nadie, solamente vé y muéstrate al sacerdote y presenta la ofrenda que ordenó Moisés, para testimonio a ellos.

5 Cuando Él entró en Cafarnaúm, se le acercó un centurión, rogándole y diciendo:

6 Señor, mi siervo yace en la casa paralítico, gravemente atormentado.

7 Le dice: Yo iré y lo sanaré.

8 Pero el centurión, respondiendo, dijo: Señor, no soy digno que entres bajo mi techo, pero sólo dilo de palabra, y mi siervo será sanado,

9 porque aun yo, siendo hombre bajo autoridad, tengo soldados sujetos a mí, y digo a éste: Vé, y va; y a otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace.

10 Al oírlo, Jesús se maravilló y dijo a los que lo seguían: De cierto os digo, en nadie en Israel he hallado tanta fe.

11 Y os digo que muchos vendrán del oriente y del occidente y se reclinarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos,

12 pero los hijos del reino serán echados a las tinieblas del más allá. Allí será el llanto y el crujido de los dientes.

13 Entonces dijo Jesús al centurión: Vé, que se te haga como has creído. Y el siervo quedó sano en aquella hora.

14 Y llegando Jesús a la casa de Pedro, vio a la suegra de éste postrada en cama y con fiebre,

15 y tocando su mano, la fiebre la dejó; y fue levantada, y le servía.

16 Al atardecer le trajeron muchos endemoniados, y con su palabra echó los demonios y sanó a todos los enfermos,

17 para que se cumpliera lo dicho por el profeta Isaías, que dice: Él tomó nuestras debilidades y llevó las enfermedades.

18 Viendo Jesús una muchedumbre a su alrededor, mandó pasar a la orilla opuesta.

19 Y cierto escriba se acercó y le dijo: Maestro, te seguiré a dondequiera que vayas.

20 Jesús le dice: Las zorras tienen guaridas y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza.

21 Y otro de los discípulos le dijo: Señor, permíteme primero ir y enterrar a mi padre.

22 Jesús le dice: Sígueme, deja que los muertos entierren a sus muertos.

23 Y entrando en la barca, sus discípulos lo siguieron.

24 Y de pronto se levantó en el mar una gran tormenta, tanto que la barca era cubierta por las olas; pero Él dormía.

25 Y acercándose, lo despertaron, diciendo: ¡Señor, salva, que perecemos!

26 Les dice: ¡Hombres de poca fe!, ¿por qué estáis temerosos? Y se levantó y reprendió a los vientos y al mar, y sobrevino una gran bonanza.

27 Y los hombres se maravillaron, diciendo: ¿Quién es éste, que aun los vientos y el mar le obedecen?

28 Al llegar a la otra orilla, a la región de los gadarenos, vinieron a su encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros, furiosos en extremo; tanto que nadie podía pasar por aquel camino.

29 Y de súbito gritaron, diciendo: ¿Qué tienes con nosotros, Hijo de Dios? ¿Viniste acá antes de tiempo para atormentarnos?

30 Y, lejos de ellos, estaba paciendo una piara de muchos cerdos;

31 y los demonios le rogaban, diciendo: Si nos echas, envíanos a la piara de cerdos.

32 Y les dijo: Id. Y ellos salieron y se fueron a los cerdos, y he aquí toda la piara se precipitó por el despeñadero al mar, y perecieron en las aguas.

33 Y los que los apacentaban huyeron, y al llegar a la ciudad contaron todas las cosas acerca de los endemoniados.

34 Y todo el pueblo salió entonces al encuentro de Jesús, y al verlo, le rogaron que se alejara de sus contornos.

9

1 Y entrando en una barca, pasó a la otra orilla y fue a su propia ciudad.

2 Y he aquí le trajeron un paralítico, echado en un catre, y viendo Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Ten ánimo, hijo, tus pecados te son perdonados.

3 Pero algunos de los escribas decían dentro de sí: Éste blasfema.

4 Y viendo Jesús sus pensamientos, dijo: ¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones?

5 Porque, ¿qué es más fácil, decir: Tus pecados son perdonados, o decir: Levántate y anda?

6 Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene en la tierra autoridad de perdonar pecados (dice entonces al paralítico): ¡Levántate, toma tu catre y vete a tu casa!

7 Y él, siendo levantado, se fue a su casa.

8 Al ver esto, las multitudes tuvieron temor y glorificaron a Dios, porque había dado tal autoridad a los hombres.

9 Pasando de allí, Jesús vio a un hombre sentado en el lugar de los tributos, llamado Mateo, y le dice: Sígueme. Y levantándose, lo siguió.

10 Y aconteció que estando Él reclinado a la mesa en la casa, he aquí que muchos publicanos y pecadores llegaron y se reclinaron a la mesa con Jesús y sus discípulos.

11 Y viendo esto, los fariseos decían a sus discípulos: ¿Por qué vuestro maestro come con los publicanos y pecadores?

12 Pero cuando Él lo oyó, dijo: No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos.

13 ¡Id y aprended qué significa: Misericordia quiero y no sacrificio!, porque no vine a llamar a justos sino a pecadores.

14 Llegaron a Él los discípulos de Juan, diciendo: ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos, y tus discípulos no ayunan?

15 Jesús les dijo: ¿Acaso los que asisten al esposo pueden tener luto mientras el esposo está con ellos? Pero vendrán días cuando les sea quitado el esposo; entonces ayunarán.

16 Nadie pone un remiendo de paño nuevo sobre un vestido viejo, pues tal remiendo tira del vestido, y se hace una rotura peor.

17 Ni echan un vino nuevo en odres viejos; de otra manera, los odres se revientan y el vino se derrama, y se echan a perder los odres; sino que echan un vino nuevo en odres nuevos, y ambos se conservan juntamente.

18 Mientras Él les hablaba estas cosas, de pronto llegó un principal y se postraba ante Él, diciendo: Mi hija acaba de morir, pero ven, pon tu mano sobre ella, y vivirá.

19 Y levantándose Jesús lo siguió, juntamente con sus discípulos.

20 Y he aquí una mujer enferma de flujo de sangre desde hacía doce años, se acercó por detrás y agarró el borde de su manto.

21 (Porque decía dentro de sí: Si sólo agarro su manto, seré sanada.)

22 Jesús entonces volviéndose, la miró y le dijo: ¡Ten ánimo, hija, tu fe te ha salvado! Y la mujer fue salva desde aquella hora.

23 Cuando llegó a la casa del principal, viendo a los flautistas y a la muchedumbre que alborotaba,

24 Jesús les dijo: Retiraos, porque la muchacha no ha muerto, sino que duerme. Pero se burlaban de Él.

25 Mas cuando la muchedumbre fue echada fuera, entró y tomó a la muchacha de la mano, y fue levantada.

26 Y se difundió la fama de ello por toda aquella tierra.

27 Y pasando Jesús de allí, lo siguieron dos ciegos diciendo a gritos: ¡Ten misericordia de nosotros, Hijo de David!

28 Y llegando a la casa, acudieron a Él los ciegos. Jesús les dice: ¿Creéis que puedo hacer esto? Le respondieron: Sí, Señor.

29 Entonces les tocó los ojos, diciendo: Conforme a vuestra fe os sea hecho.

30 Y se les abrieron los ojos. Y Jesús les encargó rigurosamente, diciendo: Mirad que nadie lo sepa.

31 Pero ellos, en cuanto salieron, divulgaron su fama en toda aquella tierra.

32 Al salir ellos, he aquí le trajeron un mudo endemoniado.

33 Y echado fuera el demonio, el mudo habló, y la multitud, asombrada, exclamó: ¡Nunca se vio cosa igual en Israel!

34 Pero los fariseos decían: Éste echa fuera los demonios por el príncipe de los demonios.

35 Jesús recorría todas las ciudades y las aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, proclamando el Evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia.

36 Y viendo las multitudes, se le enternecieron las entrañas por ellas, porque estaban agotadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor.

37 Entonces dijo a sus discípulos: A la verdad la mies es mucha, pero los obreros pocos.

38 Rogad pues al Señor de la mies, para que envíe obreros a su mies.

10

1 Y llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad sobre los espíritus inmundos para que los echaran fuera y sanaran toda enfermedad y toda dolencia.

2 Los nombres de los doce apóstoles son éstos: el primero Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano, y Jacobo, el de Zebedeo, y Juan su hermano;

3 Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo el publicano, Jacobo, el de Alfeo, y Tadeo;

4 Simón el cananita, y Judas Iscariote, el que lo entregó.

5 A estos doce envió Jesús, y les ordenó, diciendo: No vayáis a los gentiles ni entréis en la región de Samaria,

6 sino id antes a las ovejas perdidas de la casa de Israel.

7 Id pues, y proclamad diciendo: El reino de los cielos se ha acercado.

8 Sanad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia.

9 No os proveáis de oro ni de plata ni de cobre en vuestros cintos,

10 ni de alforja para el camino ni de dos túnicas, ni de sandalias ni de bordón, porque digno es el obrero de su alimento.

11 En cualquier ciudad o aldea donde entréis, informaos quién es digno en ella, y posad allí hasta que salgáis.

12 Y al entrar en la casa, saludadla.

13 Si en verdad la casa es digna, repose vuestra paz sobre ella, pero si no es digna, vuélvase vuestra paz a vosotros.

14 Y cualquiera que no os reciba, ni oiga vuestras palabras, al salir de aquella casa o ciudad, sacudid el polvo de vuestros pies.

15 De cierto os digo que en el día del juicio, será más tolerable para la tierra de Sodoma y de Gomorra que para aquella ciudad.

16 He aquí, Yo os envío como a ovejas en medio de lobos. Sed pues prudentes como serpientes, y sencillos como palomas.

17 Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los sanedrines y en sus sinagogas os azotarán.

18 Aun ante gobernadores y reyes seréis llevados por causa de mí, para testimonio a ellos y a los gentiles.

19 Y cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué habéis de hablar, porque en esa hora os será dado lo que habéis de hablar,

20 pues no sois vosotros quienes habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que habla en vosotros.

21 El hermano entregará a muerte al hermano, y el padre al hijo, y los hijos se rebelarán contra los padres, y los matarán.

22 Y seréis aborrecidos por todos a causa de mi Nombre, pero el que haya perseverado hasta el fin, éste será salvo.

23 Y cuando os persigan en esta ciudad, huid a la otra; porque de cierto os digo: No terminaréis de recorrer las ciudades de Israel, hasta que venga el Hijo del Hombre.

24 Un discípulo no está por encima del maestro, ni un siervo por encima de su señor.

25 Basta al discípulo que llegue a ser como su maestro, y al siervo como su señor. Si al amo de la casa llamaron Beelzebú, ¡cuánto más a los de su casa!

26 Así que, no los temáis, porque nada hay encubierto que no haya de ser manifestado, ni oculto, que no haya de saberse.

27 Lo que os digo en la oscuridad decidlo en la luz, y lo que oís al oído, proclamadlo desde las azoteas.

28 No temáis a los que matan el cuerpo pero al alma no pueden matar, temed más bien al que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno.

29 ¿Acaso no se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre.

30 Y en cuanto a vosotros, aun los cabellos de la cabeza, todos están contados.

31 Así que, no temáis, más valéis vosotros que muchos pajarillos.

32 Cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, Yo también lo confesaré delante de mi Padre celestial;

33 pero cualquiera que me niegue delante de los hombres, Yo también lo negaré delante de mi Padre que está en los cielos.

34 No penséis que vine a traer paz a la tierra. No vine a traer paz, sino espada.

35 Porque vine para poner en disensión al hombre contra su padre, y a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra,

36 y los enemigos del hombre serán los de su casa.

37 El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí;

38 y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí.

39 El que halló su vida la perderá, y el que perdió su vida por causa de mí, la hallará.

40 El que os recibe, a mí me recibe, y el que a mí me recibe, recibe al que me envió.

41 El que recibe a un profeta por el nombre de profeta, recibirá recompensa de profeta, y el que recibe a un justo por el nombre de justo, recibirá recompensa de justo.

42 Y cualquiera que dé a beber tan sólo un vaso de agua fría a uno de estos pequeños, por cuanto es discípulo, de cierto os digo que de ningún modo perderá su recompensa.

11

1 Sucedió que cuando Jesús terminó de dar instrucciones a sus doce discípulos, se fue de allí a enseñar y a predicar en sus ciudades.

2 Entonces Juan, al oír en la cárcel los hechos del Mesías, envió a decirle por medio de sus discípulos:

3 ¿Eres tú el que ha de venir o esperaremos a otro?

4 Respondiendo Jesús, les dijo: Id, e in-formad a Juan las cosas que oís y veis:

5 Los ciegos recobran la vista y los cojos andan, los leprosos son limpiados y los sordos oyen, los muertos son resucitados y los pobres son evangelizados,

6 y bienaventurado es todo el que no se escandalice en mí.

7 Y mientras ellos se iban, Jesús comenzó a decir a las multitudes acerca de Juan: ¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Una caña sacudida por el viento?

8 ¿Qué salisteis a ver? ¿A un hombre cubierto de fino ropaje? Mirad, los que llevan ropas finas están en las casas de los reyes.

9 Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os digo, mucho más que un profeta.

10 Éste es de quien se ha escrito: He aquí, Yo envío mi mensajero delante de tu faz, El cual preparará tu camino delante de Ti.

11 De cierto os digo: Entre los nacidos de mujeres, no ha sido levantado uno mayor que Juan el Bautista, pero el más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él.

12 Pero desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo toman por la fuerza.

13 Porque todos los profetas y la Ley profetizaron hasta Juan,

14 y si queréis aceptarlo, él es Elías, el que estaba a punto de venir.

15 El que tiene oídos, oiga.

16 ¿A qué, pues, compararé esta generación? Es semejante a niños sentados en las plazas que, dando voces a otros, dicen:

17 Os tocamos flauta y no bailasteis, endechamos, y no lamentasteis.

18 Porque vino Juan, que no come ni bebe, y dicen: ¡Demonio tiene!

19 Vino el Hijo del Hombre comiendo y bebiendo, y dicen: ¡He aquí un hombre comilón y bebedor de vino, amigo de publicanos y pecadores! Pero la sabiduría es justificada por sus obras.

20 Entonces comenzó a reconvenir a las ciudades en las cuales se habían hecho la mayoría de sus milagros, porque no se arrepintieron:

21 ¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y Sidón se hubieran hecho los milagros que se hicieron en vosotras, hace tiempo que se habrían arrepentido en cilicio y ceniza.

22 Por tanto os digo: En el día del juicio, será más tolerable para Tiro y Sidón que para vosotras.

23 Y tú, Cafarnaúm, ¿acaso serás exaltada hasta el cielo? ¡Hasta el Hades serás abatida! Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que se hicieron en ti, habría permanecido hasta hoy.

24 Por tanto os digo que en el día del juicio, será más tolerable para la tierra de Sodoma que para ti.

25 En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de sabios y entendidos, y las revelaste a los niños.

26 Sí, Padre, porque así fue de tu agrado.

27 Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre. Nadie conoce plenamente al Hijo sino el Padre, y nadie conoce plenamente al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar.

28 Venid a mí todos los que estáis trabajados y agobiados, y Yo os haré descansar.

29 Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas,

30 porque mi yugo es fácil y ligera mi carga.

12

1 En aquel tiempo, iba Jesús por los sembrados y sus discípulos tuvieron hambre, y comenzaron a espigar y a comer.

2 Al verlo los fariseos, le dijeron: Mira, tus discípulos están haciendo lo que no es lícito hacer en sábado.

3 Y Él les dijo: ¿No habéis leído qué hizo David y los que estaban con él cuando tuvo hambre,

4 Cómo entró en la Casa de Dios y comieron los panes de la proposición, que no le era lícito comer a él ni a los que estaban con él, sino sólo a los sacerdotes?

5 ¿O no leísteis en la Ley, que en los sábados los sacerdotes en el Templo profanan el sábado, y son sin culpa?

6 Pues os digo que algo mayor que el Templo está aquí.

7 Y si hubierais comprendido qué significa: Misericordia quiero, y no sacrificio, no habríais condenado a los inocentes,

8 porque el Hijo del Hombre es Señor del sábado.

9 Y pasando de allí, entró en la sinagoga de ellos.

10 Y había un hombre que tenía seca una mano, y para poder acusarlo, le preguntaron, diciendo: ¿Es lícito sanar en sábado?

11 Y Él les dijo: ¿Qué hombre hay de vosotros que teniendo una oveja, si ésta cae en un hoyo en sábado, no le echará mano y la sacará?

12 Pues, ¡cuánto más vale un hombre que una oveja! De manera que es lícito hacer bien en los sábados.

13 Y dijo al hombre: Extiende tu mano. Y la extendió y fue restaurada sana como la otra.

14 Pero una vez que los fariseos salieron, tuvieron consejo contra Él para que lo destruyeran.

15 Y Jesús, sabiéndolo, se apartó de allí, pero muchos lo siguieron, y los sanó a todos.

16 Y les advirtió estrictamente que no lo descubrieran,

17 para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías, cuando dice:

18 He aquí mi Siervo, a quien escogí, Mi Amado, en quien se complació mi alma. Pondré mi Espíritu sobre Él, Y a los gentiles anunciará juicio.

19 No contenderá, ni voceará, Ni nadie oirá su voz en las plazas.

20 No quebrará la caña cascada, Ni apagará la mecha que humea, Hasta que saque a victoria el juicio.

21 Y en su Nombre esperarán los gentiles.

22 Entonces le fue llevado un endemoniado, ciego y mudo; y lo sanó, de tal manera que el mudo hablaba y veía.

23 Y todas las multitudes estaban asombradas, y decían: ¿No será éste el Hijo de David?

24 Pero los fariseos, al oírlo, dijeron: Éste no echa fuera los demonios sino por Beelzebúl, príncipe de los demonios.

25 Sabiendo sus pensamientos, les dijo: Todo reino dividido contra sí mismo es asolado, y toda ciudad o casa dividida contra sí misma, no quedará en pie.

26 Entonces, si Satanás echa fuera a Satanás, está dividido contra sí mismo, ¿cómo, pues, permanecerá su reino?

27 Y si Yo echo fuera los demonios por Beelzebúl, ¿por quién los echan vuestros hijos? Por tanto, ellos serán vuestros jueces.

28 Pero, si por el Espíritu de Dios echo Yo fuera los demonios, entonces llegó a vosotros el reino de Dios.

29 ¿O cómo puede alguno entrar en la casa del fuerte y arrebatar sus bienes, si primero no ata al fuerte? Y entonces saqueará su casa.

30 El que no está conmigo, está contra mí, y el que conmigo no recoge, desparrama.

31 Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia serán perdonados a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada.

32 Cualquiera que diga una palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonada; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero.

33 Haced el árbol bueno y su fruto bueno, o haced el árbol malo y su fruto malo, porque por el fruto es conocido el árbol.

34 ¡Generación de víboras! ¿Cómo podéis hablar cosas buenas siendo malos? Porque de la abundancia del corazón habla la boca.

35 El hombre bueno, del tesoro bueno saca cosas buenas; y el hombre malo, del tesoro malo saca cosas malas.

36 Y Yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio,

37 porque por tus palabras serás justificado y por tus palabras serás condenado.

38 Entonces algunos de los escribas y fariseos le replicaron, diciendo: Maestro, deseamos ver una señal de parte tuya.

39 Él, respondiendo, les dijo: Una generación malvada y adúltera está buscando una señal milagrosa, pero no le será dada otra señal que la señal del profeta Jonás;

40 porque exactamente como Jonás estuvo en el vientre del gran pez tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en el corazón de la tierra tres días y tres noches.

41 Los varones de Nínive se levantarán en el juicio con esta generación y la condenarán, porque se arrepintieron ante la predicación de Jonás. Y he aquí algo más que Jonás en este lugar.

42 La reina del Sur será levantada en el juicio con esta generación y la condenará, porque ella vino desde los confines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón. Y he aquí algo más que Salomón en este lugar.

43 Ahora bien, cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda por lugares secos buscando reposo, pero no lo halla,

44 y dice: Volveré a mi casa de donde salí; y al llegar, la halla desocupada, barrida y puesta en orden.

45 Entonces va, y toma consigo otros siete espíritus peores que él mismo, y entrando, moran allí. Y las condiciones postreras de aquel hombre llegan a ser peores que las primeras. Así también acontecerá a esta generación malvada.

46 Mientras Él aún estaba hablando a las multitudes, he aquí su madre y sus hermanos estaban fuera y procuraban hablarle.

47 Y alguien le dijo: Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y procuran hablar contigo.

48 Pero Él, respondiendo al que le hablaba, dijo: ¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos?

49 Y extendiendo su mano sobre sus discípulos, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos,

50 Porque todo el que haga la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano y hermana, y madre.

13

1 Aquel mismo día, saliendo Jesús de la casa, se sentó a la orilla del mar.

2 Y se le juntaron grandes multitudes, por lo cual, subiendo a una barca, se sentó; y toda la muchedumbre estaba de pie en la playa.

3 Y les habló muchas cosas en parábolas, diciendo: He aquí el sembrador salió a sembrar.

4 Y cuando iba sembrando, unas semillas cayeron junto al camino, y llegaron las aves y se las comieron.

5 Otras cayeron en los pedregales, donde no tenían mucha tierra, y brotaron pronto por no tener tierra profunda,

6 pero salido el sol, se agostaron, y por no tener raíz, se secaron.

7 Otras cayeron entre los espinos, y los espinos crecieron y las ahogaron.

8 Pero otras cayeron en tierra buena, y dieron fruto: una, ciertamente a ciento por uno, otra a sesenta, y otra a treinta por uno.

9 El que tiene oídos, oiga.

10 Y acercándose los discípulos, le dijeron: ¿Por qué les hablas en parábolas?

11 Él respondiendo, dijo: Porque a vosotros ha sido dado conocer los misterios del reino de los cielos, pero a ellos no ha sido dado.

12 Porque al que tiene, le será dado, y tendrá más que suficiente; pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado.

13 Por esto les hablo en parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden.

14 Y se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: De oído oiréis, y no entenderéis, Y viendo veréis, y no percibiréis:

15 Porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, Y con los oídos oyen pesadamente, Y han cerrado sus ojos. No sea que vean con los ojos, Y oigan con los oídos, Y entiendan con el corazón, Y se conviertan, y Yo los sane.

16 Pero bienaventurados vuestros ojos porque ven, y vuestros oídos porque oyen.

17 Porque de cierto os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron.

18 Oíd pues vosotros la parábola del que sembró:

19 De todo el que oye la palabra del reino y no la entiende, viene el Maligno y arrebata lo que fue sembrado en su corazón. Éste es el que fue sembrado junto al camino.

20 Y el que fue sembrado en los pedregales, éste es el que oye la palabra y al momento la recibe con gozo,

21 pero no tiene raíz en sí, sino que es de corta duración, y llegada una tribulación o persecución por causa de la palabra, al momento se escandaliza.

22 Y el que fue sembrado entre espinas, éste es el que oye la palabra, pero el afán del mundo y el engaño de la riqueza ahogan la palabra y se hace infructuosa.

23 Pero el que fue sembrado en tierra buena, éste es el que oye y entiende la palabra; el que también da fruto, y produce cual a ciento por uno, cual a sesenta, y cual a treinta por uno.

24 Otra parábola les propuso, diciendo: El reino de los cielos es comparado a un hombre que sembró buena semilla en su campo.

25 Pero, al dormir los hombres, vino su enemigo y sobresembró cizaña en medio del trigo, y se fue.

26 Y cuando germinó el tallo y dio fruto, entonces apareció también la cizaña.

27 Y acercándose los siervos del padre de familia, le dijeron: Señor, ¿acaso no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde, pues, tiene cizaña?

28 Y él les dijo: Algún enemigo hizo esto. Le dicen los siervos: ¿Quieres, pues, que vayamos y la recojamos?

29 Pero él dice: No, no sea que recogiendo la cizaña arranquéis con ella el trigo.

30 Dejad crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la siega, y en tiempo de la siega diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en manojos para quemarla totalmente, pero el trigo reunidlo en mi granero.

31 Les propuso otra parábola, diciendo: El reino de los cielos es semejante a una semilla de mostaza que un hombre tomó y sembró en su campo,

32 la cual en verdad es más pequeña que todas las semillas, pero cuando ha crecido es la mayor de las hortalizas, y llega a ser árbol, hasta el punto de que vienen las aves del cielo y anidan en sus ramas.

33 Otra parábola les habló: El reino de los cielos es semejante a la levadura que una mujer tomó y la escondió en tres medidas de harina, hasta que todo fue leudado.

34 Todas estas cosas habló Jesús a las multitudes en parábolas, y sin parábola nada les hablaba,

35 para que se cumpliera lo dicho por el profeta, cuando dice: Abriré mi boca en parábolas, Declararé cosas escondidas desde la creación.

36 Habiendo despedido entonces a las multitudes, entró en la casa, y se acercaron a Él sus discípulos, diciendo: Decláranos la parábola de la cizaña del campo.

37 Él respondió y dijo: El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre,

38 el campo es el mundo, la buena semilla son los hijos del reino, y la cizaña son los hijos del Maligno,

39 el enemigo que la sembró es el diablo, y la siega es la consumación del siglo, y los segadores son los ángeles.

40 Por tanto, así como la cizaña es recogida y consumida con el fuego, así será en la consumación del siglo.

41 Enviará el Hijo del Hombre a sus ángeles, y recogerán de su reino a todos los que causan tropiezos y a los que hacen iniquidad,

42 y los echarán al horno de fuego. Allí será el llanto y el crujido de los dientes.

43 Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre. El que tiene oídos, oiga.

44 El reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, que al hallarlo un hombre, lo encubre, y por el gozo de ello, va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo.

45 También el reino de los cielos es semejante a un mercader en busca de buenas perlas,

46 y cuando encontró una perla muy preciosa, fue y vendió todo lo que tenía y la compró.

47 También el reino de los cielos es semejante a una jábega que, echada al mar, recoge de toda suerte de peces,

48 la cual, una vez llena, la sacan a la orilla, y sentándose, recogen los buenos en canastos, y echan fuera los malos.

49 Así será en la consumación del siglo. Saldrán los ángeles y separarán a los malvados de entre los justos,

50 y los echarán al horno de fuego. Allí será el llanto y el crujido de los dientes.

51 ¿Entendisteis todas estas cosas? Le dicen: Sí.

52 Él les dijo: Por esto, todo escriba docto en el reino de los cielos es semejante a un padre de familia, que de su tesoro va sacando cosas nuevas y cosas viejas.

53 Y aconteció que cuando Jesús hubo acabado de decir estas parábolas, se fue de allí.

54 Y llegando a su misma tierra, les enseñaba en la sinagoga de ellos, de manera que quedaban atónitos, y decían: ¿De dónde tiene éste esta sabiduría y estos poderes milagrosos?

55 ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre Miriam, y sus hermanos Jacobo y José y Simón y Judas?

56 ¿No están acaso todas sus hermanas frente a nosotros? ¿De dónde, pues, tiene éste todas estas cosas?

57 Y se escandalizaban a causa de Él. Jesús les dijo: No hay profeta sin honra sino en su tierra y en su casa.

58 Y no hizo allí muchos milagros por causa de la incredulidad de ellos.

14

1 En aquel tiempo, Herodes el tetrarca oyó la fama de Jesús,

2 y dijo a sus siervos: Éste es Juan el Bautista que ha resucitado de los muertos, y por eso actúan en él esos poderes milagrosos.

3 Porque Herodes había prendido a Juan, y lo había encadenado y metido en la cárcel a causa de Herodías, la mujer de su hermano Felipe;

4 porque Juan le había dicho: No te es lícito tenerla.

5 Y quería matarlo, pero temía al pueblo porque lo tenían por profeta.

6 Pero llegado el cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó allí, y agradó a Herodes,

7 por lo cual le prometió con juramento darle lo que pidiera.

8 Y ella, instigada por su madre, dice: ¡Dame ahora mismo la cabeza de Juan el Bautista en un trinchero!

9 Y se entristeció el rey, pero a causa del juramento y de los comensales que estaban allí, ordenó que se la dieran.

10 Y enviando al verdugo, decapitó a Juan en la cárcel,

11 y su cabeza fue llevada en un trinchero, y dada a la muchacha, y ella la llevó a su madre.

12 Y llegando sus discípulos, recogieron el cadáver y lo sepultaron, e informaron a Jesús.

13 Al oírlo Jesús, se retiró de allí en una barca a un lugar apartado y solitario. En cuanto lo oyeron las multitudes, lo siguieron a pie desde las ciudades.

14 Y al salir, vio una gran multitud de gente, y se enterneció por ellos, y sanó a sus enfermos.

15 Al atardecer se acercaron a Él los discípulos, diciendo: El lugar es solitario y es pasada la hora, despide pues a las multitudes, para que vayan a las aldeas y compren alimentos para sí.

16 Jesús les dijo: No tienen necesidad de ir. Dadles vosotros de comer.

17 Le dicen ellos: No tenemos aquí sino cinco panes y dos peces.

18 Entonces Él dijo: Traédmelos acá.

19 Y habiendo ordenado a las multitudes que se recostaran en la hierba, tomó los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, y partiendo los panes, los dio a los discípulos, y los discípulos a las multitudes.

20 Y comieron todos y se saciaron, y de lo sobrante de los trozos, recogieron doce cestos llenos.

21 Y los que comieron, aparte de las mujeres y los niños, eran como cinco mil varones.

22 Seguidamente constriñó a los discípulos a subir a la barca, para que fueran delante de Él a la orilla opuesta, mientras despedía a las multitudes.

23 Y luego de despedir a las multitudes subió al monte a orar en privado, y al anochecer estaba allí solo.

24 Pero la barca, distando ya muchos estadios de la costa, era zarandeada por las olas, porque el viento le era contrario.

25 Y durante la cuarta vigilia de la noche, fue hacia ellos andando sobre el mar,

26 pero cuando los discípulos lo vieron andando sobre el mar, se turbaron, y dijeron: ¡Es un fantasma! Y comenzaron a gritar de miedo.

27 Pero enseguida les habló, diciendo: ¡Tened ánimo, Yo soy, no temáis!

28 Pedro entonces, respondiéndole, dijo: Señor, si eres Tú, manda que vaya hacia Ti sobre las aguas.

29 Él dijo: ¡Ven! Y bajando de la barca, Pedro anduvo sobre las aguas y fue hacia Jesús.

30 Pero al ver el viento, tuvo miedo y comenzó a hundirse, y gritó diciendo: ¡Señor, sálvame!

31 Al instante, Jesús extendiendo la mano, trabó de él, y le dice: ¡Falto de fe! ¿Por qué dudaste?

32 Y al subir ellos a la barca, el viento se calmó.

33 Y los que estaban en la barca lo adoraron, diciendo: Verdaderamente Tú eres el Hijo de Dios.

34 Y pasando a la otra orilla, llegaron a la tierra en Genesaret.

35 Y cuando los varones de aquel lugar lo reconocieron, lo notificaron a toda aquella comarca, y le trajeron todos los enfermos,

36 y le rogaban tan sólo tocar el borde de su manto; y cuantos lo tocaron, fueron sanados.

15

1 Entonces se acercaron a Jesús unos fariseos y escribas de Jerusalem, diciendo:

2 ¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de los ancianos? Porque no se lavan las manos cuando comen pan.

3 Él respondió y les dijo: ¿Por qué también vosotros quebrantáis el mandamiento de Dios por causa de vuestra tradición?

4 Porque Dios dijo: Honra al padre y a la madre; y: El que maldiga al padre o a la madre, muera irremisiblemente.

5 Pero vosotros decís: Cualquiera que diga al padre o a la madre: Es Corbán todo aquello con que pudiera ayudarte,

6 de ningún modo tendrá que honrar a su padre. Así habéis invalidado la palabra de Dios por vuestra tradición.

7 ¡Hipócritas! Bien profetizó de vosotros Isaías, cuando dijo: Este pueblo me honra con los labios, Pero su corazón está lejos de mí.

8 Y en vano me adoran,

9 Enseñando como doctrinas preceptos de hombres.

10 Y llamando a la muchedumbre, les dijo: Oíd y entended:

11 No es lo que entra por la boca lo que contamina al hombre, sino lo que sale de la boca, eso contamina al hombre.

12 Entonces acercándose los discípulos, le dicen: ¿Sabes que los fariseos se ofendieron cuando oyeron la palabra?

13 Él respondió y dijo: Toda planta que no plantó mi Padre celestial será desarraigada.

14 Dejadlos, son ciegos guías de ciegos: si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en el hoyo.

15 Tomando la palabra, Pedro le dijo: Acláranos la parábola.

16 Él respondió: ¿También vosotros estáis aún sin entendimiento?

17 ¿No entendéis que todo lo que entra en la boca va al vientre y es echado en la letrina?

18 Pero las cosas que salen de la boca provienen del corazón, y ésas contaminan al hombre.

19 Porque del corazón provienen malos pensamientos, homicidios, adulterios, fornicaciones, robos, falsos testimonios, difamaciones.

20 Estas cosas son las que contaminan al hombre, pero el comer con manos no lavadas no contamina al hombre.

21 Partiendo de allí, Jesús se fue a las regiones de Tiro y Sidón.

22 Y he aquí una mujer cananea que había salido de aquellos confines, clamaba diciendo: ¡Ten compasión de mí, Señor, hijo de David! Mi hija está horriblemente endemoniada.

23 Pero Él no le respondió palabra. Entonces, acercándose sus discípulos, le rogaban, diciendo: Despídela, que grita detrás de nosotros.

24 Él respondiendo, dijo: No fui enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel.

25 Pero ella, acercándose, se postraba ante Él, diciendo: ¡Señor, ayúdame!

26 Él respondió y dijo: No está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perros.

27 Pero ella dijo: Sí, Señor, pero aun los perros comen las migajas que caen de la mesa de sus amos.

28 Entonces respondiendo Jesús, le dijo: ¡Oh mujer, grande es tu fe! Hágase contigo como quieres. Y su hija quedó sana desde aquella hora.

29 Y pasando de allí, Jesús llegó junto al mar de Galilea, y subiendo al monte, se sentó allí.

30 Y se acercaron a Él grandes multitudes, que traían consigo cojos, lisiados, ciegos, mudos, y muchos otros, y los pusieron a sus pies, y los sanó.

31 Y la muchedumbre se asombró viendo a los mudos hablando, a los lisiados sanos, a los cojos andando, y a los ciegos viendo. Y glorificaron al Dios de Israel.

32 Llamando entonces Jesús a sus discípulos, dijo: Siento compasión por la muchedumbre, porque ya hace tres días que están conmigo y no tienen qué comer, y no quiero enviarlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino.

33 Le dicen los discípulos: ¿De dónde hemos de conseguir aquí en un despoblado tantos panes como para saciar a tan gran muchedumbre?

34 Jesús les dice: ¿Cuántos panes tenéis? Y ellos dijeron: Siete, y unos pocos pececillos.

35 Y mandó a la muchedumbre que se recostara sobre la tierra.

36 Y tomando los siete panes y los peces, dio gracias y los partió, e iba dando a los discípulos, y los discípulos a las multitudes.

37 Y comieron todos y fueron saciados, y de lo sobrante de los trozos recogieron siete canastas llenas.

38 Y los que habían comido eran cuatro mil hombres, aparte de las mujeres y los niños.

39 Y despedida la muchedumbre, subió a la barca y llegó a las proximidades de Magadán.

16

1 Se acercaron los fariseos y saduceos para tentarlo, y le pidieron que les mostrara una señal del cielo.

2 Pero Él, respondiendo, les dijo:

3 [[3]]

4 Esta generación perversa y adúltera demanda una señal milagrosa, pero no le será dada otra señal que la señal de Jonás. Y dejándolos, se retiró.

5 Cuando llegaron a la otra orilla, los discípulos habían olvidado llevar panes.

6 Jesús les dijo: Cuidaos y guardaos de la levadura de los fariseos y saduceos.

7 Ellos entonces razonaban entre sí, diciendo: Es porque no trajimos panes.

8 Sabiéndolo Jesús, dijo: ¿Qué estáis hablando entre vosotros, oh faltos de fe, de que no tenéis panes?

9 ¿No entendéis aún? ¿No recordáis los cinco panes de los cinco mil, y cuántos cestos recogisteis?

10 ¿Ni los siete panes de los cuatro mil, y cuántas canastas recogisteis?

11 ¿No entendéis que no os hablo acerca de panes, sino de guardaros de la levadura de los fariseos y saduceos?

12 Entonces entendieron que no les decía que se guardaran de la levadura de los panes, sino de la enseñanza de los fariseos y saduceos.

13 Cuando llegó a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntaba a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?

14 Y ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista, y otros Elías, y otros Jeremías, o uno de los profetas.

15 Les dice: Y vosotros, ¿quién decís que soy Yo?

16 Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios viviente.

17 Respondió Jesús y le dijo: Bienaventurado eres Simón bar Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.

18 Y Yo también te digo que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.

19 Te daré las llaves del reino de los cielos, y todo lo que ates en la tierra habrá sido atado en los cielos, y todo lo que desates en la tierra habrá sido desatado en los cielos.

20 Entonces advirtió a los discípulos que a nadie dijeran que Él es el Mesías.

21 Desde entonces Jesús comenzó a declarar a sus discípulos que debía ir a Jerusalem y padecer mucho de parte de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas; y ser muerto, y ser resucitado al tercer día.

22 Pero Pedro, tomándolo aparte, comenzó a reconvenirlo, diciendo: Señor, ten compasión de Ti. De ningún modo te suceda esto.

23 Entonces Él, volviéndose, dijo a Pedro: ¡Apártate de mi vista, Satanás! Me eres tropiezo, pues no piensas lo de Dios sino lo de los hombres.

24 Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.

25 Porque el que quiera salvar su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por causa de mí, la hallará.

26 Pues, ¿qué provecho sacará el hombre si gana todo el mundo, pero malogra su alma? O, ¿qué dará el hombre a cambio de su alma?

27 Porque el Hijo del Hombre está al venir en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces recompensará a cada uno según su conducta.

28 De cierto os digo que hay algunos de los que están aquí, que de ningún modo gustarán la muerte hasta que hayan visto al Hijo del Hombre viniendo en su reino.

17

1 Y después de seis días, Jesús toma consigo a Pedro, a Jacobo y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte muy alto.

2 Y fue transfigurado ante ellos, y su rostro resplandeció como el sol, y sus vestiduras se hicieron blancas como la luz.

3 Y he aquí, se les aparecieron Moisés y Elías hablando con Él.

4 Entonces intervino Pedro y dijo a Jesús: ¡Señor, bueno es quedarnos aquí! Si quieres, haré aquí tres enramadas: una para Ti, una para Moisés, y otra para Elías.

5 Estando él aún hablando, he aquí una nube de luz los cubrió, y de la nube salió una voz, diciendo: Éste es mi Hijo amado, en quien me he complacido; a Él oíd.

6 Y los discípulos, al oírlo, cayeron sobre sus rostros y temieron en gran manera.

7 Pero Jesús se acercó, y tocándolos, dijo: Levantaos, y no temáis.

8 Y alzando sus ojos, a nadie vieron, sino al mismo Jesús solo.

9 Y mientras ellos descendían del monte, Jesús les encargó, diciendo: A nadie digáis la visión hasta que el Hijo del Hombre haya resucitado de los muertos.

10 Y los discípulos le preguntaron, diciendo: ¿Por qué, pues, dicen los escribas que Elías debe venir primero?

11 Él respondió y dijo: A la verdad Elías viene y restaurará todas las cosas,

12 pero Yo os digo que Elías ya vino, y no lo reconocieron, sino que hicieron con él todo cuanto quisieron. Así también el Hijo del Hombre está a punto de padecer de parte de ellos.

13 Entonces los discípulos comprendieron que les había hablado acerca de Juan el Bautista.

14 Y cuando llegaron al gentío, se le acercó un hombre arrodillándose ante Él,

15 y diciendo: Señor, ten compasión de mi hijo, pues es lunático, y padece muchísimo, porque muchas veces cae en el fuego, y muchas veces en el agua;

16 y lo traje a tus discípulos, pero no pudieron sanarlo.

17 Respondiendo Jesús, dijo: ¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo os soportaré? ¡Traédmelo acá!

18 Y Jesús lo reprendió, y el demonio salió de él, y el muchacho quedó sano desde aquella hora.

19 Entonces los discípulos se acercaron a Jesús aparte, y dijeron: ¿Por qué no pudimos echarlo nosotros?

20 Les dice: Por vuestra poca fe; porque de cierto os digo que si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais a este monte: ¡Pásate de aquí allá!, y se pasaría, y nada os sería imposible.

21 [[21]]

22 Reunidos en Galilea, les dijo Jesús: El Hijo del Hombre está a punto de ser entregado en manos de los hombres,

23 y lo matarán, pero al tercer día será resucitado. Y ellos se entristecieron en gran manera.

24 Cuando llegaron a Cafarnaúm, se acercaron a Pedro los que cobran las dos dracmas, y dijeron: ¿Vuestro Maestro no paga las dos dracmas? Contestó: Sí.

25 Y cuando llegó a la casa, Jesús se le anticipó, diciendo: ¿Qué opinas Simón? ¿De quiénes reciben impuestos o tributo los reyes de la tierra? ¿De sus hijos, o de los extraños?

26 Y cuando respondió: De los extraños; Jesús le dijo: Entonces los hijos están exentos.

27 Sin embargo, para que no los ofendamos, vé al mar y lanza un anzuelo, y el primer pez que salga, tómalo, ábrele la boca y hallarás un estatero; tómalo y dáselo por mí y por ti.

18

1 En aquella hora los discípulos se acercaron a Jesús, diciendo: ¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?

2 Y llamando a un niño, lo puso en medio de ellos,

3 y dijo: De cierto os digo: Si no fuerais transformados y llegarais a ser como niños, de ningún modo entraréis en el reino de los cielos.

4 Por tanto, cualquiera que se humilla como este niño, éste es el mayor en el reino de los cielos;

5 y cualquiera que reciba en mi Nombre a un niño como éste, a mí me recibe.

6 Pero cualquiera que haga tropezar a uno de estos pequeños que creen en mí, mejor le sería que le colgaran al cuello una piedra de molino de asno, y lo hundieran en lo profundo del mar.

7 ¡Ay del mundo por las piedras de tropiezo! Porque es inevitable que vengan las piedras de tropiezo, pero ¡ay del hombre por quien viene la piedra de tropiezo!

8 Por tanto, si tu mano o tu pie te es ocasión de caer, córtalo y échalo de ti. Más te vale entrar en la vida manco o cojo, que teniendo dos manos o dos pies, ser echado en el fuego eterno.

9 Y si tu ojo te es ocasión de caer, sácalo y échalo de ti. Más te vale entrar tuerto en la vida, que teniendo dos ojos ser echado en el fuego del infierno.

10 Mirad que no menospreciéis a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles en los cielos ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos.

11 [[11]]

12 ¿Qué os parece? Si algún hombre tuviera cien ovejas y se extravía una de ellas, ¿no dejará acaso las noventa y nueve en las montañas e irá a buscar la extraviada?

13 Y si llega a encontrarla, de cierto os digo que se regocija más por ella que por las noventa y nueve que no estaban extraviadas.

14 Así también, no es la voluntad delante de vuestro Padre celestial que se pierda uno de estos pequeños.

15 Por tanto, si tu hermano peca, vé, repréndelo estando tú y él solos. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano;

16 pero si no escucha, toma contigo a uno o dos, para que por boca de dos o de tres testigos quede firme toda palabra.

17 Y si los desoye a ellos, dilo a la iglesia; y si desoye a la iglesia, sea para ti como el gentil y el publicano.

18 De cierto os digo que todo cuanto atéis en la tierra habrá sido atado en el cielo, y todo cuanto desatéis en la tierra habrá sido desatado en el cielo.

19 Otra vez os digo, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra acerca de cualquier cosa que pidan, les será hecha por mi Padre que está en los cielos.

20 Porque donde están dos o tres congregados en mi Nombre, allí estoy Yo en medio de ellos.

21 Acercándose entonces Pedro, le dijo: Señor, ¿cuántas veces pecará mi hermano contra mí y lo perdonaré? ¿Hasta siete veces?

22 Jesús le dice: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

23 Por esto, el reino de los cielos es semejante a cierto rey que quiso arreglar cuentas con sus siervos.

24 Y cuando comenzó a arreglarlas, le fue presentado uno que debía diez mil talentos.

25 Y no teniendo éste con qué pagar, el señor ordenó que fuera vendido junto con la esposa, los hijos y todo cuanto tenía, para que fuera pagada la deuda.

26 El siervo entonces, cayó postrado ante él, diciendo: Ten paciencia conmigo, y te pagaré todo.

27 Y movido a compasión, el señor de aquel siervo lo soltó y le perdonó la deuda.

28 Pero al salir aquel siervo, halló a uno de sus consiervos que le debía cien denarios, y agarrándolo, lo sofocaba, diciendo: ¡Si debes algo, paga!

29 Su consiervo entonces, postrado le rogaba diciendo: Ten paciencia conmigo, y te pagaré.

30 Pero él no quiso, sino que fue y lo echó en la cárcel hasta que pagara lo debido.

31 Viendo pues lo ocurrido, sus consiervos se entristecieron mucho, y fueron a referir a su señor todo lo sucedido.

32 Su señor entonces, llamándolo, le dice: Siervo malvado, toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste.

33 ¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti?

34 Y enfurecido, su señor lo entregó a los verdugos hasta que pagara todo lo que debía.

35 Así también os hará mi Padre celestial si no perdonáis, cada uno de corazón a su hermano.

19

1 Y aconteció que cuando Jesús hubo acabado estas palabras, se trasladó de Galilea, y partió a las regiones de Judea, más allá del Jordán.

2 Y lo siguieron grandes multitudes, y los sanó allí.

3 Y se acercaron a Él unos fariseos para tentarlo, diciendo: ¿Es lícito que un hombre repudie a su mujer por cualquier causa?

4 Él respondió y dijo: ¿No leísteis que el que los creó, desde el principio los hizo varón y hembra?

5 Y dijo: Por esto dejará el hombre al padre y a la madre, y se unirá a su mujer, y vendrán a ser los dos una sola carne.

6 Así que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios unció al mismo yugo no lo separe un hombre.

7 Le dicen: ¿Por qué pues Moisés mandó dar carta de divorcio, y repudiar?

8 Les dice: Por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres, pero desde un principio no fue así.

9 Y os digo que cualquiera que repudia a su mujer, a no ser por causa de fornicación, y se casa con otra, adultera.

10 Le dicen los discípulos: Si así es la situación del hombre con la mujer, no conviene casarse.

11 Entonces Él les dijo: No todos tienen capacidad para este dicho, sino aquellos a quienes ha sido dado;

12 porque hay eunucos que nacieron así del vientre de su madre, y hay eunucos que fueron hechos eunucos por los hombres, y hay eunucos que a sí mismos se hicieron eunucos por causa del reino de los cielos. El que sea capaz de eso, que lo sea.

13 Entonces le fueron llevados unos niños para que pusiera las manos sobre ellos y orara, y los discípulos los reprendieron.

14 Pero Jesús dijo: Dejad a los niños, y no les impidáis venir a mí, porque de los tales es el reino de los cielos.

15 Y después de poner las manos sobre ellos, partió de allí.

16 Y he aquí, acercándose uno, le dijo: Maestro, ¿qué cosa buena haría yo para tener vida eterna?

17 Entonces Él le dijo: ¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es el bueno; pero si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.

18 Le dice: ¿Cuáles? Y Jesús dijo: Lo de no matarás, no adulterarás, no hurtarás, no dirás falso testimonio,

19 honra al padre y a la madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo.

20 Le dice el joven: Todas estas cosas guardé, ¿qué más me falta?

21 Jesús le dijo: Ya que quieres ser perfecto, anda, vende tus posesiones y da a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos, y ven, sígueme.

22 Pero al oír el joven la palabra, se fue entristecido, porque era de los que tienen muchas posesiones.

23 Entonces Jesús dijo a sus discípulos: De cierto os digo que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos.

24 Otra vez os digo: Es más fácil pasar un camello por un ojo de aguja, que un rico entrar en el reino de Dios.

25 Y oyéndolo los discípulos, se asombraban en gran manera, diciendo: Entonces, ¿quién puede ser salvo?

26 Y mirándolos Jesús, les dijo: Para con los hombres es imposible, pero para con Dios, todas las cosas son posibles.

27 Interviniendo entonces Pedro, le dijo: He aquí, nosotros hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué, pues, tendremos?

28 Y Jesús les dijo: De cierto os digo que en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en su trono de gloria, vosotros, los que me habéis seguido, también os sentaréis sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel.

29 Y todo el que dejó casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o hijos, o alquerías, por causa de mi Nombre, recibirá muchas veces más, y heredará vida eterna.

30 Pero muchos primeros serán postreros, y postreros, primeros.

20

1 Porque el reino de los cielos es semejante a un hombre, dueño de casa, que salió temprano de mañana a contratar obreros para su viña.

2 Y puesto de acuerdo con los obreros por un denario al día, los envió a su viña.

3 Y saliendo hacia la hora tercera, vio a otros, parados en la plaza, desocupados,

4 y les dijo: Id también vosotros a la viña, y os daré lo que sea justo. Y ellos fueron.

5 Saliendo otra vez cerca de la hora sexta, y de la novena, hizo lo mismo.

6 Y saliendo hacia la undécima, halló a otros parados; les dice: ¿Por qué habéis estado aquí todo el día desocupados?

7 Le dicen: Porque nadie nos ha contratado. Les dice: Id también vosotros a la viña.

8 Llegado el atardecer, el señor de la viña dice a su mayordomo: Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando desde los postreros hasta los primeros.

9 Acudiendo, pues, los que habían ido cerca de la hora undécima, recibieron cada uno un denario.

10 Llegando después los primeros, supusieron que recibirían más, pero también ellos recibieron un denario cada uno.

11 Y al recibirlo, refunfuñaban contra el dueño de casa,

12 diciendo: Estos postreros trabajaron una sola hora, y los hiciste iguales a nosotros, que hemos soportado la carga y el calor abrasador del día.

13 Pero él, respondiendo a uno de ellos, dijo: Amigo, no te hago agravio. ¿No conviniste conmigo en un denario?

14 Toma lo tuyo y vete, pero si también quiero dar a este postrero lo mismo que a ti,

15 ¿ no me es lícito hacer lo que quiero con las cosas mías? ¿O tienes envidia porque yo soy bueno?

16 Así, los postreros serán primeros, y los primeros, postreros.

17 Y subiendo a Jerusalem, Jesús tomó aparte a los doce, y en el camino les dijo:

18 He aquí, subimos a Jerusalem, y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y escribas, y lo condenarán a muerte,

19 y lo entregarán a los gentiles para que sea escarnecido, y azotado, y crucificado, pero al tercer día será resucitado.

20 En ese tiempo se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, postrándose y pidiéndole algo.

21 Él le dijo: ¿Qué deseas? Le dice: Dí que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda.

22 Respondiendo entonces Jesús, dijo: No sabéis qué estáis pidiendo. ¿Podéis beber la copa que Yo estoy por beber? Le responden: Podemos.

23 Les dice: A la verdad, de mi copa beberéis; pero el sentarse a mi derecha e izquierda, no es mío darlo, sino a aquellos para quienes ha sido preparado por mi Padre.

24 Y cuando oyeron esto los diez, se enojaron a causa de los dos hermanos.

25 Entonces Jesús los llamó y les dijo: Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los grandes ejercen su autoridad sobre ellas.

26 No será así entre vosotros, sino el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor.

27 Y el que quiera ser primero entre vosotros, será vuestro esclavo,

28 así como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.

29 Y saliendo ellos de Jericó, lo seguía una gran multitud;

30 y he aquí dos ciegos, sentados junto al camino, al oír que Jesús estaba pasando, gritaron, diciendo: ¡Señor, ten misericordia de nosotros, Hijo de David!

31 Y la muchedumbre los reprendió para que callaran, pero ellos gritaban más, diciendo: ¡Señor, ten misericordia de nosotros, Hijo de David!

32 Deteniéndose entonces Jesús, les dio voces, y dijo: ¿Qué queréis que os haga?

33 Le dicen: Señor, que sean abiertos nuestros ojos.

34 Entonces Jesús, movido a compasión, les tocó los ojos, y al instante recobraron la vista, y lo siguieron.

21

1 Cuando se acercaron a Jerusalem, y llegaron por Betfagé al monte de las Olivas, Jesús envió a dos discípulos,

2 diciéndoles: Id a la aldea que está enfrente de vosotros, y enseguida ha-llaréis un asna atada y un pollino con ella: desatadla y traédmelos.

3 Y si alguien os dijera algo, diréis: El Señor los necesita, y enseguida los enviará.

4 Y esto aconteció para que se cumpliera lo dicho por el profeta, cuando dice:

5 Decid a la hija de Sión: He aquí, tu Rey viene a ti, Manso, y sentado sobre un asna, y sobre un pollino, hijo de bestia de carga.

6 Y los discípulos fueron e hicieron como Jesús les mandó,

7 y trajeron el asna y el pollino, y pusieron sobre ellos sus mantos, y se sentó encima de ellos.

8 Y la mayoría de la gente extendió sus mantos en el camino, y otros cortaban ramas de los árboles, y las tendían en el camino.

9 Y las multitudes que iban delante y detrás de Él, gritaban: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!

10 Y cuando Él entró en Jerusalem, toda la ciudad se conmovió, diciendo: ¿Quién es éste?

11 Y las multitudes decían: Éste es el profeta Jesús, el de Nazaret de Galilea.

12 Y Jesús entró en el Templo, y echó a todos los que vendían y compraban en el Templo, y volcó las mesas de los cambistas y los asientos de los que vendían las palomas,

13 y les dice: Está escrito: Mi Casa será llamada Casa de oración, pero vosotros la estáis haciendo cueva de ladrones.

14 Y se le acercaron en el Templo los cojos y los ciegos, y los sanó.

15 Pero los principales sacerdotes y los escribas, viendo las maravillas que hizo, y a los niños que aclamaban en el Templo, diciendo: ¡Hosanna al Hijo de David! se indignaron,

16 y le dijeron: ¿Oyes qué dicen éstos? Jesús les dice: Sí, ¿nunca leísteis: De boca de niños y lactantes Perfeccionaste alabanza?

17 Y dejándolos, salió fuera de la ciudad, a Betania, y pernoctó allí.

18 Al subir a la ciudad muy de mañana, tuvo hambre;

19 y viendo una higuera sola junto al camino, fue hacia ella, pero nada halló, sino sólo hojas. Le dice: Nunca jamás nazca fruto de ti, para siempre. Y al instante se secó la higuera.

20 Y al verlo, los discípulos se maravillaron, diciendo: ¿Cómo se secó al instante la higuera?

21 Y respondiendo Jesús, les dijo: De cierto os digo, si tenéis fe y no dudáis, no sólo haréis lo de la higuera, sino que aun si a este monte dijerais: Sé quitado y echado al mar, será hecho;

22 y todo cuanto pidáis en oración, creyendo, lo recibiréis.

23 Cuando entró en el Templo, mientras enseñaba, se le acercaron los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo, diciendo: ¿Con qué clase de autoridad haces estas cosas? ¿Y quién te dio esta autoridad?

24 Respondiendo Jesús les dijo: Yo también os preguntaré un asunto, y cuando me lo respondáis, Yo también os diré con qué clase de autoridad hago estas cosas:

25 El bautismo de Juan, ¿de dónde era? ¿del cielo, o de hombres? (Ellos entonces razonaban entre sí, diciendo: Si decimos, del cielo, nos dirá: ¿Por qué, pues, no le creísteis?

26 Y si decimos: de hombres, tememos al pueblo; porque todos tienen a Juan por profeta.)

27 Y respondiendo a Jesús, dijeron: No sabemos. Y Él les dijo: Tampoco Yo os digo con qué clase de autoridad hago estas cosas.

28 Pero, ¿qué os parece? Un hombre tenía dos hijos; acercándose al primero, dijo: Hijo, vé y trabaja hoy en la viña.

29 Y respondiendo él, dijo: No quiero; pero después, arrepentido, fue.

30 Y acercándose al segundo, dijo lo mismo; y él, respondiendo, dijo: Sí, señor; pero no fue.

31 ¿Quién de los dos hizo la voluntad del padre? Dicen: El primero. Jesús les dice: De cierto os digo que los publicanos y las rameras van delante de vosotros al reino de Dios.

32 Porque vino Juan a vosotros en camino de justicia, y no le creísteis, pero los publicanos y las rameras le creyeron; y vosotros, viendo esto, no os arrepentisteis después para creerle.

33 Oíd otra parábola: Hubo un hombre, padre de familia, el cual plantó una viña, y la cercó de vallado, y cavó en ella un lagar, y edificó una torre, y la arrendó a unos labradores, y se fue lejos.

34 Y cuando se acercó el tiempo de los frutos, envió a sus siervos a los labradores para recibir sus frutos.

35 Pero los labradores, tomando a sus siervos, a uno golpearon, a otro mataron, y a otro apedrearon.

36 De nuevo envió a otros siervos, más que los primeros, y les hicieron igualmente.

37 Finalmente, les envió a su hijo, pensando: Respetarán a mi hijo.

38 Pero los labradores, viendo al hijo, dijeron entre sí: Éste es el heredero; ¡venid, matémoslo y poseamos su herencia!

39 Y prendiéndolo, lo echaron fuera de la viña, y lo mataron.

40 Cuando venga pues el señor de la viña, ¿qué hará a aquellos labradores?

41 Le responden: A los malos los destruirá atrozmente, y arrendará la viña a otros labradores, que pagarán los frutos en sus tiempos.

42 Jesús les dice: ¿Nunca leísteis en las Escrituras: La piedra que desecharon los edificadores, Ésta se ha convertido en piedra angular. De parte del Señor se hizo ésta, Y es maravillosa a nuestros ojos?

43 Por esto os digo que el reino de Dios os será quitado y será dado a un pueblo que produzca los frutos de él.

44 [[44]]

45 Y luego de oír sus parábolas, los principales sacerdotes y los fariseos comprendieron que hablaba acerca de ellos.

46 Y procuraron echarle mano, pero temían a las multitudes, porque éstas lo tenían por profeta.

22

1 Jesús tomó nuevamente la palabra, y les habló en parábolas, diciendo:

2 El reino de los cielos fue hecho semejante a cierto rey que hizo la fiesta de bodas para su hijo.

3 Y envió a sus siervos para llamar a los que habían sido invitados a la fiesta de bodas, y no querían venir.

4 Volvió a enviar a otros siervos, diciendo: Decid a los que han sido invitados: He aquí, he preparado mi banquete, se han sacrificado mis novillos y las reses cebadas, y todo está dispuesto: venid a la fiesta de bodas.

5 Pero ellos, haciendo caso omiso, se fueron, el uno a su campo, el otro a su negocio,

6 y los demás, echando mano a sus siervos, los afrentaron y los mataron.

7 Entonces el rey se enfureció, y enviando sus ejércitos destruyó a aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad.

8 Después dijo a sus siervos: La boda a la verdad está preparada, pero los invitados no eran dignos.

9 Id pues a las encrucijadas de los caminos, y llamad a la fiesta de bodas a cuantos halléis.

10 Y saliendo aquellos siervos a los caminos, reunieron a todos los que hallaron, tanto malos como buenos, y el salón de bodas se llenó de invitados.

11 Pero cuando el rey entró a ver a los invitados, vio allí a un hombre no vestido con traje de boda.

12 Y le dice: Amigo, ¿cómo entraste aquí sin traje de boda? Pero él enmudeció.

13 Entonces el rey dijo a los sirvientes: Atadlo de pies y manos y echadlo a la oscuridad de afuera, allí será el llanto y el crujido de los dientes;

14 porque muchos son llamados, pero pocos escogidos.

15 Entonces los fariseos salieron y deliberaron cómo enredarlo en alguna palabra.

16 Y le enviaron a los discípulos de ellos con los herodianos, diciendo: Maestro, sabemos que eres veraz, y con verdad enseñas el camino de Dios, y no te cuidas de nadie, pues no miras la apariencia de los hombres.

17 Dinos pues, ¿qué te parece? ¿Es lícito dar tributo a César, o no?

18 Pero Jesús, conociendo la malicia de ellos, dijo: ¿Por qué me tentáis, hipócritas?

19 Mostradme la moneda del tributo. Y ellos le presentaron un denario.

20 Les dice: ¿De quién es la imagen y la inscripción?

21 Dicen: De César. Entonces les dice: Dad pues a César lo de César, y a Dios lo de Dios.

22 Al oír esto se maravillaron, y dejándolo, se fueron.

23 En aquel día se le acercaron unos saduceos (que dicen que no hay resurrección), y le preguntaron,

24 diciendo: Maestro, Moisés dijo: Si alguno muere sin tener hijos, su hermano se casará con la mujer de él, y levantará descendencia a su hermano.

25 Ahora bien, había entre nosotros siete hermanos, y el primero murió después de casarse, y no teniendo descendencia, dejó su mujer a su hermano.

26 De la misma manera, también el segundo, y el tercero, así hasta los siete;

27 al final de todos, murió la mujer.

28 En la resurrección, pues, ¿de cuál de los siete será mujer? Porque todos la tuvieron.

29 Entonces, respondiendo Jesús, les dijo: Estáis errando, al ignorar las Escrituras y el poder de Dios;

30 porque en la resurrección, no se casan ni se dan en casamiento, sino que son como los ángeles en el cielo.

31 Pero acerca de la resurrección de los muertos, ¿no leísteis lo dicho por Dios a vosotros, cuando dice:

32 Yo soy el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob? No es Dios de muertos, sino de vivos.

33 Y las multitudes, oyéndolo, se maravillaban de su doctrina.

34 Cuando los fariseos entonces oyeron que había hecho callar a los saduceos, se reunieron de común acuerdo.

35 Y uno de ellos, experto en la Ley, preguntó para tentarlo:

36 Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la Ley?

37 Le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente.

38 Éste es el primer y gran mandamiento,

39 y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

40 De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas.

41 Y habiéndose reunido los fariseos, Jesús les preguntó,

42 diciendo: ¿Qué pensáis del Mesías? ¿De quién es hijo? Le dicen: De David.

43 Les dice: ¿Pues cómo David en el Espíritu lo llama Señor, diciendo:

44 Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, Hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies?

45 Pues si David lo llama Señor, ¿cómo es su Hijo?

46 Y nadie le podía responder palabra, ni desde aquel día se atrevió ninguno a preguntarle más.

23

1 Entonces Jesús habló a las multitudes y a sus discípulos,

2 diciendo: En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos.

3 Haced y guardad pues todo cuanto os digan; pero no hagáis conforme a sus obras, porque dicen y no hacen;

4 y atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los hombres, pero ellos no las quieren mover ni con su dedo.

5 Antes bien, hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres, porque ensanchan sus filacterias y alargan los flecos,

6 y aman el primer reclinatorio en las cenas y las primeras sillas en las sinagogas,

7 y los saludos pomposos en las plazas, y que los hombres los llamen Rabbí.

8 Pero vosotros no seáis llamados Rabbí, porque uno solo es vuestro Maestro, y todos vosotros sois hermanos.

9 Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, pues uno solo es vuestro Padre: el celestial,

10 ni seáis llamados caudillos, porque uno es vuestro Caudillo: el Mesías.

11 Y el mayor de vosotros será vuestro servidor,

12 porque el que se enaltezca será humillado, y el que se humille será enaltecido.

13 Pero, ¡ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! que cerráis el reino de los cielos delante de los hombres, porque no entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que tratan de entrar.

14 [[14]]

15 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! que para hacer un prosélito recorréis mar y tierra, y cuando lo llega a ser, lo hacéis dos veces más hijo del infierno que vosotros.

16 ¡Ay de vosotros, guías ciegos! que decís: Todo el que jure por el Santuario, eso no es nada, pero quien jure por el oro del Santuario, debe.

17 ¡Insensatos y ciegos!, porque ¿qué es mayor: el oro, o el Santuario que santificó el oro?

18 También: Todo el que jure por el Altar, nada es; pero quien jure por la ofrenda que está sobre él, debe.

19 ¡Ciegos! porque ¿qué es mayor, la ofrenda, o el Altar que santifica la ofrenda?

20 Así pues, el que juró por el Altar, jura por él, y por todo lo que está sobre él.

21 Y el que juró por el Santuario, jura por él, y por el que habita en él.

22 Y el que juró por el cielo, jura por el trono de Dios, y por el que está sentado sobre él.

23 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! que diezmáis la menta, el eneldo y el comino, pero dejasteis lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer sin dejar aquello.

24 ¡Guías ciegos, que coláis el mosquito, y tragáis un camello!

25 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! que limpiáis lo de afuera de la copa y del plato, pero por dentro están llenos de rapiña e intemperancia.

26 ¡Fariseo ciego! Limpia primero lo de dentro de la copa, para que también lo de fuera sea limpio.

27 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! que os parecéis a sepulcros blanqueados, los cuales a la verdad se muestran hermosos por fuera, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia.

28 Así también vosotros, por fuera, ciertamente aparecéis justos ante los hombres, mas por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad.

29 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! que edificáis los sepulcros de los profetas, y adornáis los monumentos de los justos,

30 y decís: Si estuviéramos en los días de nuestros padres, no seríamos sus cómplices en la sangre de los profetas.

31 De modo que dais testimonio contra vosotros mismos, de que sois hijos de los que mataron a los profetas.

32 ¡Colmad también vosotros la medida de vuestros padres!

33 ¡Serpientes! ¡Engendros de víboras! ¿Cómo pensáis escapar del juicio del infierno?

34 Por tanto, he aquí Yo os envío profetas y sabios y escribas. De entre ellos mataréis y crucificaréis, y de entre ellos azotaréis en vuestras sinagogas y perseguiréis de ciudad en ciudad,

35 para que venga sobre vosotros toda la sangre justa que está siendo derramada sobre la tierra, desde la sangre de Abel el justo, hasta la sangre de Zacarías hijo de Baraquías, a quien matasteis entre el Santuario y el Altar.

36 De cierto os digo: Todo esto vendrá sobre esta generación.

37 ¡Jerusalem, Jerusalem, que matas a los profetas, y apedreas a los que te han sido enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos bajo las alas, y no quisiste!

38 He aquí vuestra casa os es dejada desolada.

39 Porque os digo que desde ahora en adelante, de ningún modo me veréis hasta que digáis: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

24

1 Y saliendo Jesús, se iba del Templo, cuando sus discípulos se acercaron para mostrarle las edificaciones del Templo.

2 Tomando entonces la palabra, Él les dijo: ¿Veis todas estas cosas? De cierto os digo: De ningún modo quedará aquí piedra sobre piedra que no sea totalmente derribada.

3 Y estando sentado en el monte de las Olivas, se le acercaron los discípulos en privado, diciendo: Dinos, ¿cuándo será esto, y cuál la señal de tu venida, y de la consumación de la era?

4 Jesús respondió y les dijo: Mirad que nadie os engañe.

5 Porque vendrán muchos en mi Nombre diciendo: Yo soy el Mesías, y a muchos engañarán.

6 Y estaréis destinados a oír guerras y alarma de guerras. Mirad, no os alarméis, porque así debe acontecer; pero aún no es el fin.

7 Porque será levantada nación contra nación y reino contra reino, y habrá hambres y terremotos en diferentes lugares.

8 Y todas estas cosas serán el principio de los dolores de parto.

9 Entonces os entregarán a tribulación y os matarán, y seréis aborrecidos por todas las naciones a causa de mi Nombre.

10 Y muchos tropezarán entonces, y se entregarán unos a otros, y unos a otros se aborrecerán.

11 Y serán levantados muchos falsos profetas y engañarán a muchos.

12 Y por haberse multiplicado la maldad, el amor de la mayoría se enfriará.

13 Mas el que perseveró hasta el fin, éste será salvo.

14 Y este Evangelio del reino será proclamado en toda la tierra habitada, para testimonio a las naciones, y entonces vendrá el fin.

15 Por tanto, cuando veáis la abominación de la desolación, dicha por el profeta Daniel, puesta en el lugar santo (el que esté leyendo, entienda),

16 entonces, los que estén en Judea, huyan a los montes;

17 el de la azotea, no baje a tomar lo de su casa;

18 y el que esté en el campo, no regrese a tomar su capa.

19 Mas, ¡ay de las que estén encintas, y de las que estén amamantando en aquellos días!

20 Orad, por tanto, para que vuestra huida no sea en invierno, ni en sábado.

21 Porque habrá entonces una gran tribulación, cual no la ha habido desde el comienzo del mundo hasta ahora, ni la habrá jamás.

22 Y si aquellos días no hubieran sido acortados, ninguna carne sería salva; pero por causa de los escogidos, aquellos días serán acortados.

23 Entonces, si alguno os dijera: ¡He aquí el Mesías! o: ¡Aquí!, no lo creáis.

24 Porque serán levantados falsos mesías, y falsos profetas, y mostrarán grandes señales y prodigios, hasta el punto de engañar, si fuera posible, aun a los escogidos.

25 He aquí os lo he predicho.

26 Si, pues, os dicen: ¡Mira, está en el desierto!, no salgáis. ¡Mira, está en las recámaras!, no lo creáis.

27 Porque como el relámpago sale de oriente y brilla hasta occidente, así será la venida del Hijo del Hombre.

28 Dondequiera que esté el cadáver, allí se juntarán los buitres.

29 E inmediatamente después de la tribulación de aquellos días, el sol será oscurecido y la luna no dará su resplandor; las estrellas caerán del cielo y las potencias de los cielos serán conmovidas:

30 Entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del Hombre, y todas las tribus de la tierra se lamentarán entonces, y verán al Hijo del Hombre venir sobre las nubes del cielo con poder y gran gloria.

31 Y enviará a sus ángeles con gran trompeta, y reunirán a sus escogidos de los cuatro vientos, de un extremo al otro extremo de los cielos.

32 Así que, de la higuera aprended la parábola: Cuando su rama ya se pone tierna y brotan las hojas, sabéis que el verano está cerca.

33 Así también vosotros, cuando veáis todas estas cosas, conoced que está cerca, a las puertas.

34 De cierto os digo: De ningún modo pasará este linaje hasta que sucedan todas estas cosas.

35 El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.

36 Pero acerca de aquél día y hora, nadie sabe, ni los ángeles de los cielos, ni el Hijo, sino sólo el Padre.

37 Pero como los días de Noé, así será la venida del Hijo del Hombre;

38 porque como en aquellos días antes del diluvio, estaban comiendo y bebiendo, casándose y dándose en casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca,

39 y no se dieron cuenta hasta que el diluvio llegó y se los llevó a todos, así también será la venida del Hijo del Hombre.

40 Entonces estarán dos en el campo: uno será tomado y el otro será dejado.

41 Dos mujeres estarán moliendo en el molino: una será tomada y la otra será dejada.

42 ¡Velad, pues, porque no sabéis en cuál día viene vuestro Señor!

43 Pero sabed esto: Si el dueño de la casa hubiera sabido a qué hora de la noche vendría el ladrón, velaría y no permitiría que se horadara su casa.

44 Por esto, vosotros también estad preparados, porque el Hijo del Hombre viene a la hora que no pensáis.

45 ¿Quién es pues el siervo fiel y prudente, al cual el señor puso sobre su servidumbre, para que les dé el alimento a tiempo?

46 ¡Bienaventurado el siervo aquel que, cuando llegue su señor, lo halle haciendo así!

47 De cierto os digo que lo pondrá sobre todos sus bienes.

48 Pero si aquel siervo malo dijera en su corazón: Mi señor tarda,

49 y comenzara a golpear a sus consiervos, y comiera y bebiera con los que se emborrachan,

50 vendrá el señor de aquel siervo en día que no aguarda y a la hora que no conoce,

51 y lo castigará severamente, y le señalará su parte con los hipócritas. Allí será el llanto y el crujido de los dientes.

25

1 Entonces el reino de los cielos será semejante a diez vírgenes, que tomando sus lámparas, salieron al encuentro del esposo.

2 Cinco de ellas eran insensatas y cinco eran prudentes;

3 porque las insensatas, al tomar las lámparas, no tomaron consigo aceite,

4 pero las prudentes tomaron aceite en las vasijas juntamente con sus lámparas.

5 Y tardándose el esposo, todas cabecearon y se durmieron.

6 Pero a la medianoche hubo un clamor: ¡He aquí el esposo, salid a su encuentro!

7 Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron, y arreglaron sus lámparas.

8 Y las insensatas dijeron a las prudentes: Dadnos de vuestro aceite, pues nuestras lámparas se están apagando.

9 Pero las prudentes respondieron, diciendo: Id más bien a los que venden y comprad para vosotras mismas, no sea que no haya suficiente para nosotras y vosotras.

10 Pero mientras iban a comprar, llegó el esposo, y las preparadas entraron con él a la fiesta de bodas, y fue cerrada la puerta.

11 Luego, las otras vírgenes también llegan diciendo: ¡Señor, señor, ábrenos!

12 Pero él respondiendo, dijo: En verdad os digo que no os he conocido.

13 Velad pues, ya que no sabéis el día ni la hora.

14 Porque es como un hombre que yéndose de viaje, llamó a sus siervos y les encargó sus bienes:

15 A uno dio cinco talentos a otro dos, y a otro uno; a cada uno según su capacidad. Y se fue de viaje.

16 Enseguida el que recibió los cinco talentos, fue y negoció con ellos, y ganó otros cinco.

17 Asimismo el de los dos ganó otros dos.

18 Pero el que recibió uno, fue y cavó en la tierra y escondió el dinero de su señor.

19 Después de mucho tiempo, llega el señor de aquellos siervos para ajustar cuentas con ellos.

20 Y acercándose el que recibió los cinco talentos, trajo otros cinco talentos, diciendo: Señor, me entregaste cinco talentos. Mira, gané otros cinco talentos.

21 Y su señor le dijo: Bien, siervo bueno y fiel, sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.

22 Acercándose también el de los dos talentos, dijo: Señor, me entregaste dos talentos. Mira, gané otros dos talentos.

23 Su señor le dijo: Bien, siervo bueno y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.

24 Y acercándose también el que había recibido un talento, dijo: Señor, yo te conocía que eres hombre exigente, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste;

25 por eso tuve miedo, y fui y escondí tu talento en la tierra: aquí tienes lo tuyo.

26 Pero respondiendo su señor, le dijo: Siervo malo y negligente, ¿sabías que cosecho donde no sembré y recojo donde no esparcí?

27 Debías, por tanto, llevar mi dinero a los banqueros, y al venir hubiera recibido lo mío con intereses.

28 Quitadle, pues, el talento, y dadlo al que tiene los diez talentos.

29 Porque a todo el que tiene le será dado y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado.

30 Y al siervo inútil echadlo en las tinieblas de afuera. Allí será el llanto y el crujido de los dientes.

31 Y cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los ángeles con Él, entonces se sentará en su trono de gloria,

32 y serán reunidas delante de Él todas las naciones, y los apartará unos de otros como el pastor separa las ovejas de las cabras:

33 Colocará las ovejas a su derecha, y las cabras a la izquierda.

34 Entonces dirá el Rey a los de su derecha: ¡Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo!

35 Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me acogisteis,

36 desnudo, y me cubristeis; estuve enfermo y me visitasteis; estaba en prisión y vinisteis a mí.

37 Entonces los justos le responderán, diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te sustentamos, o sediento y te dimos de beber?

38 ¿Cuándo te vimos forastero y te acogimos, o desnudo y te cubrimos?

39 O, ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a Ti?

40 Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo, en cuanto lo hicisteis a uno de éstos, mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis.

41 Entonces dirá también a los de la izquierda: ¡Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles!

42 Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber,

43 fui forastero y no me acogisteis, estaba desnudo y no me cubristeis, enfermo y en prisión, y no me visitasteis.

44 Ellos entonces también responderán, diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, o forastero, o desnudo, o enfermo, o en prisión, y no te servimos?

45 Entonces les responderá, diciendo: De cierto os digo: En cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco me lo hicisteis a mí.

46 E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.

26

1 Aconteció que cuando Jesús terminó todas estas palabras, dijo a sus discípulos:

2 Sabéis que dentro de dos días se celebra la Pascua, y el Hijo del Hombre es entregado para ser crucificado.

3 Entonces los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron en el atrio del sumo sacerdote, llamado Caifás,

4 y tuvieron consejo para que con engaño prendieran a Jesús y lo mataran.

5 Pero decían: No durante la fiesta, para que no haya alboroto en el pueblo.

6 Y hallándose Jesús en Betania, en casa de Simón el leproso,

7 se le acercó una mujer que tenía un frasco de alabastro, lleno de un ungüento muy costoso, y estando reclinado a la mesa, lo derramó sobre su cabeza.

8 Al ver esto, los discípulos se indignaron, diciendo: ¿Para qué este derroche?

9 Pues esto podía haberse vendido por mucho y dado a los pobres.

10 Percibiéndolo Jesús, les dijo: ¿Por qué molestáis a la mujer? Buena obra ha hecho conmigo,

11 porque a los pobres siempre los tenéis con vosotros, pero a mí no siempre me tendréis.

12 Porque derramando este ungüento sobre mi cuerpo, lo ha hecho a fin de prepararme para la sepultura.

13 En verdad os digo que dondequiera que se proclame este Evangelio en todo el mundo, se dirá también lo que ésta hizo, para memoria de ella.

14 Entonces uno de los doce, aquel que se llamaba Judas Iscariote, fue a los principales sacerdotes,

15 y dijo: ¿Qué queréis darme para que yo os lo entregue? Y ellos le fijaron treinta piezas de plata.

16 Desde entonces buscaba una oportunidad para entregarlo.

17 El primer día de los ázimos, los discípulos se acercaron a Jesús, diciendo: ¿Dónde quieres que te preparemos para comer la Pascua?

18 Y Él dijo: Id a la ciudad, a tal hombre, y decidle: El Maestro dice: Mi tiempo está cercano: en tu casa celebro la Pascua con mis discípulos.

19 Y los discípulos hicieron como Jesús les ordenó, y prepararon la Pascua.

20 Y llegado el atardecer, estaba reclinado a la mesa con los doce,

21 y mientras ellos comían, dijo: De cierto os digo que uno de vosotros me entregará.

22 Y entristecidos en gran manera, comenzaron a decirle, uno por uno: ¿Acaso soy yo, Señor?

23 Él respondió y dijo: El que mete la mano conmigo en el plato, éste me entregará.

24 A la verdad, el Hijo del Hombre se va según ha sido escrito de Él, pero ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del Hombre es entregado! Más le valdría a ese hombre no haber nacido.

25 Respondiendo entonces Judas (el que lo entregaba), dijo: ¿Acaso soy yo, Rabbí? Le dice: Tú lo has dicho.

26 Y mientras ellos comían, tomó Jesús un pan, y habiendo pronunciado la bendición, lo partió, y dándolo a los discípulos, dijo: Tomad, comed: esto es mi cuerpo.

27 Y tomando una copa, dio gracias y se la dio, diciendo: Bebed de ella todos,

28 porque esto es mi sangre del Pacto, la cual es derramada a favor de muchos, para perdón de pecados.

29 Y os digo que desde ahora no beberé de este fruto de la vid hasta aquél día en que lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre.

30 Y después de cantar un himno, salieron hacia el monte de las Olivas.

31 Entonces Jesús les dice: Todos vosotros seréis escandalizados a causa de mí en esta noche, porque está escrito: Heriré al pastor y serán dispersadas las ovejas del rebaño.

32 Pero después de ser resucitado, Yo iré delante de vosotros a Galilea.

33 Respondiendo Pedro, le dijo: Aunque todos serán escandalizados a causa tuya, yo nunca seré escandalizado.

34 Jesús le dijo: De cierto te digo que en esta noche, antes que cante un gallo, me negarás tres veces.

35 Pedro le dice: Aunque tenga que morir contigo, no te negaré. Y todos los discípulos dijeron lo mismo.

36 Entonces Jesús llega con ellos a un lugar llamado Getsemaní, y dice a los discípulos: Sentaos aquí, mientras voy allá y oro.

37 Y tomando a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y angustiarse en gran manera,

38 y les dice: Una tristeza mortal está sobrecogiendo mi alma. ¡Quedaos aquí y velad conmigo!

39 Y yendo un poco más adelante, cayó sobre su rostro, y orando dijo: ¡Padre mío, si es posible pase de mí esta copa! pero no como Yo quiero, sino como Tú.

40 Luego va a los discípulos, y hallándolos durmiendo, dice a Pedro: ¿No pudisteis velar conmigo una sola hora?

41 Velad y orad, para que no entréis en tentación; en verdad, el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil.

42 Y yendo de nuevo, oró por segunda vez, diciendo: ¡Padre mío, si ésto no puede pasar sin que lo beba, hágase tu voluntad!

43 Al regresar, los halló otra vez durmiendo, porque sus ojos estaban cargados,

44 y dejándolos nuevamente, fue y oró por tercera vez, repitiendo la misma expresión.

45 Luego viene a los discípulos y les dice: Dormid lo que resta y descansad. He aquí, la hora se ha acercado y el Hijo del Hombre es entregado en manos de pecadores.

46 Levantaos, vamos; he aquí se acerca el que me entrega.

47 Aún estaba hablando, cuando he aquí llegó Judas, uno de los doce, y con él mucha gente de parte de los principales sacerdotes y ancianos del pueblo, con espadas y garrotes.

48 Y el que lo entregaba les había dado una señal, diciendo: Al que yo bese, él es: prendedlo.

49 Y enseguida, acercándose a Jesús, dijo: ¡Salve, Rabbí! Y lo besó aparatosamente.

50 Y Jesús le dijo: ¡Compañero, a lo que has venido! Entonces se aproximaron y echaron mano a Jesús y lo apresaron.

51 Pero he aquí, uno de los que estaban con Jesús, extendió la mano y sacó su espada, e hiriendo al siervo del sumo sacerdote, le cortó la oreja.

52 Entonces Jesús le dice: Vuelve tu espada a su lugar, porque todos los que toman espada, a espada perecerán.

53 ¿O piensas que no puedo invocar a mi Padre, y ahora mismo me daría más de doce legiones de ángeles?

54 ¿Pero cómo se cumplirían las Escrituras, de que así debe suceder?

55 En aquella hora Jesús dijo a las turbas: ¿Como contra un bandido salisteis a prenderme con espadas y garrotes? Cada día me sentaba para enseñar en el Templo, y no me prendisteis.

56 Pero todo esto ha sucedido para que se cumplieran las Escrituras de los profetas. Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.

57 Los que habían apresado a Jesús, lo llevaron ante Caifás, el sumo sacerdote, donde estaban reunidos los escribas y los ancianos.

58 Y Pedro lo seguía de lejos, hasta el patio del sumo sacerdote; y entrando, se sentó con los guardianes para ver el fin.

59 Y los principales sacerdotes y todo el Sanedrín, buscaban un falso testimonio contra Jesús para que lo mataran.

60 Pero a pesar de haberse presentado muchos testigos falsos, no lo hallaron. Por fin, se acercaron dos

61 que dijeron: Éste dijo: Puedo derribar el Santuario de Dios, y reconstruirlo en tres días.

62 Levantándose el sumo sacerdote, le dijo: ¿Nada respondes de lo que éstos testifican contra ti?

63 Pero Jesús callaba. Entonces el sumo sacerdote le dijo: ¡Te conjuro por el Dios viviente que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios!

64 Jesús le dice: Tú lo has dicho. Y además, os digo: Desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder, y viniendo en las nubes del cielo.

65 Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: ¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? ¡Ahora mismo habéis oído la blasfemia!

66 ¿Qué os parece? Respondiendo ellos, dijeron: ¡Es reo de muerte!

67 Entonces lo escupieron en el rostro y le dieron puñetazos; otros le dieron bofetadas,

68 diciendo: ¡Profetízanos, mesías! ¿Quién es el que te golpeó?

69 Pedro estaba sentado afuera en el patio, y se le acercó una sirvienta, diciendo: ¡Tú también estabas con Jesús el galileo!

70 Pero él negó delante de todos, diciendo: ¡No sé de qué hablas!

71 Y saliendo a la puerta, lo vio otra, y dice a los que estaban allí: ¡Éste estaba con Jesús el nazareno!

72 Y otra vez negó con juramento: ¡No conozco a ese hombre!

73 Y un poco después, acercándose los que estaban de pie, dijeron a Pedro: En verdad tú también eres de ellos, porque hasta tu manera de hablar te delata.

74 Entonces comenzó a maldecir y a jurar: ¡No conozco a tal hombre! Y enseguida cantó un gallo.

75 Y Pedro se acordó de la palabra de Jesús, que había dicho: Antes que cante un gallo, me negarás tres veces. Y saliendo afuera, lloró amargamente.

27

1 Y llegada la madrugada, todos los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo tomaron consejo contra Jesús para matarlo.

2 Y habiéndolo atado, lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el procurador.

3 Entonces Judas, el que lo había entregado, viendo que había sido condenado, sintió remordimiento y devolvió las treinta piezas de plata a los principales sacerdotes y ancianos,

4 diciendo: Pequé entregando sangre inocente. Pero ellos dijeron: ¿Y a nosotros qué? ¡Allá tú!

5 Y arrojando las piezas de plata en el Santuario, se retiró y se marchó de allí, y se ahorcó.

6 Y los principales sacerdotes, tomando las piezas de plata, dijeron: No es lícito echarlas en el tesoro, por cuanto es precio de sangre.

7 Y una vez tomado consejo, compraron con ellas el campo del alfarero como cementerio para los forasteros.

8 Por lo cual, aquel campo fue llamado Campo de Sangre hasta hoy.

9 Entonces se cumplió lo dicho por el profeta Jeremías, cuando dice: Y tomaron las treinta piezas de plata, Precio de Aquél cuyo valor fue estipulado, A Quien tasaron de parte de los hijos de Israel,

10 Y las dieron para el campo del alfarero, Como me ordenó el Señor.

11 Jesús fue llevado delante del procurador, y el procurador le preguntó, diciendo: ¿Eres tú el rey de los judíos? Jesús dijo: Tú lo dices.

12 Y al ser acusado por los principales sacerdotes y los ancianos, nada respondió.

13 Pilato entonces le dice: ¿No oyes cuántas cosas testifican contra ti?

14 Pero no le respondió ni una palabra, hasta el punto de que el procurador se asombró en gran manera.

15 Ahora bien, en cada fiesta, el procurador acostumbraba soltar un preso a la multitud; el que querían.

16 Y tenían entonces un preso famoso llamado Barrabás.

17 Estando ellos pues reunidos, les dijo Pilato: ¿A quién queréis que os suelte: a Barrabás o a Jesús, el que llaman Mesías?

18 (Porque sabía que por envidia lo habían entregado.)

19 Y estando sentado él en el tribunal, le mandó a decir su mujer: No tengas nada que ver con ese justo, porque hoy sufrí mucho en sueños a causa de él.

20 Pero los principales sacerdotes y los ancianos persuadieron a las multitudes para que pidieran a Barrabás y mataran a Jesús.

21 Y respondiendo el procurador, les dijo: ¿A cuál de los dos queréis que os suelte? Ellos dijeron: ¡A Barrabás!

22 Pilato les dice: ¿Qué pues haré a Jesús, el llamado Mesías? Dicen todos: ¡Sea crucificado!

23 Él dijo: Pues, ¿qué mal hizo? Pero ellos gritaban más fuertemente, diciendo: ¡Sea crucificado!

24 Viendo Pilato que nada se lograba, sino que más bien se estaba formando un alboroto, tomó agua y se lavó las manos delante del gentío, diciendo: ¡Inocente soy de la sangre de éste! ¡Allá vosotros!

25 Y todo el pueblo respondió y dijo: ¡Su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros descendientes!

26 Entonces les soltó a Barrabás; y habiendo azotado a Jesús, lo entregó para que fuera crucificado.

27 Los soldados del procurador, llevando entonces a Jesús dentro del pretorio, reunieron a toda la compañía alrededor de Él,

28 y lo desnudaron y lo cubrieron con un manto de púrpura.

29 Y trenzaron una corona de espinas y la colocaron sobre su cabeza, y pusieron una caña en su diestra; y arrodillándose ante Él, se burlaron, diciendo: ¡Salve, rey de los judíos!

30 Y escupiendo en Él, tomaron la caña y lo golpeaban en la cabeza.

31 Después de burlarse de Él, le quitaron el manto, le pusieron su ropa, y lo llevaron para crucificarlo.

32 Y al salir, hallaron a un hombre cireneo llamado Simón. A éste obligaron para que llevara su cruz.

33 Y llegando a un lugar llamado Gólgota (esto es: lugar de la calavera),

34 le dieron a beber vino mezclado con hiel, pero después de probarlo, no lo quiso beber.

35 Y lo crucificaron, y se repartieron sus ropas echando suertes,

36 y allí sentados, lo vigilaban.

37 Por encima de su cabeza pusieron escrita la acusación contra Él: Éste es Jesús, el Rey de los judíos.

38 Y con Él fueron crucificados dos ladrones: uno a la derecha y otro a la izquierda.

39 Y los que pasaban lo insultaban meneando la cabeza

40 y diciendo: ¡El que derriba el Santuario y en tres días lo edifica! ¡Si eres Hijo de Dios, sálvate a ti mismo y baja de la cruz!

41 De igual manera, los principales sacerdotes, burlándose junto con los escribas y los ancianos, decían:

42 A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar. ¡Rey de Israel es! ¡Baje ahora de la cruz, y creeremos en él!

43 Ha confiado en Dios, líbrelo ahora si lo quiere, porque dijo: Soy Hijo de Dios.

44 Y del mismo modo lo insultaban también los ladrones que habían sido crucificados con Él.

45 Desde la hora sexta hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora novena,

46 y alrededor de la hora novena, Jesús exclamó con gran voz, diciendo: ¡Elí, Elí!¿Lemá sabájth-aní? (Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me desamparaste?)

47 Y algunos de los que estaban allí, al oírlo, decían: A Elías llama éste.

48 Al instante, uno de ellos corrió y tomó una esponja, y empapándola en vinagre, la puso en una caña y le dio de beber.

49 Pero los demás decían: Deja, veamos si Elías viene a salvarlo.

50 Entonces Jesús, clamando otra vez a gran voz, entregó el espíritu.

51 Y he aquí el velo del Santuario fue rasgado en dos, de arriba abajo, y la tierra fue sacudida, y las rocas fueron partidas,

52 y los sepulcros fueron abiertos, y muchos cuerpos de los santos que habían dormido fueron resucitados,

53 y saliendo de los sepulcros después de la resurrección de Él, entraron en la santa ciudad y se aparecieron a muchos.

54 Y el centurión y los que estaban con él custodiando a Jesús, viendo el terremoto y lo que estaba sucediendo, se atemorizaron en gran manera, diciendo: ¡Verdaderamente éste era Hijo de Dios!

55 Mirando desde lejos, estaban allí muchas mujeres, las cuales habían seguido a Jesús sirviéndole desde Galilea,

56 entre las que estaba Miriam de Magdala, Miriam, la madre de Jacobo y José, y la madre de los hijos de Zebedeo.

57 Llegado el atardecer, vino un hombre rico de Arimatea, de nombre José, el cual también se había hecho discípulo de Jesús.

58 Éste se acercó a Pilato y pidió el cuerpo de Jesús. Entonces Pilato mandó que le fuera dado.

59 Y José, tomando el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia

60 y lo puso en su sepulcro nuevo que había excavado en la roca; y después de hacer rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, se retiró.

61 Y Miriam de Magdala y la otra Miriam, estaban allí sentadas frente al sepulcro.

62 Y al día siguiente, que es después de la Preparación, los principales sacerdotes y los fariseos se reunieron ante Pilato,

63 diciendo: Señor, recordamos que aquel impostor, estando aún vivo, dijo: Después de tres días, soy resucitado.

64 Manda pues que sea asegurado el sepulcro hasta el tercer día, no sea que lleguen sus discípulos y lo hurten, y digan al pueblo: Fue resucitado de los muertos. Y sea el postrer error peor que el primero.

65 Pilato les dijo: Tenéis una guardia. Id, aseguradlo como sabéis.

66 Y ellos fueron y aseguraron el sepulcro, sellando la piedra en compañía de la guardia.

28

1 Al final de los sábados, al amanecer del día uno de la semana, llegó Miriam de Magdala, con la otra Miriam, para ver el sepulcro.

2 Y hubo un gran terremoto, porque un ángel del Señor, descendiendo del cielo, se acercó e hizo rodar la piedra, y se sentó encima de ella.

3 Su aspecto era como un relámpago, y su vestidura blanca como la nieve.

4 Y por temor a él, los que custodiaban temblaron y quedaron como muertos.

5 Y el ángel tomó la palabra y dijo a las mujeres: Vosotras no temáis, porque sé que estáis buscando a Jesús, el que fue crucificado.

6 No está aquí, porque resucitó como lo había dicho. Venid y ved el lugar donde yacía.

7 Id sin demora a decir a sus discípulos que ha resucitado de los muertos, y va delante de vosotros a Galilea, allí lo veréis. ¡He aquí os lo he dicho!

8 Y ellas, partiendo del sepulcro con temor y gran gozo, corrieron a dar la noticia a sus discípulos.

9 Y he aquí Jesús les salió al encuentro, diciendo: ¡Salve! Y ellas se acercaron y se postraron ante Él y abrazaron sus pies.

10 Jesús les dice: No temáis. Id, anunciad a mis hermanos que vayan a Galilea, y allí me verán.

11 Mientras ellas iban, he aquí algunos de la guardia fueron a la ciudad y anunciaron a los principales sacerdotes todo lo sucedido.

12 Ellos, después de reunirse y tomar consejo con los ancianos, dieron muchas piezas de plata a los soldados,

13 y les dijeron: Decid: Vinieron sus discípulos de noche y lo hurtaron mientras nosotros dormíamos.

14 Y si esto llega a oídos del procurador, nosotros lo persuadiremos y os evitaremos problemas.

15 Ellos entonces, tomando las piezas de plata, hicieron como se les había instruido. Y este dicho se divulgó entre los judíos hasta hoy.

16 Pero los once discípulos fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.

17 Y al verlo, lo adoraron; aunque algunos dudaron.

18 Entonces Jesús se acercó y les habló, diciendo: Toda potestad me ha sido dada en el cielo y en la tierra,

19 Id pues, discipulad a todas las gentes, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo;

20 enseñándoles a guardar todas las cosas que os mandé. He aquí Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin de los siglos.